¿Novedad o pasión?

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«Saber es hacer… y hacer es poder»

 

Así reza un proverbio de la universidad de Hamburgo. Porque saber sin hacer no lleva a nin­gún lado. Sólo haciendo un pueblo se encumbra… y hay que ver a los alemanes en la cima de la opulen­cia, después de la devastación hitleriana, conduci­dos, en la modernidad, por una mujer.

En nuestra sociedad hay crisis en las institucio­nes, tanto académicas, como gubernativas. Tras el entusiasmo del recién ingresado a la universidad o el profesionista que sale graduado en busca de un empleo, con el idealismo de convertirse en agente de cambio, y hacer la diferencia entre becado y profesionista, pronto acaba por reprimirse y someterse a la cultura prevaleciente. Se convierte —en lo bueno y en lo malo— en un alinea­do, sumiso y domesticado, por el acartonamiento ins­titucional o el régimen de 4Ta: conmigo o contra mi

Con el tiempo se va «sofisticando» y aprende a soslayar la verdad en las juntas y seminarios, a no cuestionar lo obvio, a no proponer iniciativas «sub­versivas» y termina por enterrar su idealismo puma inicial. Y esto se refleja en una ausencia de pasión y un aferramiento a la zona de confort que lo vuelve comodino: «pa’ qué me muevo si haga o no, no pasa nada». Y ninguna organización parece estar exenta del pén­dulo que va de lo apasionado y riesgoso, hasta lo mecánico y controlado. La vida chicha, pues, se nos impone.

 

Lucovsky, un ingeniero que trabajó en Microsoft y desertó por falta de motivación, se fue a trabajar a Google y hoy es un creativo programador de esa innovadora firma, diciendo: «es que hay en el bunker de Gates una distintiva falta de pasión», nos dijo Munk.

Y es que, la falta de pa­sión irremediablemente baja la moral y la productivi­dad, pero el problema está en. ¿cómo se mide la falta de pasión? La realidad es que esa carencia se nota, aunque para el mundo de los negocios y de la política, el que se note parece insuficiente como para que se aborde el tema de manera fron­tal: correctiva o resolutiva. Dice la premisa:

«Es preferible un manso confiable, que un tigre que ruge». Por eso no avanzamos, tranzamos con­fortablemente, ante el tigre del Pejeyac.

Uno de los problemas más serios que enfrentan los administradores de recursos humanos es justa­mente cómo mantener la pasión y el interés de las personas. Steven Berglass, de la Escuela de Medi­cina de Harvard, encontró que «el fuego personal» se apagaba cuando la persona llegaba a un nivel de éxito y, ya en la cima, caía presa de la monotonía y la depresión en su afán de llegar más alto. Algo así como el principio de Peter en relación a la incompetencia de las jerarquías. En general encontraron que. a cierto nivel, la gente dejaba de encontrar recompensa intelectual o reto emocional en lo que hacía.

¿Existe una liga entre la pasión y la novedad?

Hay una tesis que dice que en la pasión -como en la se­ducción- está la perspectiva de la novedad.

«¡Vive la différence!», dicen las francesas.

Algo excitante tiene el potencial de entusiasmar, de retar al intelecto, esti­mular las emociones, disparar la imaginación y las pulsiones. Y exis­ten suficientes elementos para que pueda constituir­se una novedosa tesis respecto a que la ausencia de pasión, -asociada al aburrimiento y la monotonía-, se puede «curar» con la novedad de experiencias diferentes.

Esta tesis preconiza que, predispuestos por la bio­logía y el condicionamiento psicológico evolucionista, nos acostumbramos a andar de un lado al otro, a explorar y a confrontar. Y aquí viene al caso ha­blar de la dopamina: el neurotransmisor en boga -como la serotonina y las endorfinas- que se considera como la chispa del placer, ya que se libera en el cerebro cuando reali­zamos actividades placenteras como comer, hacer el amor o el deporte o reír al jugar.

Más tarde se encontró que la dopamina tam­bién se libera en respuesta a sensaciones desagra­dables como ruidos extremos o choques eléctricos, y es el neurofisiólogo Gregory Berns, conductista de la Universidad Emory, el que concluye que la dopamina se libera –paradójicamente- con anticipación a que ocurran actividades tanto placente­ras como desagradables.

Es decir, la dopamina, por expectación, compromete al sistema motor y al cuer­po en general, a una reacción en particular: positiva o negativa, como en los reflejos condicionados de Pavlov: la evocación del sonido de la campana, an­ticipa en el animal la voracidad para comer o embestir.

Con imágenes del cerebro, tomadas a través de tomografías, se ha demostrado que los eventos novedosos, por el hecho de que representan una de­manda a la acción, son altamente efectivos para la li­beración de dopamina. Cuando enfrentas algo nove­doso se libera dopamina como si fuera una descarga bioquímica en cadena, un baño vigorizante al sistema nervioso y el cuerpo se prepara para la acción placentera.

El sentido de satisfacción después de haber ma­mejado tareas inesperadas o el exponerse a lo des­conocido en lo físico, mental o emocional, es la ma­nera en que el cerebro te dice que estás haciendo lo que naturalmente se previó que hiciera tu organis­mo.

Nada como un buen reto. Si esta idea es co­rrecta, la satisfacción tendría que ver más con lo que tienes que hacer para conseguir algo, que con el conseguirlo, dando lugar al cliché de: the journey is the reward o «la travesía es el premio».

Bajo este supuesto, la pasión vieja no existe -hay que renovarla— y la pasión o voluntad del «premio travesía» dura hasta que el elemento o motivación excitadora deja de ser novedad.

¿Qué tal si nos in­ventamos nuevas travesías o recreamos otras ver­siones de lo viejo?

El reto de corregir los desequilibrios del año viejo están frente a nosotros. Demoler esos kilitos de más, con una novedosa perspectiva, puede poner en juego nuestra voluntad y pasión, ¿no es cierto?

 

CORTEX

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