PRIMER AMOR DOLOROSO (Así me sentí esa tarde, te confieso, por si llegas a leerlo)

Escrito por
| 18 | 2 Comentarios

Nos citamos en una plaza, una tarde que por poco inaugura aquel año de amor inesperado. Preparé todo con obsesiva dedicación: mi ropa lavada y planchada hasta casi arrancarle el color; mi voz y mis gestos ensayados en el baño. Las frases, el tono. El día y la tarde. Todo perfecto. La tarde la dibujé yo mismo. Juré no dejar nada al azar. Me garabateé en la palma de la mano algunos jeroglíficos que solo yo podía descifrar: una cruz grande y cinco más pequeñas me ayudarían a recordar seis o siete historias de muertos más o menos entretenidas; algo que parecía una pequeña mano cerrada como un puño, eran cuentos de peleas callejeras bien adobadas; un chiste sobre un perico italiano (que nunca falla, por tener un final cruel) lo recordaría al ver una pluma con el centro muy remarcado cerca del meñique, y una pregunta muy elaborada sobre lo que pensabas del futuro, que ya tenía memorizada como un padrenuestro. Me dibujé una flecha señalando una pequeña estrella, para no olvidarla.

Llegué dos horas antes. Tú, pasadas las seis. Me juré que tu amistad, mi único tesoro, se acabaría esa tarde que ya era noche. Sabía que te gustaban mis historias. Un beso o dos cada semana no me eran suficientes. Tenía que ser ese día.

Nos sentamos en una banqueta que ya venía limpiando con la mano cada vez que pasaba por el sitio elegido, debajo de unos árboles muy inclinados. Te veías menos blanca que en mis sueños. Nos sentamos sin hablar.

No nos movíamos del sitio, solo nos mirábamos las manos, como si de ellas dependiera nuestro encuentro.

Decidí dar el primer paso. Tomé tu dedo armado de anillos con firmeza azulada y generosa, como esperando señales de entrada sin salida, pero las aves desbocadas de promesa y final que tanto había ensayado, se me quedaron en la boca. Miré el suelo y mis zapatos.

Lo recuerdo. Trataste de salvarme del cuero tembloroso en que me había convertido, con una suerte de beso torpe de pies izquierdos, que se estrelló de muerte en el techo de la noche (la luna nos miraba atónitos, torciéndose sobre sí misma, regándose de paciencia para no enloquecer de pena).

Una brisa de amores nuevos bailó en mi pecho, herencia de mi padre, terreno baldío y sin maña, fértil y desesperado de tus deseos primeros, que inundaron mi piel novata. Me elevó hasta la enramada de noche inquieta, celosa y protectora, trepando en arco las puntas de los árboles, desde donde me vi, inmóvil. Los ardores que abrazaban mí lengua no tenían prisa, y la canción que se escuchaba entre los arbustos se alejaba cansada. Tú botón seguía esperando mi ráfaga asfixiante, tierna y heroica.

Esa noche olía a derrota y caída, agua de colonia, nervios de huella y espuela. Sudando sobre tus manos caí de rodillas, ciego de miedo y agonía por no saber cómo tenerte. Tú asombro de niña inquieta voló por todos lados, y la locura primitiva de tus años más tiernos te manchó de susto y rubor nocturno (“pero fue un desmayo tierno” recuerdo haberte escuchado, mientras les contabas a tus amigas).

Las cruces desaparecieron entre los surcos de mi palma. La pluma de tinta se hizo una cuna en la curva de mercurio.

Sentí el deseo estelar tocar de frio mi ropa entumecida, y fuiste liviana al posarte contra mi ansiedad latente, derramada en el suelo. La luna nos bendijo con un himno de sudor eterno, que nos bañó cubriéndonos de espejos rotos.

Te quedaste dormida sobre mi humedad juvenil. Sentí tu verso dormir en mi bolsillo izquierdo, junto al mío; tus más internos deseos besándose con mi latido asustado; tus ansias dejadas a suerte sobre mi frente, esperando mi pulso enamorado, que como un loco saliera a tu encuentro.

Nunca te sentí tan cerca, nunca tan quieta, tan mía.

Amaneció en tu aroma de niña un campanario de olor pagano, vestido de medio cielo untado de flor y llanto, risa y deseo de espesura en la piel, verde de sed de iguanas amanecidas, que nos lanzaron semillas frescas nacidas de un frutal privado, callado y luminoso, como sol de plaza, fuente y busto de héroe, fiebre, caricia y promesa, beso de pies ligeros que se ven al día siguiente, y al otro día, y al otro, y al otro.

Por un buen tiempo, mi vida fue la rutina de pájaros en tu aroma de miel profana.

Comentarios

  1. ginimar de letras

    24 febrero, 2021

    Hermoso relato poético. Me gustan tus imágenes y metáforas, Gerart. Un abrazo 🙂

  2. gerart

    24 febrero, 2021

    Mil gracias!, las metáforas no me salen a la primera, me cuestan mucho, así que aprecio muchísimo que te gusten!!!!!

Escribir un comentario

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies
Cargando…
Ir a la barra de herramientas