La drogadicción: la otra pandemia (3)

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«Es importante señalar los riesgos que la drogadicción,
en modalidad <fumarolas>, representa».

 

Tanto para el usuario-consumidor del juego recreativo, como para la familia y el entorno social donde se desarrollará la afición y su ahora industria medicinal lucrativa, riesgos que van desde los pro­piamente médicos hasta los legales, económicos y fiscales.

Dentro de los primeros tenemos a las intoxicaciones de todo tipo, incluyendo la sicosis aguda tóxica; el adelgazamiento y la desnutrición y las infecciones por contagio sexual y viral. La esquizofrenia y otras enfermedades mentales desencadenadas por los sicofármacos al hacerlas emerger de su estado latente. Es muy común observar lo anterior especialmente en los adoles­centes que poseen antecedentes familiares francos de trastornos mentales o de conducta autodestructiva. Fi­nalmente, los accidentes de tipo traumático (tránsito y vehiculares) durante el efecto de los sicotrópicos y el alcohol.

Los riesgos sociales. Fugas económicas (robos y fraudes) por la compra de las dro­gas. Infracciones y multas para liberar al joven detenido de las delegaciones de policía. Honora­rios médicos y de hospitales, medicamentos, transportes, gratificaciones y cohechos a las auto­ridades. Gastos por abogados y defensa legal como consecuencia de las trasgresiones sociales y jurídicas.

Suspensión escolar y deserción. Abandono del trabajo y de las tareas productivas. Dese­quilibrio emocional de toda la organización familiar. Matrimonios forzados por embarazos con­tingentes. Abortos y desviaciones de índole sexual. Promiscuidad, desintegración y suicidio.

 

LA INDOLENCIA.

Este estado emocional (indiferencia o inercia) de pérdida de la motivación o de la energía o voluntad para actuar, es el punto de transición entre lo «médico» y lo sicosocial. Es el factor que lleva al usuario al abandono de sus estudios, trabajo, deporte, etc., y que con frecuencia substituye por una especia de filosofía autista o misticismo que, a su vez, lo induce a un estado de improductividad personal y social o sea de estupidización parasitaria.

Vive un «presente» que no se semeja en nada al «vivir el presente» señalado por el existencialismo clásico de Sartre.

Su «presente» es totalmente diferente porque lo vive irresponsablemente. Lo vive «sui generis» al querer unirse a la naturaleza viviendo «al natural» como en los tiempos del paraíso (hoy seria un parasitismo mafufo al alcance de la mano).

He aquí la mayor irresponsabilidad, la cobardía ante el compromiso existencial del hoy sobrevivo (se existe para algo), cobardía ante el deber inherente con la sociedad del siglo XXI en la que ha nacido. No debe darse el lu­jo, pero se lo toma, de volver al pasado y escaparse «encapsulado en fumarolas«…

…Puesto que su deber es vivir el presente dentro de las estructuras sociales en que ha nacido. Y cuando logre descubrir con su aguda sensibilidad e inteligencia las fallas que tienen los sistemas pre­ponderantes en crisis, su tarea será corregirlas; ya que, frecuentemente, nosotros -los adultos- tenemos intereses creados con el sistema o bien –desde e! más estricto punto de vista neurofisiológico– estamos habituados a tales fallas y no las percibimos conscientemente porque también vivimos faxiados.

En conclusión, el joven debe vivir el tiempo presente y social de hoy, no en el pretérito paraíso, ni en el utópico tiempo en que las maquinas harán el trabajo del hombre, porque ese tiempo todavía no ha llegado del todo. Aunque pende amenazante al norte del Bravo.

 

¿Y CUAL ES LA SOLUCION?

Cuando los riesgos son de tipo médico, la solución evidente se encuentra en los centros espe­cializados y de rehabilitación. En cambio, los problemas de orden social –que son los de inciden­cia cotidiana– tienen su solución en cada uno de los elementos de la sociedad que, junto al gobierno, cada uno de nosotros conformamos. Porque en el contexto social nosotros, los adultos, tenemos diferentes participaciones y no exclusivamente aquella que nos ocupa mayor tiempo (trabajo productivo) y satisface nuestras necesidades básicas.

Olvidamos con facilidad que existen diversos comportamientos específicos en la misma per­sona cuando actúa como padre, hermano, maestro, amigo, ciudadano, partidario o creyente. Y el no hacer conscientes estos derechos y obligaciones, nos lleva comodinamente a eludir la res­ponsabilidad de tomar parte activa en la búsqueda y la solución de cualquier problema social o co­munitario; y damos rápidamente con la excusa de que la drogadicción es un problema gigantesco que escapa a nuestras posibilidades concretas y que, para esos asuntos, están allí las autori­dades civiles y de salud, educativas, de procuración de justicia, de previsión social, etc. En una palabra, el problema está allí para que lo solucionen los otros.

Nunca olvidaré la carta dejada por un joven adicto en que me decía que, «él me tomaría como maestro y aceptaría mis enseñanzas, sí yo le demostraba con hechos (con mis actos de vi­da), que se puede vivir con humanismo y felicidad sin necesidad de drogas» (o de alcohol, diría yo).

Recuerdo también los agudos y sarcásticos comentarios de otro adicto:

–En realidad yo no tengo problemas con las drogas. Cuando mi padre comienza a gritarme porque las uso, pre­paro dos copas, le doy una y le digo, ¡salú!

–El contesta «salud» y deja de gritarme.

Mi madre insiste que deje de «fumar» y me corte el pelo.

–¡Me lo dejaré tan corto como el doc Gataell, para ser tan atinado como él.

 

 

Continuará.

 

 

 

CORTEX

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