El Galeno Pepemón

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«Ni modo. Otra vez a tratar con médicos, dolientes y proveedores de medicinas, como lo hizo en el 1SSSTE, el añejo abogado, un año; y 1.3 años el novel economista-estadígrafo, en la aburrida Secretaría de Salud».

De esta manera, por demás elocuente, el columnista político Fuentes, en su columna «En la línea» describe el arribo «hacia arriba» del exitoso y experimentado político metropolitano, exjerarca del tricolor, José A. González, alias Pepetoño y el sucedáneo semita Salo Cherrinski, hoy en campaña diputadil. Sin duda que méritos no les han de faltar, pues se desempeñaron dentro del Sector Salud-Bienestar en esa misma secretaría como Director General, Oficial Mayor, Seguro Popular, y aun Subsecretario pero, como dice don Teofilito, no hay derecho que el titular de la SSA, recaiga en un abogado y luego en un economista-malabarista. Simplemente no se cumple con el imperativo categórico kantiano de ser y parecer —EL ETHOS que Hegel establece dialécticamente para ejercer un cargo público—, el puesto, ni más ni menos, que del primer facultativo de la medicina oficial del estado mexicano. Vamos, es sólo cuestión de respeto a la forma y al contenido. Un camaleón es un camaleón y un médico es un curantur y no un prestidigitador de cifras con bombín.

Ya de por sí la descripción del epígrafe señala el menosprecio de tal nombramiento, algo así como un premio de consolación, cuando los merecimientos del encumbrado al puesto aparecen como sobradamente superiores a la tarea y rango encomen­dados. Por otra parte, es posible que la tarea sea ingrata dentro del Ssanedrin. Que la permanencia durante un año y pico dentro de las sombrías paredes del gris edificio de Lieja y Reforma, parezca más una resignación que un ascenso del distinguido militante y del sucedáneo semita. Pero, el poder es el poder, y para permanecer en ese Olimpo de los elegidos hay que aprender a deglutir anuros con sonrisa de cortesano con mucha lana..

Lo anterior no debe parecemos extraño, dado los tiempos que corren y la tradición multiusos del sistema, ya que otras instituciones de seguridad social, eminentemente médicas (es la prestación tangible y constante), como el IMSS o el ISSSTE, nunca han tenido profesionistas médicos (el recurso más numeroso) en su Dirección General, con excepción del Dr. Ignacio Morones Prieto, en el sexenio de Adolfo Ruiz Cortines al frente del IMSS.

Este menosprecio por la profesión médica, al nivel institucional y político, es un pernicioso fenómeno de postergación injustificable que hoy llega a su máxima expresión con el Sanedrín del Pejeyac. No obstante ser la carrera profesional que curricularmente exige mayor tiempo-recursos-permanencia (se requieren 7 años para licenciarse, que incluyen uno de servicio social efectivo y otro como becarios internos), el médico se ha convertido en el recurso peor remunerado y es­casamente reconocido del sistema institucional y privado de la atención médica, la salubridad y la seguridad social, sacrificados arteramente por los jerarcas a cargo de la Pandemia, en favor de los estadígrafos.

Yo no ignoro que se lo hayan ganado —por omisión y falta de visión prospectiva— palmo a palmo. Simplemente señalo que la profesión médica y las instituciones educativas, formadoras de recursos humanos para la salud, junto con sus academias, colegios y fundaciones, no supieron prever: formar y producir los elementos más capacitados, adaptables y flexibles para la organización, administración, eficientización y planeación estratégica de sus propias áreas de responsabilidad técnica, especialización y excelencia en salud, carencias que hoy afloran lastimosamente.

Los médicos se quedaron «anquilosados», fijos, en la explotación lucrativa de la farma-tecnología, y en la mentalidad ilusoria del hipocratismo romántico, que los enclaustró en la rígida estructura del paradigma clásico: el sacrificio personal en aras del humanismo concreto: aliviar el dolor humano.

Con otras palabras. Al médico se le enseña «a palpar panzas» a sentir que es un «salva vidas», como decía el Quijote; y entre más lo repita (así lo expresó el exrector Soberón UNAM, formador de futbolistas del equipo PUMAS junto a Jiménez Spriü), mayormente logrará su destreza quirúrgica y terapéutica. Es así, con ese esquema, que al médico le toman 11 años de preparación (4 de posgrado) para poder acceder al ejercicio de la medicina institucional; después de entregar los mejores años de su juventud, enclaustrado en los hospitales, recibiendo la peor paga (ya es un médico titulado) y conviviendo con el estrato socio-profesional más modesto y, paradójicamente, más cercano a sus ingentes necesidades existenciales: enfermeras, intendentes y afanadoras, laboratoristas, dietistas, trabajadoras sociales y las inefables asistentes del hospital (del patrón).

Y, fatalmente, cuando culmina este entrenamiento, la realidad lo ha rebasado y ahora tendrá que sujetarse a la institución burocratizada que le señalará, mediante instrumentos económicos y cifras, las políticas y procedimientos —ajenos a su profesión— que tendrá que realizar si aspira por o necesita un puesto de trabajo (los llamados paquetes de salud Insabi). Es entonces cuando se convierte en la pieza-peón más barata del tablero administrativo-económico del régimen. Estará sujeto a las directrices de sicólogos laborales y «expertos» en relaciones industriales, abogados, contadores, administradores y economistas; estadígrafos, actuarios, financistas y chambistas (esquiroles y linajudos nepóticos) que organizarán su trabajo, dirigirán sus acciones y medirán el desempeño de sus destrezas. No obstante que, la estructura curricular del médico, duplica aquella de sus «encomenderos» —los que se dedican a cuadrar las cifras de los actos realizados por los galenos— y a lucrar -estadigráficamente— con ellos.

No en balde, estos operadores, obtienen «in contrario sensu» mayores remuneraciones, rápidas oportunidades de carrera, amplias prerrogativas económicas y, también, más atractivas y linajudas consortes pues, en última instancia, tienen un mayor reconocimiento social, institucional y económico que sus colegas, los médicos.

Pero, como dice el refrán, el pueblo tiene las ataduras que merece. Así sea, en este surrealista escenario tetracolor, en el que la ambigüedad y lo fútil, hacen de la realidad tangible un artificio incomprensible, pero aceleran también la enajenación nacional y la debacle económica y sanitaria del régimen.

 

 

CORTEX

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