«Poblar, es civilizar»
La incertidumbre parece reinar en el Consejo Nacional de Población (Conapo), institución gubernamental encargada de definir la política de población del país y. tradicionalmente, una de las instituciones de gobierno más encriptadas respecto a la dinámica demográfica regional: la ecuación entre nacimientos – óbitos, fertilidad y productividad, demografía electoral y comicios y, hoy, pandemia y salubridad.
A mediados de los setenta el Conapo planteó la primera política de población con sustento científico y formulada sobre principios democráticos como la libertad, la certeza anticonceptiva y el respeto a las parejas para elegir y decidir sobre método, número de hijos y sustentabilidad económica al través de un programa sistemático de educación sexual.
Esto hizo posible que, por una parte, se lograra detener el acelerado crecimiento de la población y, seguidamente, se plantearan metas numéricas que permitieron llegar al siglo XXI con una población de 100 millones de personas. Hoy somos 126 millones y el segmento de las jóvenes en edad reproductiva menores de 18 años —adolescentes—sigue reproduciéndose en la misma proporción que hace 50 años, pese al medio siglo de cultura anticonceptiva.
La realidad nos topó de frente y las proyecciones que pronosticaban 130 millones para el año 2020 no se cumplieron. Por otro lado la planificación familiar, la educación sexual y los programas de salud reproductiva crearon los espacios básicos para que la mujer pudiera optar por logros laborales, profesionales y personales más allá de sus funciones reproductivas pero, otra vez, la violencia de género y la plaga sanitaria lo impidieron.
Ningún país, ningún sistema social, puede permitirse un crecimiento poblacional ilimitado en un mundo de recursos finitos. No obstante, no todos los problemas tienen que ver con la forma en que la población crece y se reproduce. La pobreza que aqueja a millones de mexicanas, el creciente deterioro de su calidad de vida y el tremendo daño ambiental por combustibles fósiles y sobreexplotación de la naturaleza, no son provocados necesariamente por el crecimiento demográfico, pero van de la mano. En el fondo de estos problemas se encuentra regularmente la brecha de desigualdad y la aberrante distribución de los recursos sociales, entre ellos del poder político, así como la permanencia de un patrón de producción-consumo que antepone el lucro, el abuso y la búsqueda exacerbada del valor agregado sobre la productividad social, a costa de las fuentes que le dan sustento.
El régimen actual pareciera empeñarse en desperdiciar el capital-bono demográfico acumulado. Quienes ocuparon ios puestos directivos, así como los cuadros profesionales del Consejo, tuvieron que arreglárselas para operar dentro de una administración federal no muy afecta a los principios jurídicos, filosóficos y científicos que hicieron del Conapo una institución moderna y progresista y, de la política de población mexicana, un ejemplo de gestión gubernamental asertiva.
Y parece ser que la incomodad actual de las autoridades encargadas de la política interior, como aquellas encargadas a la Conapo en el ámbito de la reproducción humana, recae sobre las fallidas bases jurídicas en el marco de los derechos humanos de la mujer. Pues los peligros que enfrenta la sociedad mexicana son un vuelco al pasado, una negación de los logros obtenidos y la instauración de valores, prácticas y actitudes ante la familia, la sexualidad y la reproducción, son de carácter patriarcal, autoritarias, premodernas y anticientíficas; cultura donde la sinrazón, el prejuicio y los dogmas pios o laicos, no deben regir el ejercicio de la función pública, ámbito donde se definen los preceptos fundamentales de la política de población del país: “poblar, es civilizar”.
El ámbito de la reproducción humana que tan poco pre-ocupa a la actual administración, así como los espacios de la intimidad donde aquella transcurre, han sido sometidos a fuertes presiones por obra de la tecnología médica anticonceptiva y las luchas emprendidas por las mujeres en busca de sus derechos fundamentales para decidir sobre su cuerpo, sus hijos y su acceso al poder.
Allí donde han prevalecido conductas sociales fanatizadas, se abren hoy día espacios propicios para la expresión de nuevas formas de libertad. Como producto de esos procesos, la procreación y la condición de la mujer en el hogar dejaron potencialmente de ser obra de la fatalidad y el destino biológico y social. Las mujeres hoy pueden decidir sobre su vida sexual, sobre el embarazo, sobre sus cuerpos y sobre sus parejas. Éstos son logros fundamentales que pueden conducir a una menor desigualdad laboral y a una mayor libertad de los roles tradicionales de género con una genuina democratización de la política.
Logros como estos se ponen en riesgo si los gobiernos de un país tratan los asuntos públicos –demográficos— con criterios y conductas regresivas.
CORTEX





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