Las Banquetas

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«Acceso torcido al coche; trampa incivil al peatón»

 

Caminando por las banquetas de las nuevas zonas residenciales de la ciudad, me percaté de repente que tenía que bajar al arroyo de la ca­lle si quería caminar con una cierta uniformidad para evitar tropezarme o caer repentinamente en un desnivel inesperado, en un escalón o de plano toparme con un inefable automóvil estacionado sobre el acceso del garage y obstruyendo el paso peatonal, o sea: La banqueta.

Creo que por lo generalizado de este fenómeno urbano de «moder­na» aparición, se acostumbra uno a ello y no repara en el bárbaro o pri­mitivo origen del mismo. Representa la transgresión del utilitarismo particular y egoísta en contra del interés y el bienestar comunitario, y pone de manifiesto el desprecio por la integridad física de vecinos y deambulantes que tenemos la necesidad, todavía, de caminar, trotar o transitar por esas vías comunales de nuestra grande y acinada ciudad.

Y qué decir de la invasión de rejas, anuncios y setos; de los volados de terrazas o bloques de construcción que invaden el espacio superior de las banquetas. Es un desquite ruín y aberrante de robarle aire y espacio al ya de por sí estrecho y asfixiante túnel de calles y banque­tas saturadas de vehículos, puestos, perros y animales de toda ralea con sus desechos fecales y orgánicos contaminadores de basura infecta sobre el espa­cio urbano y en contra de la salud pública.

Yo recuerdo -hace mas de 50 años- que en aquel tiempo la gente de la ciudad y de los barrios se encargaba de barrer, regar y recoger dignísimamente el frente de sus casas. Que el sentido de orden y civili­dad campeaba el ánimo y la manera de ser de familias y ciudadanos. Recuerdo también que deambular por las calles y parajes de la ciudad se convertía en una asombrosa aventura (cotidiana) de su descubrimiento; de su belleza, arquitectura y de la pulcra y cálida digni­dad de sus habitantes.

Caminar por la Villa de Ags era una grata tarea colmada de ilustración, es­píritu naturalista y constructivo. Había orden, certidumbre y respeto es­pontáneo de sus pobladores. Y la autoridad -el entonces sí H. Ayuntamiento- velaba por el interés y el bien común de la ciudad y sus alrededores, señalado preventivamente y haciendo respetar el sencillo reglamento de urbanidad y buen gobierno.

Hoy, en cambio, existe una pesada estructura burocrática con centenas de re­glamentos, departamentos y tareas especializadas que no alcanzan para preservar el orden de la ciudad. Hay inspectores y comités de ur­banización, construcción, preservación, asociaciones de vecinos, etc. Pero el fenómeno de de­gradación urbana que describo sobre las banquetas y las vías comuna­les se da y se seguirá dando, porque esos servidores públicos no vigi­lan ni hacen respetar, como antaño, las disposiciones aplicables a con­servar el espacio, los niveles y la uniformidad de los acabados de las banquetas y construcciones, que son para los peatones y no para los automóviles.

Es cuestión solamente de hacer respetar el sentido común y la pro­pia conveniencia de los particulares sobre sus calles (plus-valía y turismo) y construcciones, a efecto de no autorizar ni permitir (el mal es por exce­siva permi$ividad) ningún comienzo de obra o construcción que no es­pecifique el respeto a esos ordenamientos y que, finalmente, al autori­zar la terminación de obra, se verifique que así fue en efecto.

Detengamos la degradación urbana que representa negligencia, desprecio, egoísmo, cohecho y corrupción.

Intentemos ser ciudadanos vigilantes y valerosos (señalando y po­niendo ejemplo) para convertirnos en hombres de bien, herederos dig­nos de la tradición de civilidad y riqueza espiritual de ésta -pese a todo- luminosa ciudad.

El corregir estas «anomalías urbanas puede generar tres cosas:

  1. – Trabajo de promoción comunitaria para participar en su solución.
  2. – Recaudación Municipal por sanciones y derechos.
  3. – Reactivación de la economía por el empleo de mano de obra, com­pra de materiales y… remozamiento.

Colofón. En una semana he presenciado dos accidentes peatonales por causa de las abruptas banquetas: Uno en las calles de Sinaloa en Pirámides, con la fractura de cadera de una ancia­na; y el otro, en las calles Anahuac y Valente Arteaga, en Obraje, Centro. Esta última víctima con caída y luxación, fue la de mi madre putativa.

 

CORTEX

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