TODO UN CUENTO

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Miércoles, 17 de septiembre, 4:00 pm

Un día sin sobresalto, recorrí por quinta vez ese parque intermedio a la altura de la once, casi siempre el mismo itinerario, un café con cigarrillo, contar lo que me queda en los bolsillos y decidir cómo regresar a casa. Debo aclarar que en mis aventuras era una incidencia no cargar con suficiente dinero y confiar que en el camino mi suerte cambiará mágicamente.

Buscaba tomar un bus que me llevara por una tercera parte del coste real, cuando de repente se me acerca un hombre de altura promedio, con una pinta descomplicada y aires intelectuales que combinaban perfectamente con su forma de mirar y con un tono de voz un tanto arrogante me dice: – Qué bonitas gafas llevas. Yo extrañada me quedé pensando que este sujeto seguido de su afirmación me despojará de lo poco que traigo encima, a lo cual yo le respondí sutilmente: – eh, gracias… e intento perderme entre la gente, pero él insistente; me persigue y me dice al oído: – ¿a dónde vas?,  y aunque se lea aterrador yo que me volteo y él sin quitarme la mirada ni un segundo, me deja perpleja mientras voy pensando en los peores escenarios. Le afirmo, desde mi poco ser precavido: – A casa, pero mi bus no ha pasado. Él con una sonrisa me dice: – ¿Cuál te sirve?, inmediatamente me siento muy atascada en esa calle y yo le respondo inquieta: Cualquiera que vaya en esta dirección – haciendo un gesto con mi mano hacia el sur. Es así como él mira hacia atrás y tomando impulso toma mi mano y me dice: – este te servirá. 

Estoy en un modo automático, siguiéndole los pasos a este hombre que ni sé cómo se llama, tomando una ruta de un bus que no sé a dónde me lleva. Enseguida me ubico en el último asiento que quedaba en aquella buseta que era el fiel manifiesto de la historia bogotana y él me dice: no te muevas de aquí y sin saber entender lo que sucedía, así es…me quedo.

Se levanta enfrente de la registradora y espera callado a que muchas personas tomen su sitio en aquel vehiculó y cuando por fin se ve atiborrado de gentes, empieza presentarse: Mi nombre es Carlos y soy cuentero y no un cuentero cualquiera, y hoy quiero contarles como un girasol cambio mi vida amorosa, supongo que muchos aquí habrán regalado flores, pero está no era cualquier flor y mi novia – Levanta la mirada y me busca preguntado por mi nombre yo le respondo:– Camila, él continúa su historia: Camila no era cualquier mujer, ella siempre quería más y más, pero eso no es el inicio.

Un día decidí sorprenderla, entonces compre el girasol más grande que encontré en la floristería del barrio y cual «romeo» timbré a su casa y le dije Camila de mi amor (aquí las risas de los pasajeros) he aquí este girasol para que alegre tus días y ella asomada a la ventana, bajó rápidamente, abrió la puerta y con beso increíble recibo con amor aquel obsequio. En consecuencia, me dije: esta será la estrategia de enamorarla cada día, es así como día a día sin falta a las 4 de la tarde llegaría yo, con un girasol, unas veces pequeño otras veces gigante. Pero poco a poco me di cuenta que su interés en mí iba decayendo, hasta que un día me dijo, Carlos de mi corazón (de nuevo con las risas de los pasajeros, seguido de ademanes suyos actuando cual tragedia griega) – estoy mamada de tu puta flor. Es ahí cuando comprendí que no importaba cuantas veces repitiera ese detalle que le llenó de emoción la vez primera, el amor no consta de actos de repetitivos, si no de enamorarse cada día de manera diferente, gracias. La gente enseguida le aplaudió y entre risas y otras cosas manifestó como cualquier vendedor informal que solicitaba unas moneditas que le pudieran hacer crecer como fabuloso cuentero.

Luego procedió a recoger cada supuesta ayuda y mientras se acercaba al puesto de atrás, donde me encontraba yo sin entender mucho, a mi lado estaba una señora que me miraba con curiosidad y yo no paraba de mirar hacia el techo, pretendido que nada de esto tenía que ver conmigo, sin embargo, este sujeto se acerca tanto a mi lugar, se sienta a mi costado y termina besándome. A la gente le emociona, supongo que concluyen que soy yo; esa Camila que le hartaron sus tan amados girasoles.

En ese momento me puse a pensar -¿Y quién iba sacarles de la duda?, no podría decir: – ¡Hey! es a un extraño que al que acabo de besar.  Enseguida miré a través de la ventana después de tan vergonzoso espectáculo y me quedo atónita por un rato, luego a lo lejos empiezo a distinguir algunas calles, y le digo: – ya debo bajarme, vivo por aquí(lo cual era mentira, porque había una posibilidad de estar cerca, pero aun después de todo no confiaba en aquel extraño). Él me dice: – te acompaño –, con una intención que no entiendo, se baja conmigo y yo empiezo a caminar sin rumbo, lo hago caminar en círculos y de sopetón en una casa cualquiera me detengo y le digo: es aquí, gracias por todo. (aunque en realidad no sabía dónde estaba ni tenía idea de manejar la situación) entre tanto él a lo lejos observa una tiendecita de aspecto humilde y me dice: – que tal te invito una cerveza; una pola no se le niega a nadie ¿no? y como en mi naturaleza no estaba negarme a nada, la acepte. Nos dirigimos allí y hablamos de absurdo de todo esto, en esas me dice: Dame tu número y en otros días si así lo prefieres también te hago protagonista de mis historias. – Le evadí y logré decirle que debía irme, que me esperaban. Este sujeto se levantó sonrió; me abrazó y me dijo: – hasta el próximo bus.

 

 

 

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