En paralelo

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Día 1

Un paso, dos pasos, tres pasos… ¿Cuántos habré recorrido ya? Ahora despacio. Toca bajar escaleras. Dejo atrás la jungla de asfalto y me adentro en las fauces de hormigón y acero del metro. Estoy cansada. Quiero sentarme, pero el andén está abarrotado de pasajeros. ¿A dónde irán? Me quedo de pie, como el que mira sin ver, observando las vías. Un chillido de cuchillas empieza a rugir a lo lejos, mientras una oleada de aire caliente revolotea por encima de mi pelo. El tren se acerca del lado contrario y se detiene. Me entretengo echando un vistazo aquí y allá, a este y a aquel pasajero del otro lado de la vía. Entonces la veo. Es rubia y menuda, de complexión delgada. Hay algo en ella que me intriga. Me fijo mejor, sin pizca de disimulo, clavándole los ojos. De pronto, nuestras miradas se cruzan y se encuentran cara a cara. ¡No puede ser! ¿Será una broma? Quizá una jugarreta de mis sentidos abotargados… ¿Soy yo? ¡Imposible! Parpadeo rápidamente, intentando visualizar mejor la escena, pero… ella ha desaparecido. Mi tren está entrando en el andén. Me subo al vagón.

 

Día 2

Un paso dos pasos, tres pasos… A veces los cuento, a veces no. Ya diviso la boca del metro, así que aminoro la marcha y me dispongo a descender la larga escalinata que conduce a las entrañas de la bestia de cemento y acero. Ni una olla de café podría resucitarme de ese letargo que llevo arrastrando, ¿desde cuándo? Me apretujo en un banco del andén, esperando que llegue mi tren. Siempre hay tanta gente… Otra vez ese ruido gutural de hierro rasgado y candente se avecina. No es el mío. Entonces, me acuerdo del otro día y dirijo la mirada, intencionadamente, hacia el interior de una de las cabinas de la máquina estacionada del otro lado. Suspiro con alivio, e inmediatamente el corazón me da un vuelco. ¡Otra vez tú! ¡Otra vez yo! Me levanto a toda prisa y la señora de al lado me increpa por mis malos modales. No me importa. En dos zancadas me planto hasta el borde del andén. Un adolescente alto y fornido me sujeta, toda vez que pregunta si me ocurre algo. Me disculpo torpemente. Mi tren está entrando y subo al vagón.

 

Día 3

Un paso, dos pasos, tres pasos… Hoy me cuesta más recrearlos en mi mente porque me he calzado las deportivas. Con los zapatos de salón es mucho más fácil llevar la cuenta, ya que el repiqueteo del tacón contra el suelo se encarga de marcar el ritmo en mi mente. Podría haber acelerado al llegar a las escaleras que conducen al interior del metro, con la libertad que me otorga ese calzado, pero ya estoy acostumbrada a esa marcha cadenciosa y no renuncio a ella, subyugada por una apatía soporífera. Me fijo en los bancos del andén y aunque hay sitios libres, prefiero quedarme de pie y esperar. Quiero verla de nuevo. Pero… ¿Y si llega mi tren primero?. «No. Siempre es igual. Ella vendrá antes», me autoconvenzo. Efectivamente, un estruendo de rugientes tripas calientes anuncia la llegada del otro tren. La máquina se detiene. No la veo. Fuerzo la vista y camino unos temerarios pasos al frente. ¿Habrán bajado ya todos los pasajeros del otro lado? El tren se pone en marcha de nuevo y los pasajeros se dispersan. Cierro los ojos y suspiro. Los abro y ahí estás tú, cual tangible espejismo. Me miras y sonríes, mientras pasas un mechón de tu cabello por detrás de tu oreja. En un acto reflejo hago lo mismo y te llamo. Tu continúas mirándome, sin dejar de sonreír. Quiero tocarte, pero te esfumas, como humo escampado por el viento. Y corro hacia ti. Mi tren está entrando, pero esta vez no espero a que se detenga.

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