«El hombre del Siglo XXI no se vislumbra todavía»
El mundo adulto, absorto en sus particulares ocupaciones, olvida con demasiada frecuencia que forma parte de su responsabilidad el dar orientación y ejemplo a las nuevas generaciones. Este período crítico (la adolescencia) calificado por algunos autores como «la última oportunidad de alcanzar la definición» la madurez, es calificado por la mayoría adulta de la población (por la momiza) como la «edad de la choca» la «edad de la punzada», etc., buscando «escurrir el bulto».
Es conveniente recordar que algunas inquietudes que perturban a los jóvenes son problemas que la humanidad no ha acertado a resolver a lo largo de la historia (Dios, existencia, destino, guerra, pobreza, raza y pertenencia). No solamente el filósofo Descartes tuvo la lucidez pára concebir el silogismo de «dudo, luego existo» (frasecita impresionante que pasó a categoría de pedagogía universitarioa, cuando en realidad cualquier adolescente la vive intensamente en contrapartida a la divisa actual del consumismo: «compro, luego existo; o salgo en la Red, ergo Sum».
Cuando los padres de un adolescente se enteran de que «su hijo» usa algún estupefaciente, la reacción de alarma y ansiedad (culpabilidad) que este acontecimiento produce, dificulta muchas veces la comunicación y el manejo adecuado del caso, ya que es común que se le investigue verbal y físicamente de forma intímidatoria cuando regresa al hogar o a la escuela. Frecuentemente los padres llegan a afirmar que el dislate emocional que su hijo experimenta es debido al uso de drogas, cuando en realidad se debe a problemas interpersonales, familiares o de índole sexual.
No adoptan una adecuada conducta, firme y equilibrada, y en ocasiones lo amenazan o expulsan del hogar-escuela violentando la situación. En otras, lo miman demasiado y lo sobreprotegen, ensayando varios métodos persuasivos y ofreciéndole cambios o compensaciones, de corto plazo, en pos de que abandone la afición a la yerba.
EL MEDIO AMBIENTE
El alejamiento y la absorción del padre en el engranaje del trabajo acumulativo (dos o más trabajos) hacen que el adolescente cambie profundamente sus concepciones sobre el mundo. El padre que tiende a acumular trabajos es visto por el joven de hoy como ausente debido a que su actividad «laboral» lo aleja de la convivencia familiar, lo hace omitir relaciones de socialización primaria y pautas de comportamiento, hábitos de comunicación, pero sobre todo, ejemplo de una educación vinculante del afecto.
El estilo de la vida actual, eminentemente competitivo, simboliza la interrupción de la presencia paterna en el hogar y la ausencia de los seres adultos en el mundo adolescente.
El ambiente social. Constituido por el acinamlento y saturación de las grandes ciudades que disminuye el espacio vital y crea tensión sicológica, facilita la contaminación grupal en el uso de las drogas (el fenómeno es de predominio urbano), ya que el auto, las distancias y la dispersión citadina favorecen el anonimato y la adquisición clandestina de los estupefacientes.
Ademas, la sobrestimulaclón por sonidos, luces, propaganda «antro-shows y video-funs» de las grandes distancias y embotellamientos urbanos absorben tiempo que no puede ser utilizado provechosamente. Tiempo «muerto», frustrante, que produce hastío, y que junto a la ausencia de un «tipo» ideal de valores, provoca un excitante modelo social consumista, de competencia enajenante que induce el atractivo de falsos valores (autos, ropa, moda, cosméticos, poses, instagram, redes, etc.).
Para el sociólogo (la política incluida), la moral es el elemento «tipo» de un sistema de valores, el cual constituye la definición fundamental de una cultura. Es decir, que en ese sistema se constituyen «prototipos» concretos del hombre ideal. Para la cultura Griega, ese prototipo ideal lo fue «el hombre bello y armónico» de cuerpo y espíritu; para Roma, lo fue el «cívico romano»; para la cultura medieval «el caballero»; para la sociedad feudal «el santo» y el «prohombre» para la sociedad renacentista. La cultura clásica francesa del siglo XVII preconizaba al «hombre de bien»; para el siglo de la ilustración se convierte en «el filósofo»; en el siglo XIX la revolución industrial encuentra su expresión en la sociedad inglesa con el «gentleman», el cual al pasar al continente europeo toma la forma del barón burgués acuadalado y capitalista, actualizado en el el yuppie del nepotismo político de hoy.
En cuanto a la sociedad de nuestro tiempo –que va de lo fifí a lo chairo—y cuya evolución es excepcionalmente rápida y a trompicones, no ha alcanzado aún el grado de integración y coherencia para producir el prototipo que exprese sus valores (de Ghandi a Castro; de Kennedy a Gorvachov; de Gates a Slim; de Salinas al Pejeyac; de Macedonio a Bartlett) o simplemente tendremos que decir que:
“El hombre del siglo XXI, el macehual benemérito, no se vislumbra todavía”.
En corto. El mundo que vive nuestra juventud está cargado de ansiedad e incertidumbre provenientes de la etapa histórica: –globalización, mercado- y biológica –calentamiento, ecología-, a lo que se agrega una falla de los sistema educativos cuyos valores (no el dinero ni el poder) favorezcan la convivencia y la formación castrense para convertir a esos Ninis «fumeados» en agentes de cambio social. Lo anterior favorecería una mayor identificación personal que haría comprensibles los cambios de su nueva dimensión existencial, que le ayudarán a definir su propia personalidad, y a encontrar el significado de que “se existe para algo” y no para envolverse en las fumarolas de la estupidización.
Continuará.
CORTEX





viky
Excelente me gustó mucho tu artículo y rreflexión.Mi voto y un saludo desde Chile.
Cortex
Mil gracias, querida viky.
Saludos a la «Tirana de Antofagasta».
CORTEX