Novape

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I
Su roto rostro erosionado
—si rostro puede ser nombrado—
es sinónimo de pavor,
llameante trueno de horror;
un ciclo continuo
de putrefacción:

 

a su paso siembra
un reguero de ojos
—que fijos nos miran—,
fértil semilla de vida
—si vida puede ser dicha—,
de plantas estrafalarias
que en breve crecen, florecen…
y abren más viles párpados,
que al despertar desprenden
sus ácidas secreciones
allá dónde sea apunten,
en saludo repugnante
—sólo a ti reverenciándote—.

 

Por orejas —búho nocturno—
meros orificios tiene,
que al correr… volar al viento
anuncian negra llegada
en sibilino silbido,
con el que brutal estallan
mil tímpanos y ventanas.

 

Su desordenado cabello cae
como caen las cuatro estaciones:
unas veces son fuego veraniego;
otras, agujas de hielo hipotérmico.
Aquí, hojas cortantes;
allá, lluvias radiantes.
Pervertida cornucopia
fuente de atrocidad,
de sus abisales fosas
emanan los dos venenos
que nos han de condenar,
esterilizando cuerpos
y enfermando los campos
a un kilometro de radio,
aún cuando su respirar
—bruma funesta— es calmo.

 

Su torcida sonrisa
entre muecas ondula,
y con cada apertura
su chirriante palabra
acontece, tortura:
cual bruja que conjura,
cuánto ésta pronuncia,
ésta materializa.

 

Sus dientes, su lengua,
su pozo sin fondo:
nadie lo ha visto
que lo haya contado.
¿Han segado, si acaso,
su voz, alma o recuerdos?
¡Quién pueda siquiera
pensar ese infierno!
II
Los registros se han perdido…
Sólo este cántico queda
de lo que una vez fuera
toda una epopeya
contra la Peste Negra.
Los Ilustrados lo han logrado:
con su Razón, todo censurado;
han cosificado al monstruo
en germen de laboratorio.
Pero debo perseverar
y todo rumor preservar
del humor azaroso
de la humanidad.
Estos saberes arcanos
quizá puedan ayudarnos
si vuelve la Nova Pe_____

 

III
Pero la leyenda no termina aquí… Mucho tiempo después, ya en nuestros días, se dice que un excursionista, Siroco, que paseaba por estas mismas montañas en las que ahora acampáis, pequeños scouts, se vio sorprendido, mientras exploraba nuevas rutas para sus visitas guiadas, por el Mistral. Los más veteranos ya conoceréis la violencia con la que se arroja, cuál fiera ave rapaz, dicho viento por estos atropellados lares. Y de los peligros de desprendimientos asociados, que han mandado a más de un temerario al hospital.
Pues bien, se dice que buscando Siroco refugio entre la espesura del bosque, apartándose de los desnudos senderos principales, encontró oculta por la arboleda una ermita construida en una pequeña depresión del terreno, deviniendo así aun más protegida de las inclemencias del tiempo. Lamentablemente, ésta había sido abandonada cuando empezaron a trabajarse las minas colindantes, quedando semi derruida, posiblemente, con alguna de sus detonaciones de apertura.
Aun así, Siroco se encaminó esperanzado hacia ella y buscó parapeto entre sus rocas, hallando en el proceso un pasadizo que conducía a una espaciosa estancia subterránea. Su diseño arquitectónico sugería una función de silo, que contrastaba fuertemente con su mobiliario, compuesto de libreros y escritorios; como si sus huéspedes hubieran terminado prefiriendo el resguardo y silencio del subsuelo para sus labores monásticas. Y sobre uno de ellos, abierto de par en par, un libro con una pluma encima, con la que parecía haberse rasgado abruptamente el papel sobre la palabra «Novape».

Siroco, intrigado y sin nada mejor que hacer —o eso creía él— comenzó a leer; y a leer, y a leer… como si no hubiera un mañana. Y ora por gajes del oficio, ora para poder oír su propio pensamiento por encima del Mistral, ora por la propia teatralidad obnubilante del texto y la situación, ora por la excitación de esta aventura, ora… El caso… el caso es que leyó en voz alta… concluyendo: «…y con estas palabras, ser del averno, yo te invoco, para que tomes mi cuerpo».

IV
Bitácora 15.8.20XX 00:35
[…] Hacía ya tres años de aquello, y aun así, cada vez que relataba Céfiro esa historia, podía ver erizarsele el vello del brazo, y crisparsele la voz como se crispaban las brasas en la hoguera, que le alumbraba sombríamente. Por más que cerrara su cuento alegando que ese era el origen del viento del suroeste conocido como Siroco, el staff sabíamos que ese era el alias de su amigo desaparecido; Céfiro, Siroco y Mistral… ¡qué trío de vientos, aquellos muchachos! Pero nada resta ya de ese Céfiro, que ahora gimotea quedamente en su tienda, las pocas noches en las que exorciza el suceso narrándolo a los críos… Presiento —ojalá me equivoque— presiento que pronto —muy pronto— su carne también se unirá a la de sus amigos, pues su alma hace mucho que nos dejó.

 

Bitácora 21.8.20XX 23:17
La temida confirmación a mis sospechas, la revelación definitiva que me faltaba, me vino hoy cuando, en una de sus nuevas rutas, pasamos por delante de una antena de comunicaciones: al preguntarle al respecto, me dijo que llevaba allí… ¡siete años!
Entonces lo supe: Siroco streameó el suceso a Céfiro, que tenía turno en el puesto de control y emergencias aquel aciago día. Es más, podría imaginarme perfectamente que la carcomida ermita no limitaría notablemente la cobertura, y que Siroco no leyó para sí mismo, sino para Céfiro. Así distraído, pudo no haber percibido la inestabilidad de la sala hasta que fuera demasiado tarde…
En ese instante en el que todas las piezas cuadraron perfectamente en mi cabeza, pude ver la carga de culpa en su pesada voz, y en sus lánguidos ojos. Una carga tan terrible, que me cortó momentáneamente la respiración, aunque sería arrogante e inapropiado decir que pude tan siquiera sentirla. ¡Me compadezco tanto, de él!

 

Bitácora 22.8.20XX 02:51
Está hecho. Acabo de oírle empacar. No ha sido hasta ahora que lo he entendido por completo: Céfiro tiene la ubicación de la semienterrada ermita. Probablemente todo este tiempo le ha atormentado una segunda losa no menor: el no tener el valor de ir a recuperar el cadáver de su amigo, que seguramente quedara sepultado por una estructura incapaz de soportar una vez más la fuerza indomable del Mistral. Descanse en …
Acaba de sonar su alarma. Seguramente debió despertar antes de lo programado, y se lo olvidó. Sin embargo, la imagen de su móvil, parecía… la mano de Siroco… sosteniendo un polvoriento manuscrito.
Sólo de pensarlo… yo, sólo de pensarlo… que su historia pueda ser íntegramente cierta… yo… se me hiela la sangre y me envuelve en asfixiante abrazo un escalofrío.

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