Donde se pierden las cosas

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Todos tenemos un cajón que no sabemos exactamente cuál es su contenido. Cuando nos pica la curiosidad, probamos fortuna, buscando tesoros del pasado que pudieran haberse quedado enterrados bajo los años que han transcurrido. En mi caso, no tengo que desplazarme mucho, debajo del escritorio hay tres compartimentos que se abren una vez al mes, casi siempre por descuido. Lo primero que veo es una figurita de acción de mi infancia, llena de polvo, descolorida, sin vida útil por aprovechar. Revuelvo, y encuentro cables de dispositivos que nunca se volvieron a encender. Con cierta valentía me sumerjo, y en la fosa encuentro oro: Cartas a una amiga de la infancia. En un tiempo en el que no tenía acceso a Internet una de mis mayores diversiones era buscar los sellos para los sobre que iban a llegar a Barcelona, donde mi amiga de siete años leería una carta con más pegatinas y dibujos que letras. Y las respuestas eran igual de maravillosas e inocentes y me dibujan una sonrisa en la cara igualita a la que pintaba al final de cada escrito. Lo que uno se encuentra donde se pierden las cosas.

Porque sí, las cosas se pierden. Algunas lo hacen sin querer, se caen detrás de un mueble, se tiran a la basura, se esconden bajo las nuevas adquisiciones materiales que llegan a tu hogar. Otras se extravían por descuido, en el momento que las dejas en un lugar que no es su sitio. No han faltado crisis intensas por perder las llaves, el teléfono o la mascarilla. Tenemos la mente perdida en su propio plano, y la atención plena en lo que uno hace es una práctica digna de monjes budistas, y su «Vispassana» (El famoso «Mindfulness»). Porque en alguna ocasión lo que se extravía no es lo que buscamos, sino nosotros mismos. Sobran en mi vida diaria vahídos mentales, espacios en blanco que no consigo recordar cuando soy perfectamente consciente de que no me he quedado dormido a las doce del medio día del anterior sábado. Pero a veces, cuando perdemos algo, lo hacemos queriendo. Escondemos el recuerdo bajo una pila de excusas y ocultamos algo de forma intencionada. Si fuera un objeto material no tendría tanta importancia. Es cierto que no se le está dando el valor que tiene, el precio por lo que se adquirió, o el costo del mantenimiento. Pero comprendo que haya ocasiones en las que sea necesario sacrificarse porque creemos que es para un bien mayor. Los problemas empiezan a surgir cuando escondemos un sentimiento, una idea, una duda. Comenzamos a volvernos dictadores y aplicamos censura cuando el pensamiento no cumple los estándares ni convenciones de nuestro ámbito. Y en una época en la que disfrutamos de libertad, cada vez entiendo menos tanta propensión a la autocensura. Tales actos no quedan impunes. Sigmund Freud lo explicó a su manera, pero dejó claro que las represiones del subconsciente no tienen resultados agradables. Existe una gran diferencia entre aplicar un filtro, y eliminar una idea. Suprimir pensamientos conlleva problemas, personales y sociales. Y empezamos a perder personas.
Lo más duro de extraviar algo, es reponerlo. Lo ideal sería encontrar el original, hacer como si el lapso no hubiera existido. Lo que suele ocurrir, es una sustitución. Con objetos es sencillo. Con pensamientos se dificulta. Con personas es imposible. Nadie es remplazable, y menos en el ámbito personal. Una familia, una amistad, una relación es algo que no puedes comprar, y que no puedes remplazar si eventualmente lo pierdes. Resulta fácil conseguirlo, pero recuperarlo puede costarte una vida. El arrepentimiento es un sentimiento muy fuerte, que se aliementa del pasado, y tiene dos vertientes: o te impulsa a recapacitar o te hunde en tu historia. Y cuando estoy sumergido en el recuerdo de años pasados tengo que decidir que camno tomar. Han pasado diez años desde la última vez que compré un sello. Es casi el mismo tiempo el que llevo sin dibujar una sonrisa y hacerla llegar a Barcelona. Encontrar un recuerdo tan enterrado y fosilizado es una reliquia de la arqueología. Ahora solo queda decidir si esforzarse por encontrar lo perdido o darlo por extraviado. Queda elegir si introduzco el sobre en el buzón o sigo nadando en el lugar donde se pierden las cosas.

 

Comentarios

  1. just_racheel

    10 marzo, 2021

    El tiempo, una vez más, nos demuestra su afán por descubrir una foto, una canción, una carta… un recuerdo que despierta nuestro mundo interior y que nos acerca a todos aquellos momentos que hoy nos hacen ser quienes somos. Sentir por un instante cómo se difumina la realidad para revivir ese momento mágico al que nos gustaría aferrarnos y no soltarnos nunca, porque nos rendimos ante la idea de un final, un “punto y aparte”, pero lo cierto es que a veces necesitamos rompernos durante un tiempo para poder volver a reconstruirnos. Poder afrontar la realidad una vez más e intentar borrar ese “punto y aparte” y escribir un “punto y seguido”. Un nuevo punto de partida que empieza en el momento en el que somos lo suficientemente valientes para tomar las riendas de nuestra realidad y cambiar el curso de nuestro camino para recuperar aquello que un día nos ayudó a ser lo que somos el día de hoy. Increíble relato enhorabuena!!

  2. Esruza

    11 marzo, 2021

    Me gusta mucho el comentario de just racheel, lo dijo todo, agrearé que a veces ese cajón es la mente, la memoria.

    Mi voto

    Estela

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