El juego del diablo

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I-  LA MUERTE

La tarde en que Remigio González fue asesinado parecía que el sol hubiera evaporado hasta el aire. Hacía la siesta espatarrado debajo de la sombra caliente de los eucaliptos mudos detrás del rancho, insensible al cosquilleo del andar inquieto de las patas de las moscas sobre su piel grasienta, consumiéndose en un letargo aplastante cuando la muerte se le vino encima, sin darle tiempo para pedir perdón o clemencia. 

II- UNA VUELTA EN EL PUEBLO

Los pinos delante del rancho iban fundiéndose imperceptiblemente en el azabache de la noche que ya caía, cuando Pedro Campos sintió ganas de dar una vuelta por el pueblo. Era viernes. Pensó en lo duro que había trabajado en los últimos días en la estancia, y que merecí­a distraerse un poco. Se afeitó la barba de varios días, emparejó el bigote y se dio un bañó rápido. «Las horas del patrón pasan rápido, las nuestras no», reflexionó mientras se secaba. Vistió ropa limpia: la bombacha negra de salir, una camisa inmaculadamente blanca y un pañuelo rojo, que anudó al cuello con parsimonia y esmero; luego calzó las botas de cuero, negras, se ciñó firmemente la faja, también roja para combinar con el pañuelo, y acomodó el facón de plata por detrás de la cintura. Finalmente, dobló el poncho bordó y se lo puso sobre el hombro izquierdo. Antes de salir al patio agarró el rebenque y el sombrero de fieltro negro, que siempre dejaba colgados detrás de la puerta de entrada, y dándole un beso en la frente a su esposa le dijo. 

   Ya vuelvo, voy al pueblo; en seguida salió hacia el fondo, donde ensilló el caballo y al rato, partió al trotecito manso por el camino de tierra. 

A través de las ventanas, Pedro vio que el boliche estaba a medio llenar, como siempre a esa hora. Ató el caballo al palenque y entró, saludando a los presentes mientras se acercaba al mostrador, donde pidió un tinto y se puso a armar un firme.

III- UN POCO DE DISTRACCIÓN

El sol había caído pero el aire aún estaba caliente; Remigio González, sentado sobre un tronco en el patio, tomaba mate cuando vio pasar a Pedro Campos a caballo rumbo al pueblo; se lo quedó mirando, esperando un saludo que no hubo. «Gaucho engréido», dijo por lo bajo. Era viernes y desde el domingo pasado que no salía; pensó que distraerse un poco no le vendría mal. Entró al rancho, una tapera vencida por el pasar de los años y que un día habí­a sido una casa, cuando aún vivía don Rigoberto González y doña Luz, sus padres. Agarró la cuchilla, el raído poncho marrón y el sombrero de fieltro, otrora negro y ahora amarillento de tanto llevar sol. En el fondo, ensilló el caballo y, al rato, salió sin apuro. 

IV – EL BOLICHE 

Por la cantidad de bicicletas estacionadas en la vereda y unos cuantos caballos atados en el palenque, desde la esquina remigio supo que el boliche estaba lleno.

   Pedro conversaba con el dueño del boliche cuando la puerta se abrió y entró Remigio González. Saludó a la gauchada presente, pero la reciprocidad fue mínima. Remigio no era hombre muy bien visto en el pueblo, su fama de buscarroña y pendenciero era harta conocida. 

   Se acercó al mostrador y pidió una ginebra, que embuchó de un solo trago, y atrás pidió otra, mientras apretaba un firme fichaba el ambiente desde la sombra del ala del sombrero, como maquinando algo. En las mesas los parroquianos jugaban al truco, conversaban y reían. De pronto de una de las mesas se levantaron dos gauchos y salieron a la calle. Remigio ladeó la cabeza y le preguntó a Pedro, que estaba a su lado, si se animaba a un truquito contra los dos que habí­an quedado en la mesa. Pedro no tení­a ganas de jugar esa noche, solamente tomar unas copas y conversar un poco, sin embargo, Remigio González no era el tipo de gente con la que se juntaba, pero esta consideración se la guardó para sí, de modo que negó la invitación:  

   No gracias, amigo. Vine a tomar unas copas nomás y dentro de poco ya me estoy yendo. 

   A Remigio no le gustaba que le llevaran la contra, por eso insistió:

   Dale che, no seas cagón, que aquellos dos no son de nada y los pelamos en seguida. 

  A Pedro tampoco le gustaban ciertas cosas, como por ejemplo las confianzas y los confianzudos, y mucho menos que lo llamaran de cagón. 

   Escuche, amigo. Ya le dije que he venido a tomar unas copas nomás o por acaso usté e´ sordo, contestó Pedro, ya bastante molesto.

   ¡Güeno!, ¿qué te pasa paisano, no dormiste la siesta o la mujer te sacó rajando del rancho pa´ que no le estorbes?, repuso Remigio, como sobrándolo. Los presentes detuvieron el juego y pararon la orejas, pensando que Remigio, o había enloquecido o la ginebra, habiéndole hecho efecto ya, no le dejaba ver la proximidad del peligro. Porque a un hombre como Pedro Campos nadie en su sano juicio le hablaba de esa manera, había que ser muy macho para atreverse a tanto. 

   Pedro lo miró con fiereza.

   Si dormí o no dormí e´ asunto mí­o y lo que pasa o deja de pasar dentro de las casas también, ¡carajo! Remigio, pareciendo no darse cuenta del barrial en donde había metido las alpargatas, siguió embarrándose hasta las rodillas.

   Güeno, Güeno…, parece que acá tenemos a un renegau, respondió, mirándolo de lado, desafiante. 

   Mire paisano, que el que abre la jeta pa´ decir lo que no debe, escucha lo que no quiere, retrucó Pedro, que ya estaba perdiendo los estribos.

   Y a mi me parece que…, empezó a decir Remigio, pero Pedro no lo dejó terminar la frase.

   A usté no le parece nada, ¡carajo! Y es mejor que se vaya pa´ otro rincón a molestar a otro, que hoy no estoy pa´ escuchar sonseras. 

   Todos ya olían a cuero sobado con antelación.

   ¿Me estás llamando de retardau o escuché mal?, retrucó Remigio, plantándose delante de Pedro en clara actitud belicosa.

   Escuchó muy bien, lo que da pa´ ver que por lo menos las orejas las tiene limpias, contestó Pedro. La carcajada fue general. Remigio miró con fiereza a la platea, pero nadie se calló, entonces se volvió y siguió buscando camorra. 

   ¡Y encima me llamas de sucio también!, dijo Remigio, acariciando la cuchilla en la cintura. Si Remigio tuviera un poco más de sesos todavía estaba a tiempo de zafar, pero el sujeto era más porfiado que gallina con lombriz.

   Sucio y además desubicau, le aclaró Pedro. 

   Güeno, yo creo entonces que…, Pedro lo volvió a atajar 

   Usté cre en perinolas, y si sigue molestando lo saco a la calle y le muelo los huesos pa´ que deje de ser malcriau. Hirviendo de rabia, Remigio sacó la cuchilla y se enrolló el poncho en la otra mano.

  Pero pa´ que ir tan lejos si lo podemos arreglar acá nomás, desafió. 

   La gauchada paró con el bochinche y se quedó atenta al desenlace.»Güeno, parece que la cosa va a ser por acá mesmo», pensó Pedro, al tiempo que sacaba el facón y le tiraba el poncho en la cara. Remigio, enredado en el poncho, empezó a dar chuzazos ciegos contra fantasmas y patadas en el aire a dos por cuatro. Los paisanos, que se habían puestos más serios que perro arriba de un bote, al ver que la cosa iba a mayores, al ver las piruetas titiriteras de Remigio, volvieron a espatarrarse de risa. 

V- LA JURA 

Pedro esperaba que Remigio se deshiciera del poncho para dar el próximo paso, porque no era hombre de ganar por desventaja ajena; si le había tirado el poncho en la cara fue por puro reflejo. Remigio se deshizo del poncho y, dando a cuchilladas a la marchanta, salió hecho un loco corriendo a la calle, entre maldiciones dirigidas a Pedro, a la virgen María y al mismísimo Dios; siguiéndola con las puteadas mientras montaba el caballo. Maldijo a Pedro y le juró que se vengaría, y que ya todos iban a ver quién era él. Pedro se lo tomó como cosa de borracho con el orgullo herido y pensó que por la mañana, ya con la cabeza fría, se le pasaría. Aunque nunca se sabía, porque el hombre era más sucio que palo de gallinero y quién sabe no iba a querer dejar las cosas así­ como así. Remigio siguió jurando y perjurando, cuadra tras cuadras, mientras atropellaba la noche hasta que ésta lo desintegró en sus entrañas tras las últimas luces del pueblo. 

VI- EL DESCONOCIDO

El boliche volvió a llenarse de voces y risas, pero ahora el tema central de todas las conversaciones era el altercado entre Pedro Campos y Remigio Gonzalez. Al rato, un hombre que nadie había visto en su vida entró al boliche. Vestía de negro, ropa, botones, zapatos, ojos y hasta el pelo y el bigote eran negros. Se acercó al mostrador, al lado de Pedro, y pidió vino blanco, y ya en el primer vaso entabló conversación con el dueño del boliche y con Pedro. Dijo que estaba de paso en el pueblo por asuntos agrarios y, como el primer colectivo a la capital pasaba a las seis de la mañana, decidió tomar algo y conversar un poco para matar el tiempo. Tanto el desconocido como Pedro tenían en común el mismo interés por las cosas del campo, lo que en seguida creó cierta afinidad entre ambos y la conversación pasó del mostrador a una mesa y se extendió hasta las tres y media de la mañana, cuando el dueño del boliche anunció que estaba cerrando por hoy. 

   Ese día Pedro iría a trabajar sin dormir pero había valido la pena, pensó; no todos los días aparecía por el pueblo alguien interesante con quien conversar sobre asuntos camperos. Después de despedirse, el desconocido se perdió en una esquina y Pedro Campos, sin saberlo aún, en la vida. 

VII- LA VOZ AMIGA

Apenas puso un pie dentro del rancho, Remigio se tiró en la cama y los párpados, incapaces de oponer resistencia, velaron el mundo real cual telón tras el último acto, cayendo al instante puertas adentro en la inconsciencia. Al rato, una voz en la cabecera de la cama, una voz que se le metió de prepo en el subconsciente, le contó cosas. La voz, mansa y amigablemente, le susurró ideas que él nunca hubiera sido capaz de tener por cuenta propia y, poco a poco, lo guió por las regiones desconocidas de sus instintos más bajos. 

   «Debes vengarte, le decía la voz, de la manera que más duele, que es la que hiere el alma; la que quita la esperanza, la que mata las ganas de seguir soñando. Porque un hombre sin sueños es hombre muerto. debes matarlo por dentro, Remigio. Arrancarle lo más preciado». Remigio intentó abrir los ojos, pero no encontró fuerzas para hacerlo. 

   «¿Y sabes qué es lo que le duele al hombre más que todo en este mundo?», le preguntó la voz. 

   No sé, murmuró Remigio. desde las profundidades de la inconsciencia. Entonces la voz le susurró la respuesta. 

   Cuando Remigio despertó se sintió diferente; no recordaba la voz que vino a meterle cizaña en sueños, pero sentía que algo le había sucedido durante la noche, algo más allá del sueño y con seguridad, de toda comprensión. 

VIII- LA SOSPECHA

Si bien era cierto que Remigio González vivía en una brutal miseria moral, cuerdo o borracho, jamás tendría el coraje de hacer lo que hizo con la esposa de Pedro Campos, mientras él se demoraba en el bar con el desconocido. Pero no fue su yo consciente el cobarde ejecutor de la atrocidad sufrida por la pobre mujer. La semilla del mal había sido magistralmente introducida por el visitante nocturno, que supo sembrarla con eficacia en la pobre mente de Remigio, valiéndose de su cuerpo para que ejecutara por él el hediondo crimen. 

   A pesar de los sucesos que antecedieron a la muerte de la esposa de Pedro Campos, entre él y Pedro, la policía no encontró ninguna evidencia que apuntara a Remigio como el autor del crimen; sin testigos ni huellas todos los caminos condujeron a un callejón sin salida. 

IX- TODOS LOS DOLORES DEL MUNDO  

Pedro Campos sintió en carne propia todos los dolores del mundo convergiendo en un solo punto indefinido de su ser, que era su misma alma. Supo que nada de lo que hicieran los hombres, Dios y la ley juntos le devolvería las vidas de su esposa y la propia, porque ya se sentía muerto por dentro, y aunque sabía que hiciera lo que hiciera, nada la traería de vuelta ni apagaría el dolor que lo seguiría, con seguridad, hasta más allá de la muerte. Sabía que debía hacer algo, algo atroz y sin perdón de Dios. 

X-  EL CULPABLE

Remigio González, por la parte que le tocaba, tampoco andaba pasándola bien. La sospecha de la gente no disminuyó ni un poco, a pesar de salir limpio de la investigación de la policía. Estaba consciente que sí pensó y dijo que se vengaría de Pedro Campos, pero estaba más que seguro que no había sacado un pie del rancho para practicar aquel acto abominable contra la pobre mujer. Sin embargo, seguían mirándolo de lado y seguramente llamándolo de culpable por detrás, con lo que ni necesitaba sospechar que Pedro, tarde o temprano, vendría por él, porque sabía que así lo haría.

XI-  MATAR O MORIR, LO MISMO DA 

Pedro llegó por el callejón en los fondos de la propiedad de Remigio; se apeó del caballo y ató las riendas en una cina cina, que crecía junto al alambrado. Pasó por entre los alambres de púas y se encaminó hacia los eucaliptos, sorteando cardos, abrojos y hormigueros. Bajo sus pies crujía el pasto reseco y era lo único que se oía en la tarde candente. No tenía ningún plan ni lo necesitaba: llegaría, lo encontraría y después vería qué pasaba. A esa altura ya le daba lo mismo quién mataba a quién. Cerca de los árboles, desenvainó el facón y se enrolló el poncho en la otra mano. Tenía la vista puesta en el rancho cuando se deparó con aquello que buscaba, justo a unos pocos metros, tirado bajo la sombra de la arboleda. Remigio no lo escuchó llegar, sus sonoros ronquidos quizás no se lo permitieron. Pedro se arrodilló a su lado, apretó el mango del facón, como se aprieta el cogote de una gallina antes de degollarla, y enterró la hoja hasta la guarda en el pecho grasiento del enemigo. Remigio abrió sus ojos como para abarcar el mundo entero, pero no pudo decir ni «ay». Pedro había apoyado el antebrazo enrollado con el poncho sobre su mentón, y cruzado una pierna sobre los muslos del infeliz, que pataleaba como un animal rabioso. Remigio aferró instintivamente sus manos en el brazo que le inmovilizaba la cabeza y en la mano que sujetaba el cabo del facón, pero toda resistencia ya era inútil, las fuerzas se le iban de a poco. Por fin, la muerte se lo llevó. 

XI- EL GAUCHO ERRANTE

 

Pedro había pensado en todo lo que le diría mientras miraba cómo la vida de su enemigo se le apagaba en los ojos, pero no le salió ni una palabra siquiera. ¿Qué decir, si al final los dos, cada uno a su manera, ya estaban muertos desde aquella fatídica noche en el boliche? Ni decirle que se fuera al infierno tenía algún sentido, si ambos ya transitaban sus tenebrosos caminos desde hacía mucho. Pedro limpió el facón en el pasto, volvió donde su caballo, montó y salió al trote rumbo a ningún lugar, como gaucho errante sin querencia ni pedazo de tierra donde caer muerto.

   Debajo de una higuera, cerca del rancho de Remigio, un hombre vestido de negro sonreía maliciosamente.

Comentarios

  1. JRPineda

    3 abril, 2021

    Amigo me encantó tu historia, me llevo al campo, sus costumbres y lenguaje. Gracias por compartirla, buena tarde

  2. Opzmo

    3 abril, 2021

    Gracias por comentar, JR, Qué gusto que te haya gustado el cuento; lo que pasa es que yo crecí en el campo, entre gauchos y estancias, por eso estoy familiarizado con el lenguaje gauchesco. Dentro de un rato me doy una vuelta por tu página para leerte un poco. Saludos hermano y un abrazo cordial.

  3. Esruza

    3 abril, 2021

    Muy buen relato, me atrapó desde el principio.

    Es increíble cómo se puede llegar a tan terribles situaciones por una necedad.

    Mi voto y saludos John.

    Estela

  4. Opzmo

    3 abril, 2021

    Desgraciadamente es así, lo vemos mucho en el deporte, fútbol principalmente, donde la gente debería ir para divertirse y alentar a su equipo, sin embargo hasta muertes ocurren; y podría extenderme, pero ejemplos diversos de irracionalidad todos conocemos aquí, allá y en todas partes. Un saludo amiga y que tengas un lindo fin de semana!

  5. PabloM

    3 abril, 2021

    ¡Ahijuna!
    Tengo pavor de esas situaciones no deseadas. Por mi salud mental he dejado de ver los noticieros que se regodean con noticias de asesinatos, secuestros, violaciones, ajustes de cuentas, accidentes. Cómo en un segundo un malparido te puede cagar la vida para siempre.
    Excelente tu exposición. El ángel/diablo de la muerte…

  6. Opzmo

    3 abril, 2021

    Gracias Pablo, por el comentario. Y bueno, la maldad está en todas partes, acechando desde el lugar menos pensado, y siempre cacha algún infeliz, en el caso del cuento fueron tres: Remigio, Pedro y la pobre mujer. Saludos Pablo y que pases una buena pascua!

  7. Laura C.

    6 abril, 2021

    Disfruté tu estilo gauchesco aderezando la narración.
    Al diablo le gusta meter la cola y generar estos enfrentamientos. Está metido en las bebidas alcohólicas, en la droga… y se aprovecha de las flaquezas del hombre, de su guardia baja, para arremeter con toda su maldad.
    Muy bueno tu aporte.
    Saludos cordiales.

  8. @johnball

    6 abril, 2021

    Gracias por el comentario, Laura. Como ya te he dicho antes, fui criado en el campo, rodeado de estancias y gauchos, en aquella época, por todos lados; con lo que el lenguaje me es conocido. Además leí muchas tiras del Cabo Sabino y Martín Toro y Patoruzú, jajaja, Tengo bastantes cuentos con onda gauchesca que con el tiempo iré publicando. Saludos, Laura!!!

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