Un tinglado reflejo

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«Pavlov estableció en 1900 el sistema de los reflejos condicionados. Y Kreschner lo caracterizó con su esquema de constitución y carácter»

 

El carácter se define como el rasgo definitorio en el comportamiento de una raza o de un pueblo y, en lo individual, como el estado de ánimo -energía instintiva- sobresaliente de la personalidad. Esta, a su vez, se define como la individualidad cons­ciente: el conjunto de cualidades que conforman el sen­tido intelectual de una persona y no su apariencia cor­poral. En otras palabras: la personalidad es el desem­peño (función) mental y emocional de una persona, por medio de su cuerpo, y no lo que usa, se pone encima o muestra como atractivo visual.

Lo anterior viene al caso por la serie de aconteci­mientos vividos en el país y que van, desde la ambigüe­dad de los actores políticos ante la avasalladora Pandemia de su estulticia, hasta el fracaso de la política económica del régimen: la obcecación por la obsoleta suficiencia energética, la cargada de los búfalos electorales, el fracaso deportivo, la postración social por la debacle económica pero, sobre todo, a la incertidumbre por vio­lencia y la inseguridad provocadas por el narcotráfico y la corrupción que, conllevan a su vez, la fatalidad maledicente respecto al futuro del país como nación saludable y productiva

Y es que no hemos reflexionado acerca de un factor subyacente: el origen étnico, racial y antropológico, de los problemas políticos y sociales del país. Los gobier­nos y sus instituciones han actuado casi siempre de for­ma sesgada y unilateral en la promoción del desarrollo nacional buscando, casi exclusivamente, la elevación del «nivel de vida» de la población sobre bases teóricas y burocráticas, es decir: basados en cifras e indicadores macroeconómicos medibles cómodamente desde sus pantallas y analizadores, sin reparar en los efectos que tales acciones tendrán sobre el aspecto emocional, sicológico y de calidad de vida del pueblo supuestamente beneficiado.

Ahora mismo, el gobierno tiene en marcha y difunde a todo color los programas sel Bienestar: «Primero los Pobres» do­tados generosamente de recursos para llevar a las comunidades precarias: servicios, dinero y apoyos diversos sin pedir nada a cambio (excepto la adhesión sutil y en reciprocidad al emblema moreno). Y es que el programa no va más al fondo en el significado que im­plica el dar, regalar, sin atender a la necesidad de un cambio de conducta, de reflejos, de la gente ante sí misma: ante la pobreza e insalubridad de esas comunidades re­ceptoras, posiblemente beneficiadas, pero a través de una dádiva que implica una actitud pasiva, dependiente y agachona que nada resuelve, sino lo inmediato: el ham­bre, la postración la pandemia.

Y es que los campesinos -los emigrantes urbanos- tienen una personalidad, un modo de ser muy especial (decir campesino equivale a decir indígena, pobre, des­preciable ante el prototipo predominante del criollo) y se ha especulado sobre qué tanto influye en la estructura de esa personalidad «inadecuada para el progreso», un factor genético (hereditario) como elemento perturba­dor de la relación conflictiva que el indio mexicano man­tuvo con la conquista y la colonia españolas. Sí, la agre­sión, el despojo, el rechazo y el menosprecio bastardo que originó el mestizaje, que persisten interactuando sobre su carácter.

En el laboratorio de neurofisiología de la UNAM se ha probado que los estímulos ambientales negativos -a los que se ve sometido un individuo en el curso de su vida- son gravados o troquelados en una molécula ADN del núcleo de las neuronas, mediante un mecanismo semejante al que explica la memoria genética, es decir: la herencia, la raza, la familia y sus rasgos. Es como una incorporación del ambiente en la biología: la trans­misión de los factores externos condicionantes en la bioquímica cere­bral.

Ahora bien, si este troquelado persiste en la vida y se experimenta o refuerza en las siguientes generacio­nes, esa información cerebral se transmite en forma au­tónoma y se manifiesta en la conducta de los nuevos individuos que, al ser provocados por detalles insignifi­cantes: el tono de voz, el trato imperativo, la distinción del color de la piel o vestimenta, la insinuación al origen bastardo, etc., descargan las emociones negativas reprimidas y las actitudes en conflicto.

Quienes han escrito acerca de la personalidad del mexicano (Paz, Romero, Monsiváis), han considerado que un rasgo nacional característico es la hostilidad hacia todo lo que simbolice la autoridad, y que obedece a aquel troquelado cerebral que dejó la dominación colonial (ca­llar y obedecer que aún se prolonga con la globalización) que genera un resentimiento contenido -un ánimo adverso hacia quienes detentan la autoridad y el poder- aunque por un reflejo condicionado de adaptación se manifieste como una aparente sumisión o acatamiento incondicional: negativismo, pasividad, improductividad ante la fatalidad.

Siempre que surja la ocasión de tratar con la autori­dad y sus símbolos, surgirán también, por mecanismo reflejo, las manifestaciones del rechazo y el conflicto con­tra la autoridad; tal vez, por evocación de una memoria colectiva adversa ante aquellos feroces seres -blancos y barbados- que desde hace 500 años nos impusieron la sumisión y el «hoy» sin previsión como fórmula de vida.

 

CORTEX

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