Un hombre obcecado y genial

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«La capacidad creadora de Ludwig Van Beethoven, pese a su sordera, pudo estructurar y reproducir los so­nidos de su magna obra musical con sólo los instrumentos de su represen­tación gráfica.»

 

Hace cerca de 30 años, los himnos corales de la Novena Sinfonía de Beethoven estremecían los anhelos de libertad y elevación del hombre, que levantaba su portentosa voz por encima de la orquesta y hacía añicos el muro de Berlín. Hoy Bonn, Alemania, se viste de gala para celebrar 250 años de la efemeride que rinde homenaje a ese genio inmortal nacido en la ciudad rivereña del Rhin palatinado; lugar donde nace nuestro personaje, en el año de 1770.

La historia familiar de su niñez fue nefasta: la miseria y la degradación alcohólica del padre le formaron un espíritu rebelde, que le hacía entrar frecuentemente en conflicto consigo mismo. En 1787, siendo discípulo de Mozart en Viena, muere su madre, y ante la irresponsabilidad del genitor, Ludwig se hace cargo de la educación de sus hermanos, lo que no le impide continuar tesoneramente con sus estudios vieneses. No obstante ser un genio musical espléndido, era pequeño, cabezón, burdo y torpe de movimientos; sin estilo alguno, pero si uno de los  grandes virtuosos del piano, reconocido por la propia aristocracia vienesa y el maesse Salieri. A los 4 años tocaba el clavecín, a los 8 dio su primer concierto, a los 11 escribe su Cantata fúnebre y a los 13 se convierte en maestro del teatro de la corte, rivalizando en su precocidad, aunque con menor fama y suerte, con el genio de Salzburgo.

En 1792 marcha finalmente a Viena y toma lecciones con Haydn, maestro también de Mozart, y quien se distinguió como compositor extraordinario en Inglaterra. También estudia musica vocal con Salieri y para sobrevivir acepta tomar a su cargo a algunos discipulos, los que dieron fe de las primeras rarezas de su temperamento colérico y contradictorio. Rechazando la críitica o la adulación se olvida de las más elementales reglas de cortesía social.

Se cuenta la anécdota de su tosudez anticortesana en Weimar, cuando caminando al lado del poeta Geothe, se cruza con la duquesa y Beethoven, en lugar de quitarse el sombrero e inclinarse, hunde más el sombrero sobre su cabeza y se desliza erguido sin reverencia. Para algunos esta actitud displicente es congruente con su rebeldía natural y sus ideas políticas democráticas, que le valieron el calificativo de «revolucionario» aunque para otros es todo lo contrario: «lo genial no quita lo cortés».

En una carta dirigida al príncipe Lichnowsky en cuya casa vivió tres años, declaró:

«Lo que es usted, príncipe, lo es por casuali­dad. Lo que soy yo, lo soy por mí mismo. Príncipes ha habido miles y más los habrá todavía. Beethoven, sólo hay uno».

Para él nadie era superior, solamente a Napoleón lo consideró a su altura, le admiraba porque también era un genio; sin embargo, mencionó:

«¡Si yo entendiera tanto de estrategia militar como de contrapunto, acabaría con él!

Al escribir su tercera sinfo­nía la tituló «Bonaparte», pero al enterarse de que Napoleón se coronó emperador, destrozó la copia de la partitura y la arrojó al suelo, poniéndole más tarde el nuevo título de «Heroica».

A los 27 años sintió los primeros síntomas de sordera y el músico ve cómo se le escapa los sonidos de los instru­mentos que conoce a la perfección. El temor y la angustia lo desesperan y huye a Heiligenstadt, donde, a los 32 años, compone su obra «Testamento». Piensa entonces en el suicidio pero, a instancias de su gran amor Amalia Sabalt, acepta su suerte con fe en si mismo y se vuelve solitario y misógino. Evita presentar­se en público y guarda el secreto de su sordera. A lo largo de los últimos 30 años de su vida, en plena sordera, escribe lo mejor de su arte, pues dominaba el lenguaje estructural de la música y contaba con la grandeza de su genio.

Aún cuando Beethoven murió soltero, la lista de mujeres que amó y que lo admiraron fue grande. Con algunas de ellas intentó casarse, pero los impulsos amorosos apuntaban más al idealismo heroico que al terreno sexual. Algún día algo se apagó en su vida (no sólo su oído) y decidió renunciar al matrimonio.

El 26 de marzo de 1827 muere Beethoven, dejando como su heredero a Franz Schubert. Toda Viena acompañó al féretro del compositor, mientras que una banda interpretaba la marcha fúnebre, haciendo honor a aquél rebelde de indomable espíritu, cuya genialidad musical se enfrentó –dramáticamente– con dos teoremas (rítmico y melódico) en la propia composición de vida y destino que se contrapuntea en su inmortal Quinta Sinfonía y se eleva cual portentosa voz en su Novena.

 

CORTEX

 

 

Comentarios

  1. Esruza

    26 febrero, 2021

    Conocía parte de esta historia, me gustó leerla y saber más de ese genio.

    De diez por informativa, al menos para mí.

    Mi voto

    Estela

  2. cortex

    27 febrero, 2021

    Mil gracias, querida Stella.

    Es un placer leer tu comentario.

    CORTEX

  3. viky

    4 marzo, 2021

    Me gustó tu escrito y conocer más de este grand genio. La música es maravillosa. Mi hijo toca guitarra y el año que recién terminó creo dos composiciones para guitarra.
    Mi saludo desde Temuco, Chile.

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