Capítulo 2: Algo ha cambiado

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Bill se escabulló dentro del cuarto de baño a toda prisa, sin mediar palabra con la náyade, dejando la habitación impregnada con su exquisito aroma.

La colonia que utilizaba el irlandés dejaba a su paso una estela dulce a vainilla y canela.

A Elisabeth aquel perfume almibarado le traía gratos recuerdos de los famosos mercados de navidad que se desplegaban cada invierno en Copenhague. Cuando las calles se inundaban de puestos que servían el típico vino caliente, los buñuelos y las galletas de jengibre y cada rincón de la ciudad desprendía un delicioso olor a caramelo, frutas y spéculoos, la característica mezcla de especias que se utilizaba para elaborar la mayor parte de la repostería típica de aquellas fechas.

De entre todos los olores el que predominaba era el característico aroma a canela, agradable, persistente, cálido y dulce.

«Como Bill».

Cuando el perfume se disipó del ambiente, la pelirroja escondió las nariz bajo la tela de la camiseta que vestía e inhaló profundamente. Esa noche, como todas las demás, usaba la ropa del músico para dormir.

El tejido conservaba la esencia del irlandés.

Tumbada en la cama, Elisabeth cerró los ojos y se dejó envolver por la golosa fragancia.

Aquella noche se sentía diferente. La mera presencia de Bill le alteraba los nervios. Sus habituales muestras de cariño le aceleraba las pulsaciones. Una leve caricia en el brazo, un simple roce en la pierna la dejaban temblando, como una adolescente enamoradiza.

Con el paso de las horas, el efecto que causaban en ella sus besos se había vuelto demencial.

Los besos del músico siempre tan delicados y fugaces. Besos contenidos enmascarados tras un fingido cariño fraternal. Besos en los pómulos, la sien, los nudillos o en la comisura de sus labios.

Besos que ahora sabían a poco.

Besos que le regalaba unos labios que por alguna extraña razón esa noche deseaba probar.

El sonido del agua que provenía del baño, empeoró su estado de excitación.

Por un instante se imaginó abriendo lentamente la puerta del lavabo. Se vio a sí misma disfrutando de la imagen que le esperaba tras el cristal de la ducha.

Nunca había visto desnudo al músico, jamás lo deseo. Pero esa noche su imaginación volaba y le mostraba unas escenas demasiado tórridas y apetecibles para ignorarlas.

Bill se había quedado con el torso al descubierto delante de ella un centenar de veces, sobre todo cuando preparaban el escenario antes de un concierto y nunca le llamó la atención su cuerpo, jamás se quedó mirando al músico fantaseando con su desnudez, como hacía en esos instantes.

Se preguntaba cómo se sentiría al ser acariciada por él, cómo serían sus besos, qué sabor tendría su saliva…

El agua seguía cayendo dentro del cuarto de baño y ella continuaba con su ensoñación.

Dentro de la ducha le esperaba él, completamente desnudo y empapado, ansioso por recibirla, por tocar cada centímetro de su cuerpo, deseoso de saborear su dermis, ávido por explorar cada recoveco de su ser.

Le conocía desde hacía siete años y en todo ese tiempo sus manos nunca habían explorado el interior de su sexo pensando en él. Pero aquella noche, mientras fantaseaba con las grandes manos del irlandés, su dedo índice y anular iniciaron un rítmico masaje sobre su vulva.

Los movimientos circulares y constantes, se tornaron más intensos y rápidos, a medida que su clítoris se inflamaba y comenzaba a palpitar.

En su mente era Bill quien lamía su sexo con ímpetu, hambriento de ella, ansioso por paladear cada gota de sus efluvios.

Los jadeos se agolpaban en su garganta, desesperados por escapar de entre sus labios.

El agua ya hacía rato que había dejado de fluir dentro del lavabo.

Su lujuriosa fantasía había anestesiado los sentidos que la debían mantener alerta y mientras la mano del irlandés hacía girar el pomo de la puerta, la pelirroja se retorcía en la cama presa de una excitación desmedida.

 

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