Un largo milenio

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«Anochece en la extensa blancura del invierno. Las luces se apagan y el frío se hace más helado por la abducción de la pico-esfera cósmica: el Covi2, sobre el mundo”

El misterio de la cabala nos envuelve en el progresivo pasaje del tercer milenio. La piel empieza a experimentar extrañas sensaciones que nuestros sensores aéreos vuelven a identificar. Algo como en la infancia, cuando te­níamos la sospecha de que hay otro canal al lado de nues­tra vida, un escenario que aun no descubrimos pero que está detrás esperando nuestro destino como un ángel rojiso. Y esa contra energía continuará creciendo hasta el último segundo del tercer milenio, cuando alcancemos -la humanidad toda- un nivel de masa crítica renovadora, y la civilización entera comience a tomar en cuenta seria­mente los asuntos de la vida en este planeta.

De esta forma tendremos una retrospectiva de un «aho­ra» de mil años. Nos encontraremos en la Edad Media, en plenas guerras santas, dominada por los clé­rigos y los señores feudales. Nuestra clase o posición so­cial será la del mismo padre: esencialmente un labrador o un aristócrata confinado a permanecer como tai per secula seculorum. La vida no será entonces sino una continua prueba espiritual. Los clérigos explicarán que el Pantocrato colocó a la raza humana en el centro del universo con un solo propósito: ganar o perder la salvación. El hombre, por lo tanto, tendrá que saber escoger asertivamente entre las dos fuerzas opo­sitoras: la fuerza del Bien y las tentaciones del Mal. Y allí estarán los clérigos, a cuya providencia el hombre deberá ajustarse, pues sólo ellos sabrán interpretar las escrituras y decirnos si nuestros actos están en comunión con sus designios.

La visión de hoy, vista al través del pantocrato de la tec­nología, nos muestra un escenario diferente. La materia básica del universo -en su núcleo y desello- es vista como una especie de energía vibrante que aparece «maleable» a la intención del espectador y que «desafía» las expectativas del viejo paradigma mecanicista. Algo como si pensar simplemente en un sentido o expectativa de las cosas, indujera a la propia energía a brotar en el mundo material afectando a otros sistemas energéticos organiza­dos. Cualquiera pondría el broche del escepticismo, ¿ver­dad? Pero la cuestión es más sencilla. En esencia tiene que ver con la capacidad de percepción que el ser humano posee para esa energía, la cual requiere de una altísima sensibilidad a la armonía o a la pandemia.

Lo anterior nos revela la existencia de esas subpartículas o quards, destellos de energía subatómica, y también la ma­nera como este universo físico responde como un todo a nuestras expectativas de energía.

¿Hasta qué punto estas expectativas crean las cosas que nos ocurren (Covid) o son mera­mente coincidencias?

La vieja idea newtoniana sugiere que todo sucede por azar, pero que cada evento tiene su pro­pia línea de causa y efecto, independientemente de nues­tra actitud. Sin embargo los descubrimientos recientes sobre física cuántica sugieren que el universo es más di­námico que eso. Y aunque el universo trabaja mecánica­mente, también responde a la energía vibrátil que proyec­tamos en ello.

La cuestión es que esa energía proviene de la interacción entre millones de seres humanos, urgidos de obtener control sobre otros aunque sea por nimiedades (comer culebras con murciélago). Ese afán devorador produce una reacción de fuerza o de de­bilidad dependiendo del resultado de las interacciones. Por ello los seres humanos tendemos a adoptar una pos­tura dominante. No importa la naturaleza de la situa­ción o el asunto a resolver, siempre nos preparamos a te­ner la razón, a hacer prevalecer nuestra postura por enci­ma de los demás.

Si lo logramos nos sentimos poderosos, como si recibiéramos una carga sicológica reforzante. Esa es una de las razones por la que vemos tantos conflictos irracionales en el mundo. En realidad funciona como un trauma o engrama primario que se transfiere de padres a hijos y entre líneas sucesivas de padres o clanes domi­nantes, en los que esta violencia sicológica es transmitida de una generación a otra, como en el tinglado de reflejos de Pavlov. En el fondo son transferencias de energía ya que, si un ser domina a otro, recibe a cambio su energía reforzante. Nos llenamos de esa carga y esa llenura nos impulsa a repetirlo de una ma­nera inconsciente, refleja.

La competitividad -el paradigma de nuestra época- nos lanza a competir por ese vasto sistema de energía universal, del que sólo una parte es asequible a los humanos: aquella que dimana entre la gente. Y de aquí parte el anti­guo conflicto entre individuos y naciones: la batalla por el poder, la pugna por la energía reforzante.

Pero, ¿cómo em­pezar a romper con este círculo vicioso? Buscando fuen­tes alternas de energía universal. En primer lugar aprender a refrenar la manipulación. Los seres humanos nos senti­mos vacíos de energía consciente, y esta «hambre» nos lanza como un imán a adherimos otros, a efecto de succio­nar, como los virus, sicológicamente la energía que fluye de ellos para replicar el dominio.

Algunos autores lo llaman «el control del drama inconsciente», igual que en la vida de las TVnovelas, el cine, etc. Entonces de­bemos reciclar esa energía dejándola fluir para que se «re­cargue» en otros seres vivos: plantas, animales, volcanes (el Popo), mares y ríos. Es como una acción reflexiva que se nos regrese como expresión de armonía o de consciencia cós­mica y que nos hace evolucionar como seres altamente diferenciados (amorosos).

Colofón. No sea un abductor, sino un donador. Proyecte su energia sobre los seres vivos y recibirá a cambio la saludable sensación del Aura matinal.

 

CORTEX

 

Comentarios

  1. marta otero

    2 febrero, 2021

    Ay, ojeras:

    Te pareces al Kukulkán Quiché.

    Todo lo abarcas y lo conviertes

    en energía vibratil del culmen.

    Con ra´ eres el gurú del Apocalipsis

    y las Nereidas (sin bragas).

    Marta O

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