SOLSTICIO DE VERANO

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Era domingo, de madrugada, y aún no había podido conciliar el sueño. Me asomé a la ventana para contemplar cómo el amanecer sonámbulo se desplomaba sobre los tejados pacientes, al tiempo que una luz neblinosa iba soterrando lentamente las azuladas sombras de la noche. Daba verdadero placer observar la calle solitaria, sin ningún ruido que la turbara, percibir el rugido lejano de las carreteras que llegaba como del más allá, atenuado por la distancia hasta percibirse como un susurro tranquilizador.

Sin duda había merecido la pena padecer una noche de insomnio con tal de poder hallarme inmerso en semejante escenario de paz; algo insólito y carísimo en estos tiempos que corren    –y  nunca mejor dicho–.

Me preparé un café y me metí en la ducha para desprenderme de las migrañas nocturnas que aturdían mi habitual lucidez, por llamar de algún modo al estado de dudosa cordura que distingue a cualquier ciudadano calificado como normal.

El día cada vez estaba más próximo; ya se presentían sobre las azoteas los manantiales de luz manando del lejano sol, que tan cercano se antoja en los días veraniegos.

Me animé  a salir a la calle desierta, impregnada de raros almizcles, y me sentí como el único habitante de la ciudad. Hacía tanto tiempo que no madrugaba en domingo que había olvidado la agradable sensación de sentirse el dueño del asfalto, de los edificios como torres expectantes con el alma latiente, aunque aún dormida. Solo llegó hasta mí en cierto momento la atenuada voz aterciopelada de Karen Matheson, acompañando probablemente a otro insomne en su desazón y, avanzadas dos o tres calles, la triste luz de un pequeño bar.

Caminé despacio, pero sin cesar, inmerso en mis propios pensamientos, hasta encontrarme en un parque de un barrio cercano. Pasaba con frecuencia por allí y nunca me había fijado en todos los detalles que en aquél momento constataba: las rosas cuidadas con esmero, los bancos de forja labrada, incomodísimos pero vistosos, una fuente de otra época en estado ruinoso; tantas cosas que me pasaban desapercibidas por familiares. Y es que muchas veces uno se desplaza solo por inercia, ajeno a muchos aspectos imperceptibles de la realidad, imaginando quizás otros mundos posibles o, lo que es peor, atrapado en una existencia imposible.

Me crucé con un individuo sudoroso que, trotando con un desgraciado vaivén de caderas de vieja rechoncha, seguía a rajatabla su programa de adelgazamiento, jaleado por el trino burlón de los gorriones que copaban las gradas arbóreas. Fugazmente se me asemejó a un buey corriendo por un estrecho pasillo hacia la sala fatídica del matadero, donde acabaría escuetamente su proyecto de vida.

Todavía se dejaba sentir un poco de fresco nocturno y se estaba de maravilla sentado en uno de aquéllos bancos durísimos, cuyos fríos hierros se clavaban en mi carne, proporcionándome un inesperado masaje. En otro banco cercano descansaban asimismo tres figuras conocidas, amantes de la vida sana, que me observaban incrédulos, sabedores sin duda de mis hábitos malsanos y de mi nula inclinación a madrugar; y mucho menos en días de descanso. Se trataba de una pareja de jubilados que parecían haber rebobinado sus vidas, deteniéndose en la feliz época de su noviazgo y que se pasaban el día caminando, echando comida a los cisnes del estanque y cotilleando acerca de las vidas de los otros. Y una tercera persona, una vecina de mi bloque con la que suelo encontrarme por las tardes a la vuelta del trabajo y que, según algunos, podría ser la mujer de mi vida. Y lo cierto es que me gusta bastante; no se puede negar su evidente atractivo; ese aura de belleza urbana, graciosa y esbelta, ese cuerpo perfecto y elástico como de gacela indómita. Y no digamos nada de sus cualidades espirituales, de su actitud progresista ante la vida; mujer estudiosa y trabajadora al mismo tiempo.

No salgo de mi perplejidad ante tanta perfección, pues no consigo explicarme cómo se pueden hacer tantas cosas en lo poco que dura un día. Y es eso lo que me aterra y me encoge ante ella. Cómo encajaría en mi vida tanto método y tanta cordura. Porque yo me doy cuenta de que también le gusto, aunque me pregunto qué le puede interesar de mí. Es curioso comprobar cómo a veces nos sentimos atraídos por las personas de carácter más dispar, cómo se cumple en nosotros la ley natural en que se basa la atracción de polos magnéticos opuestos. Lo que, sin embargo, no ocurre conmigo, pues yo busco una persona afín con la que no necesite ni hablar,  porque solo con mirarnos baste para conocer nuestros deseos más íntimos y con la que discutir no sea posible,  porque al pensar lo estemos haciendo en una misma dirección. Ya sé que se trata de una pretensión ilusoria, ¿pero no creen que en este mundo insensato es también imposible alcanzar la felicidad y, sin embargo, es lo que todos pretendemos?

Empezaba a hacer calor y los ancianos se ponían en marcha. Mi vecina, al incorporarse para seguir con su sesión de footing, me dirigió una última mirada con la esperanza de que me animara a seguirla. Dijo: “Hasta luego”, como queriendo decir: “Acompáñame, idiota” y se perdió velozmente por una esquina que bien podría dar acceso al pasillo del matadero. Es tan hermosa que no me la merezco.

Más tarde, cuando el sol ya empezó a destapar su fulgurosa esencia, me eché sobre el césped, bajo la sombra de un gran árbol de tronco inabarcable, milenario tal vez, cuya procedencia ignoraba y tampoco deseaba especialmente conocer. De hecho, en aquéllos instantes, cualquier cosa imaginable carecía de interés para mí.

Poco a poco fui notando cómo se aflojaban mis brazos y mis piernas y me invadía un profundo sopor. Lo último que recuerdo de aquélla mañana es el irreal murmullo de la ciudad despertando y la fuerte claridad malhumorada atenuarse lentamente en dulces brumas.

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