El viejo abuelo

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Hacía días que no aparecía por el barrio. Con sus dos o tres bolsas al hombro, aquel anciano corpulento, de cabellos grises y ojos color del cielo, había desaparecido. Desde muy pequeña lo veía deambular por las calles, con sus ropas harapientas pidiendo algún que otro plato de comida o un  trozo de pan. Vestido de luto, con su paquete de diarios en la mano arrastraba sus pies cansados por las veredas del barrio. A veces, se lo solía ver sentado en el banco de una plaza, masticando lentamente un trozo de pan, o bebiendo alguna taza de café que solían brindarles los vecinos. Y de noche, acomodado en el hall de entrada de algún comercio que obviamente, a esas horas, estaría cerrado; donde se disponía a dormir hasta que la claridad de la mañana le daba el alerta de que debía abandonar el lugar.

El “viejo abuelo”, lo solíamos llamar… o sencillamente, el “abuelito”.

De mirada tierna, rasgos de inmigrante europeo en su rostro, el “abuelito” deambulaba hacía mucho tiempo por las calles del barrio sin rumbo preciso, pero con la expresión cansada y dolida. Nunca hablaba, solo miraba y a veces sonreía forzadamente cuando algún niño lo miraba.

Nada se sabía de él con certeza, pero se rumoreaba fuertemente que había sido un prestigioso cirujano, que a pesar de su negativa, tuvo que practicar una cirugía a su esposa, ya que ella así lo decidió y lamentablemente en esa cirugía, algo salió mal, y ella falleció; cosa que él nunca pudo perdonarse, por lo que se dejó en abandono y decidió deambular por las calles, preso del dolor y la culpa, de la angustia y el arrepentimiento. Pero nada se sabe con certeza de esa historia que circuló como el viento por las veredas. Aunque en realidad, si le vieran sus rasgos físicos, su educación, sus modales y su mirada, posiblemente haya sido esa la explicación.

El “abuelito”, como lo llamaban, tenía todo el aspecto de ser un buen hombre que habría sufrido la terrible desolación de la muerte de su compañera y de tener arraigada en su corazón la culpa por haber ocurrido en sus manos.

Si así fuera, esa realidad se presentaba como terrible y dolorosa y podría ser, entonces, la explicación a su decisión de dejarse abandonado.

 

Recuerdo que yo era adolescente, cuando decían las señoras por las calles que en varias ocasiones, familiares lo habían buscado con intenciones de llevarlo a su hogar, pero que jamás accedía a irse con ellos. Se decía que había perdido la razón, que se había enfermado, que se culpaba del trágico final de su esposa y que lo único que le calmaba la herida en el alma, era vivir de esa manera, dejando atrás los lujos y su cómodo hogar e imponiéndose como castigo la vida en la calle.

Nunca supimos en realidad si esa versión que corría como reguero de pólvora era la verdadera. Aunque todos decidieron tomarla por tal. Quizás porque las historias de vida suenan bonitas, quizás porque su recuerdo despertaba ternura y dolor a la vez. Pero lo que sí todos supimos, era que ver la imagen tambaleándose de una lado al otro, del “viejo abuelo” quedó grabada en la retina de muchísimos niños y adultos que vivieron en aquellas épocas por las cuadras de mi barrio.

 

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