Renacimiento

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«Bajo la penumbra del follaje-bosque se arrullaba la quietud titilante.

De allí brotó el destello iridiscente que, abriendo la espesura,

dejó sobre el mullido heno, la esperanza naciente del verbo»

 

Nos encontramos, cautivos en casa, celebrando la Navidad cristiana. O, tal vez, temertarios, exaltando la inmunidad del rebaño. qie hoy nos niega el disfrute del calendario consumista que regula nuestra conducta social y familiar. Les ofrezco una disculpa si les empaño su respetable alegría pero me siento cautivo por una añeja reflexión acerca de esta tradición tan arraigada como desvirtuada sobre el acontecimiento, luminoso como la vida, del nacimiento de Jesús.

Siendo yo un niño (aún soy un septagenario) me maravillaba del ajetreo y la algarabía de esta temporada. En aquel tiempo salíamos de vacaciones en diciembre, de manera que se conjugaba la holganza con las festividades de las posadas, que nos hacía disfrutar la diversión de las piñatas junto a la liturgia del advenimiento de Jesús. Eran los rezos y letanías cantadas las que nos permitían actuar y revivir traviesamente esa tierna y ejem­plar historia de la Sagrada Familia. Del niño extraordinario que nos mos­traba con la humildad de su nacimiento y las vicisitudes del camino a Belén, la enorme riqueza espiritual de su sencillez, de su bondad, de su amor por la vida… y de su mansedumbre -verdadera fortaleza del pesebre providencial- para acatar los desig­nios apocalíticos del Señor.

Sin duda que la estación invernal hace propicia esa con­vivencia que favorece también el acercamiento físico y emocional de los creyentes. Proximidad que produce una especie de «renacimiento», un calorcito humano en favor de los sentimientos y virtudes que nos enlazan y nos muestra el significado del bien: del amor, el respeto y la bondad tangible, en la forma del pequeño altar de la naturaleza: el nacimiento… y su esperanza.

En aquellos días no había arbolítos de Navidad (niños-árboles sem­brados para cegar su vida prematuramente) ni tampoco pinos con esfe­ras artificiosas; ni existía el opulento Santa Clós con su trineo y sus renos —teutón grotesco y burlón, verdadero agente mercantilista. Había sí, un lugar alegre y festivo para todos los niños (con colaciones y caca­huates bastaba), enriquecido algunas veces por las piñatas, las serpen­tinas y las luces de Bengala que exaltaban nuestros cantos.

La Nochebuena era la congregación de los adultos en torno a una celebración familiar que significaba la reunión de los ausentes, del hijo pródigo recuperado: renacimiento de lazos de amor, respeto y perte­nencia, que se convertía en una de noche de oración festiva en agradecimiento a los dones recibidos durante el año, gracias al trabajo, al empeño y a las metas conseguidas, pese a la pandemia y la 4T.

Y había regalos, que eran expresión directa (no plastificada) de los dones reales ganados con el esfuerzo de un año de trabajo. No eran como hoy, tributos obligados de fastuosa envoltura multicolor y vacuos de contenido… para satisfacer la apariencia de las cosas y abonar a la vanidad consumista. Verdaderos despilfarras a costa de nuestro valioso aguinaldo.

Hecha esta penosa reflexión, quiero pedirles, humilde­mente, que hagamos un alto y repensemos sobre nuestra realidad. ¿Estamos haciendo lo correcto para nuestra familia, para nuestra comu­nidad? ¿No sería preferible hacer una especie de «auditoría interior» y retomar el sentido del renacimiento espiritual que esta tradi­ción nos muestra? ¿No es la hora de poner fin al despilfarro y hacer un mejor uso del ahorro? ¿No es hora de acabar con los puentes y los fastuosos hollidays que nos dejan sin aliento y sin dinero al final de cada temporada? ¿No es tiempo de que cada uno de nosotros cumpla con su deber y así, todos juntos, le exijamos a nuestro gobierno que haga lo propio y se deje de ocurrencias y de mostrar siempre sus manos vacías porque el dinero se esfumó?

Porque sólo el ejemplo cunde… y la fiera abominable del coronavirus pende sobre nuestra vida y paz interior. Y nos muestra -mortífera— también la peste de la discordia y la ruptura de nuestra frágil cohesión nacio­nal.

Hagamos el intento y recobremos nuestra entereza. Volvamos los ojos al ejemplo conmovedor del pesebre de Belén … renaciendo con Jesús en un sincero espíritu fraterno de mexicanidad.

 

CORTEX

Comentarios

  1. Esruza

    2 enero, 2021

    Excelente tu reflexión, tiempos que no volverán y que los jóvenes de hoy ni siquiera conocen y no saben de lo que se han perdido, pero creo que te contradices en tus creencias.

    Felicidades y mi voto

    Estela

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