Los adolescentes

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“Oiga doc, ¿por qué siendo un octogenario, dice que es un adolescente? Es que adolezco de todo… Y me importa un pito”

 

La adolescencia es un torrente de potencialidades que, cautivas, irrumpen con incontenible impetuosidad. Es el periodo de transición natural que lleva de la mano al escolar a una confrontación de su fisiología sexual. Es el suceso que nos hace exclamar a la momiza:

«Qué demonios tiene en la cabeza esa muchacha (o), para comportarse de esa ma­nera tan estridente, estrafalaria e irreverente».

Y la res­puesta es que los adolescentes son raros por naturaleza, ya que su extraño comportamiento tiene una base neurológica y hormonal que los hace atípicos ante nues­tros ojos de adultos formales, sin darnos cuenta de que así ha sido en todas las épocas de la civilización, al grado de que los expertos en neurofisiología consideran que esa desarticulada conducta de los púberes es simplemente un síntoma de buena salud, de un vigor rebosante.

Esta eclosión está a cargo de un siste­ma productor de esteroides que se llaman hormonas (en griego significa: yo excito), y que son las emisoras de las señales que cambia­rán la faz de nuestro cuerpo y también el lenguaje de nues­tro espíritu. Son una especie de truenos que sacuden nuestro largo sueño color de rosa para iniciar la remodelación de nuestra incipiente confor­mación sicosexual. A esas audaces hormonas debemos el acontecer incontenible de nuestro desarrollo y el diseño del edificio corporal que nos contiene y que, como fortaleza vulnerable, alojará también las frágiles fi­bras de nuestra exquisita sensibilidad: algoritmos neuronales que tienen su origen en la química del cerebro y se disparan sobre nuestra sistema operativo: los órganos genitales, sexuales y reproductivos.

Antes de los 18 años, cuando aún no se ha com­pletado la maduración de las fibras nerviosas, los impulsos y reacciones cerebra­les son atípicas, desordenadas, rápidas o desmesuradas, ya que les falta el reflejo condicionante de la experiencia y las neuronas hacen cortos circuitos, Por eso la zona límbica del cerebro –-en donde se generan las emociones placenteras- se encuentra en hiperactividad, desencadenando estados o reacciones super-cool de enojo, miedo, irritabilidad o euforia exa­geradas. El lóbulo frontal, donde se procesa el pensamiento racional, no termina de madurar, y por ello las conductas de riesgo-peligro (embarazo-violación) producen una mayor excitación que estimula al adolescente debido a la liberación de subs­tancias como la dopamina que aumenta el talante y la euforia con una mayor secreción de hormonas sexuales que afectan el condicionamiento de los reflejos sicosexuales de la afectividad y la agresividad.

Es por ello que los adultos debemos reducir nuestra rigidez y aumentar nuestra tolerancia ante la inquieta actitud de los jóvenes que, impacientes, buscan en su entorno (su nú­cleo familiar), la respuesta bondadosa para sus dudas y sobresaltos.

Es el tiempo de modificar todo ese complejo sistema de valores sociales represivos o valemadristas que se empeña en escamotearle a la juventud las razones y las palabras afables que puedan conducirla por un camino menos azaroso. Palabras y diálogos que des­pierten su inteligencia emocional a la par de su crecimien­to corporal y atemperen las graves consecuentias sexuales.

Para ello debemos tomar acciones cuidadosas y asumir ejemplos correctivos. Hacrelos sentir menos solos e incomprendidos dentro de la estrecha estructura social e ideológica en la que los tenemos cautivos y tratar de no reproducir los mismos patrones de conducta irreflexiva y autoritaria que sufrimos en nuestro propio tiempo. Los jóvenes en su pubertad requieren de una mayor atención individual. Tenemos que aprender a llevarlos de la mano, gentil pero firmemente, hacia el descubrimien­to de sí mismos, hasta que su imagen corporal obtenga la necesaria definición personal.

Recordemos que un ado­lescente es energía e impetuosidad, que parte de esa ener­gía se canaliza ahora hacia su esfera sexual, y que su atención e interés están fijos en el tremendo acontecimiento de su modelación erótica que, como las hormonas, le demandan la manifestación de sus funciones sicosexuales: nuevas e ineludibles pero maravillosamente reveladoras:

“Las que podrán expresarse en la forma de un reconoci­miento táctil: una especie de recorrido e identificación sen­sorial del yo, mi, aquí, conmigo… y contigo.”

Los jóvenes quieren muchas cosas al mismo tiempo, son «hipercinéticos», y la razón obedece al polivalente tiempo de su carburador biológico; de su ritmo circadiano que en ocasiones se alarga (duermen más horas matinales), y en otras se acelera y los im­pulsa a romper la inercia provocando el sobresalto y la irritación de los adultos, -inmovilizados por esa rutína de la paz chicha, que nos convierte en la “momiza”.

Y no hay que olvidar que los “grownups”: padres y tutores de esos impetuosos seres nuevos, hemos de convertirnos en sus solidarios modeladores, en los artífices de su mosaico espiritual. Para ello debemos hacer un alto y reflexionar:

¿Estamos preparados para ofrecerles los cimientos de su formación educativa y convivencial? ¿Podemos ofrecerles las alternativas estéticas y recreacionales que les permi­tan encauzar positivamente sus talentos y energías cumpliendo sus responsabilidades? ¿So­mos suficientemente honestos para dra ejemplo, para decirles las limitacio­nes de nuestra formación, de nuestras carencias sociocultura­les frente a una pretenciosa sociedad de consumo?

Sólo recuérdese que, en nuestro país, el oficio de padre le está permitido a cualquier aficionado, y ni los educadores ni las autoridades competentes. pueden suplir esa carencia.

Si así fuera, tómese en cuenta que la juventud, en una sociedad demasiado ocupada por su interés personal, mez­quino y mercantilista, queda expuesta y vulnerable ante los vahos, el influjo fascinante de lo desconocido. Bajo las influencias perniciosas que le regalan la ocasión de tocar lo prohibido: instancias subyugantes que su frágil voluntad no puede resistir y que su ansiosa curiosidad atrae peligrosamente hacia su voluptuoso cuerpo o hacia su ciego afán de poder

A pesar de todos los cambios y catástrofes habidos en el Milenio, hoy por hoy, los padres de familia continuamos teniendo la mayor influencia sobre nuestros hijos v con ella la responsabilidad de usarla asertivamente, como si en ello nos fuera la vida, la sobrevivencia de nuestra estirpe y Nación.

 

 

CORTEX

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