Necesidad inconsciente

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| 16 | 2 Comentarios

Durante una despoblada noche, silenciosa, vertida,

en los elocuentes y sombríos desvelos,

sin el gorjeo de las aves, ni el canturreo de los grillos,

en la quietud de los mil sueños,

abatido, roído por los recuerdos, aquellos míos,

sin fuentes para expresar contentamientos,

y en la muy atrapante apatía,

sueño con ella, esa niña de ojos dulces,

de labios tan tersos, delineados y vivificantes,

que humedecen mi corazón,

mirada triste, agraciada, moderna,

y al mismo tiempo perdida en años,

como un cuadro ubicado debajo de un árbol,

y cuya sabia ha salpicado la pintura,

recorriendo los relieves, los trazos,

convirtiéndola en un manto amarillento,

desgastado, pero aún hermoso,

un idolatrado lienzo,

que todavía pende de mis recuerdos,

 

Esa era mi querida prometida,

mi amante a quien no supe corresponder,

mi amada de ensueños, ¡la única en verdad!

Que se atrevió a concederme su deseo,

entregó su amor, sin condiciones,

a un joven aprendiz de la vida, inmaduro,

inconstante, incapaz,

de conocer el milagro que tenía enfrente,

pero que,

irresoluto, determinado,

atrapó ese primer centelleo,

y agradeció el don, ese obsequio enrollado,

adorable, exquisito y fugaz capricho primoroso,

 

¿Y quién habría de decidir por mi o por ella,

cuando únicamente nosotros,

éramos adoradores que se abstraían ocultos,

en los detalles de las sombras?

Nos abrigaba el estupendo sereno,

el clamar de las horas, la ausencia de los sonidos,

y el morir de los banales instantes,

¡Fue allí, lo recuerdo muy bien!

Descubriendo su sonrisa,

la plenitud de sus labios, de sus anhelos,

y que,

perdido en esas fugaces emociones,

sentí el palpitar de mi adormecimiento,

el conjuro expresado,

por los tibios susurros de sus palabras,

 

Fue un minuto tan solo, un apreciable minuto,

y caí desvalido en sus brazos,

no deseó oír mis argumentos, los desechó,

y se limitó a abrazarme, a darme entender,

que todo no era mucho, y que poco,

significaba todo, todo y más, amor y sacrificio,

en los caminos, a un lado del afluente,

a orillas del lago, a escasos pasos de la luna,

y esa,

fue nuestra historia, breve, profunda,

repentina y a la vez dolorosa,

 

A partir de allí,

una espada se halló enterrada en mi corazón,

y en el vasto rememorar de las noches,

en los vacíos senderos humillantes, solitarios,

hube de esconder el sol en mi existencia,

lo guardé ahí para que secara mi vergel,

lo agotara con sus rayos y no dejara nada,

Porque dolía recordar,

dolía atrozmente,

 

Ella ya no estaba conmigo y lastimaba,

laceraciones circulaban por mi alma,

abrasivas como el fuego,

envenenando mi sangre,

y extirpando cada gota de mis fuerzas, de mi oxígeno,

y el delirio, esa triste misiva,

que salpicaba copiosamente mis fábulas,

agrietaba los campos de mi alma,

arrojándome a un desconcertante abismo,

 

Me sentí agotado, dolía respirar,

inmerso estaba, en un fluir de un ahogo impotente,

Por eso el sol, por eso deseaba desvanecerme,

No quería despertar, no deseaba abrir los ojos,

La extrañaba, y eso me destruía,

abatía y convertía mi existencia en escombros,

en ruinas que humeaban, perdiéndose en los ecos,

ecos desventurados y miserables,

de un obsequio extraviado,

que me torturaba en silencio,

 

He amado, y ha sido efímero,

no han bastado mis sentimientos,

no he logrado controlarlos,

se han disipado al amanecer, lo han hecho,

no bien aclaró el alba,

no bien desperté, no bien abrí mis ojos,

Ella ya no estaba, un fugaz incienso fue para mí,

se elevó por mi habitación y aspiré su fragancia,

inútil fue como me sentí,

y no supe que hacer,

excepto caminar a tientas por un desolado paraje,

y a la vera del camino me detuve,

sentía la amargura atravesar mi pecho,

y sin poder resistirlo, lloré,

lloré y supliqué, rogué y grité su nombre,

el polvo y el viento, azotaron mi rostro,

me quemaba por dentro, dolía, estremecía,

grité y grité como un pobre desventurado,

a los cuatro vientos, a los cielos,

y a los inmóviles montes plagados de espinos,

Nadie respondió, y no quise aquello,

no deseaba que ese indomable estertor,

aplastara mi endeble y apuñalado espíritu,

No; aquello era un torrente,

un magro torrente que nada tenía de estoicismo,

 

Entonces clamé de nuevo, desesperado,

al cielo azul, ¡a Dios!

lo hice para que ese afán me fuese quitado,

el ardor que apresaba y estrujaba mi pecho,

y,

fue un día, al llegar a mi casa,

que, al recostarme sobre mi cama,

el alivio se descolgó sobre mi vida,

y dormí en la confidencia de mis vigilias,

y no soñé más, la razón se inmovilizó,

el recuerdo desapareció, y fui libre,

libre de un amor no correspondido,

de alguien a quien, hasta el presente,

continúo amando, pero sin dolor.

Comentarios

  1. Gian

    7 marzo, 2021

    Excelente poema. Me gusta. Describes muy bien el dolor del amor no correspondido.

    Saludos y mi voto.

    Gian.

  2. Victor

    7 marzo, 2021

    Gracias, Gian, aprecio tu comentario y apoyo. Saludos.

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