¿Cuánto vale un cruasán?

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La línea que divide las dos mitades del cruasán recién partido del desayuno dibuja la frontera entre el día y la noche. El cuchillo esparciendo la mantequilla en una repetición cotidiana, afila el hambre. Sorbo a sorbo, el café despierta el cuerpo poco a poco, como un soplete aplicado en deshacer un bloque de hielo. Si no fuera por el locutor de la radio hablando a lo lejos en un idioma solo comprensible por los ya despabilados, la soledad de la cocina se haría insoportable. La escena hecha de luz eléctrica, olor a café y migas repartidas sobre la mesa, responde a un objetivo que no es comenzar la jornada, sino prender el primer pitillo, encender el lanzallamas que descongela el invierno del sueño y da luz a una primavera renqueante en los pulmones, con brotes de toses que son el ruido del motor que nos pone en marcha para encarar la salida de casa, el encuentro con el trabajo, la falta de tiempo con los amigos, la frase suicida que nos marcará el día. Apenas te das cuenta y la noria alcanza su punto más bajo, la noche. Una pausa en el viaje. La mañana siguiente te reencontrarás de nuevo con el filo del cuchillo, con las dos mitades del cruasán mirándote hipnóticas, esperando el milagro diario, ese bregar de Sísifo impulsando su noria de calendario. La carrera sin fin hasta el próximo cruasán.

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