La drogadicción: la otra pandemia (4)

Escrito por
| 9 | Dejar un comentario

(Ultima)

«Un lemming es un roedor depredador

que se suicida en el mar por instinto imitador.

 

Un rey, es el ser dueño de su voluntad

que ejerce con libertad el espíritu superior».

 

 

¿Qué jóvenes adolescen más del «síndrone del lemming»? ¿Cuáles abusan más de los estupefacientes en frecuencia, cantidad, tiempo y circunstancia? Se les puede agrupar en dos segmentos:

1.- Los que tienen alguna disfuncibn cerebral de tipo bioquímico, (esquizofrenia latente) de tipo eléctrico (disrritmia cerebral) o propiamente ana­tómica (atrofia cerebral) o constitucional (oligofrenia y retraso mental). Es­tos problemas están a cargo de la medicina y sus especialidades.

2.- Los que provienen de un hogar desorganizado o desintegrado. Ejemplos: alguno de los padres ha muerto (nunca existió); es dopo o es alcohólico; o se encuentran separados; o ambos trabajan por su cuenta. Este ambiente enralecido emocional y familiar poco propicio, es transmisor de inestabilidad y predispone de manera importante a adquirir patología (deformaciones del carácter) y de la conducta’. A nivel estructural (anatómico) ei equivalente lo encontramos en sujetos desnutridos que, por carecer de las proteínas necesarias, están pre­dispuestos a adquirir enfermedades carenciales y contagiosas que los hacen vulnerables al alcoholismo y a las adicciones (hacinamiento y pobreza). Y hoy a la Pandemia.

Los problemas de este segundo segmento, están bajo la responsabilidad de la política, la economía, la sociología y ciencias afines, y de cada uno de los in­tegrantes de las familias y la comunidad.

No será suficiente afirmar que la drogadiccón desaparecería si se controla a los traficantes y se regula sanitariamente la automedicación o el consumo (cannabis). Hay que ir más allá de lo aparente (mota recreativa=a votos por mendrugos) y llegar a! meollo del verdadero problema: el ámbito social.

La farmacodependencia juvenil –como fenómeno social– nos está mostran­do el trasfondo: la disfunción del engranaje político-social. Ciertamente los produc­tores y traficantes juegan un papel destacado, pero ellos sólo constituyen un extremo del eje problemático. El otro extreme lo forman los jóvenes y los usuarios. Y si bien es cierto que no habría consumo de drogas sí se controla a los traficantes: también es cierto que no habría consumo sí, existiendo drogas y sus promotores, el supuesto usuario está decidió a no consumirlas.

Con lo anterior no quiero decir que se deje de combatirse el narcotráfico. Ello es una responsabilidad muy específica de una parte del aparato guberna­mental y el ejército. Los médicos y las instituciones educativas y de salud te­nemos también una responsabilidad: la de orientar, tratar y evitar en lo po­sible la diseminación del fenómeno en los jóvenes y espe­cialmente en los adolescentes. Pero todos y cada uno de nosotros –como in­tegrantes del conglomerado social– tenemos también (independientemente del puesto laboral) una función muy específica: la de evolucionar día con día ante nuestra familia, desarrollando nuestra capacidad de trabajo y mostrando ejemplo y respeto para los demás.

Debemos evitar en los posible la deformación «consumista» de la realidad, que nos despoja de nuestros propios valores y tratar de alcanzar esa defini­ción, esa madurez de personalidad, pues sólo así –-hombres enteros– podremos resolver los conflictos y superar los obstáculos que impiden el desarrollo armónico de nuestras familias.

Si continuamos afirmando que la farmacodependencia es sólo un proble­ma de traficantes y farmacéuticos, seguiremos dejando indolentemente el «asunto social» al aparato burocrático-sanitario y, ciertamente, no daremos una verdadera solución por­que no participamos con «los hechos», con los actos de nuestra vida cotidiana, (como lo pedía aquel adolescente en su carta) en la solución personal de nuestras fallas’.

Y no olvidemos que, los adultos: padres y tutores de esos impetuosos se­res nuevos, hemos de convertimos en sus solidarios modeladores, en los artífices de su mosaico espiritual. Para ello, debemos hacer un alto y reflexionar:

 

¿Somos nosotros los encargados de cimentar las bases de su formación convivencial?

¿Estamos preparados para brindarles las alternativas estéticas y recreacionales que les permita encausar positivamente su energía?

¿Hemos sido honestos para decirles las limitaciones reales de nuestra propia formación educativa. de nuestras carencias, respecto de una pretenciosa sociedad consumista en la que vivimos inmersos?

Pues a pesar de todos los cambios habidos en el País, hoy por hoy, los padres de familia continuamos teniendo la mayor influencia sobre nuestros hijos y, con ella, la responsabilidad de usarla asertivamente:

 

>>Como si en ello nos fuera la vida, la sobrevivencia de nuestra cultura y civilización<<

 

 

CORTEX

Escribir un comentario

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies
Cargando…
Ir a la barra de herramientas