Motel

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La impaciencia del momento, hacía que las ganas por cerrar la puerta, fueran casi incontrolables.

Durante todo el camino al lugar, los amantes tuvieron largas y enconadas discusiones digitales, donde las manos de ambos desesperados, apretaban mutuamente brazos muslos, cinturas y entrepiernas.

Cuando por fin la cerradura hizo el trabajo de sellar aquel espacio de intimidad, sus raudas manos no hicieron otra que sacar rápidamente y de manera a veces torpe, cualquier indicio de vestimentas y accesorios del cuerpo. Cada roce involuntario del proceso, aumentaba más aún las ganas de estar desnudos uno sobre el otro.

Pero decidieron parar.

La juventud que poseían, había evitado hasta ese momento, que los encuentros con la carne fueran detallistas y descansados. Siempre la rapidez y fogosidad, hacían que las uniones fueran en lugares oscuros y poco privados.

Ahora no.

Ahora tenían todo el tiempo del mundo.

Sus cuerpos delgados y trémulos se pararon uno frente al otro. Había una tenue luz que alumbraba la habitación, la cual ayudaba a la hermosa vista que tenía cada uno de ellos del cuerpo de su amante.

Él caminó lentamente alrededor de ella, mirando con detenimiento y curiosidad cada esquina, recoveco y convexidad del frágil y blanco cuerpo de su compañera.

Ella, nerviosa, trataba de tapar su sexo en un ejercicio de inexplicable vergüenza.

De pronto, él la tomo suavemente del brazo y la llevó consigo sobre una cama ruidosa y cubierta con suaves sábanas de seda falsa.

Las embestidas mutuas duraron cerca de una hora, hasta cuando los dos, exhaustos, cayeron rodeados de sudor, casi inconscientes, pero felices, hermosos, y perfectos.

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