EL VISITANTE

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Hoy he vuelto a oír sus voces estridentes y joviales. Asciendo por los planos inclinados
de simétrica angularidad buscando la ventana del segundo piso con la esperanza de
hallarla abierta. El trayecto por la amplia pared suele ser siempre agradable y
obsequioso, pues es normal encontrarse algún insecto incauto y confiado que me sirve
como tentempié mientras llega la hora de la cena.
La ventana, afortunadamente, está abierta y me permite penetrar en la estancia sin el
menor problema. Ahora solo queda aguardar con paciencia el momento en que los
monstruos hagan su entrada y den origen al acto que tanto me agrada contemplar.
Los monstruos son criaturas curiosas y bellas, aunque temibles por su gran fuerza y
carencia de escrúpulos. Tienen una piel suave, muy suave, sobre todo los machos, y los
envidio por eso. Si yo tuviera una piel parecida a la de ellos gozaría de un certero éxito
entre las hembras de mi especie. Sin embargo soy feo y rugoso, y mi sola presencia
causa rechazo y pavor en otras razas más agraciadas. No envidio, en cambio, su gran
tamaño y, por ende, enorme peso que les impide, pienso yo, desplazarse por paredes y
techos; sin duda una de sus mayores limitaciones.
Aún me quedan muchas dudas sobre su forma de reproducirse. Por eso no puedo
dejar de acudir cada día para seguir aprendiendo, con la esperanza de presenciar
alguna vez la llegada al mundo de un pequeño monstruito. La pareja que vive aquí
duerme habitualmente en esta habitación donde los espero, pero no siempre se
aparean. Tampoco lo hacen de forma regular, sino más bien cuando les apetece. El
proceso suele ser el mismo cada vez: Entran al cuarto bien arrimados, se desprenden
de sus livianos caparazones, llevan a cabo el acto de fecundación, apagan la luz y se
duermen.
El acto en sí es algo extraordinario y enervante, una especie de juego amoroso digno
de observar. En un principio, como ya dije, dejan al desnudo sus delicados cuerpos y
dan origen a un ameno ritual de caricias y tanteos, juntan sus bocas y parece como si
succionaran algo el uno del otro, pero con deleite, en ningún momento se dan señales
de molestia o dolor por ninguno de los dos, lo que demuestra un elevado sentido del
cariño entre ellos. Aunque, como es bien sabido, tristemente no es así para con otras
especies.
Luego, aunque no siempre es así, la hembra se pone encima del macho y comienza el
acto propiamente dicho. Normalmente él cierra los ojos y gime al principio, pero ya
hacia la culminación ambos gruñen y chillan y blasfeman y babean y mordisquean el
aire. ¡Cómo se lo pasan los monstruos! Eso sí que es amor y no lo que hacemos
nosotros antes de la puesta de los huevos.
He llegado a la conclusión de que todo este ritual representa la forma de fecundar e
incubar sus propios huevos, los cuales cuelgan del cuerpo de la hembra. Sí, parece un
ingenioso y placentero pasatiempo para hacer gozosa y deseable la tarea de preparar
los huevos para la procreación pues, según he observado, éstos no precisan de una
larga y constante incubación, sino que les basta con cortos y espaciados períodos
repartidos durante un tiempo aún sin determinar, porque hasta el momento, y
después de varios meses, no se ha producido ninguna eclosión.
El macho tiene bajo el vientre una especie de nido con un bonito agujero en su centro,
jugoso y sonrosado, y, sin lugar a dudas, a elevada temperatura para posibilitar la
incubación. La hembra lleva los huevos adheridos a un apéndice que les sirve de sostén
y, al introducirlo por la oquedad mencionada, los mantiene sobre el nido para
aprovechar al máximo su calor. No cabe duda que esto lo hacen con gran deleite al ver
la expresión de goce de sus rostros, donde se dibuja la sublimación de los sentidos.
He apreciado también cómo el apéndice es mantenido en constante rozamiento en el
interior de la oquedad gracias a las sinuosas ondulaciones que imprimen los
participantes a sus vientres y traseros, con lo cual deben incrementar sustancialmente
la temperatura del nido, facilitando así una mayor velocidad de incubación.
Ahora mismo estoy oyendo unos pasos ascendiendo por las escaleras. Sí, el ansiado
momento se aproxima. Me apresuro a buscar un lugar disimulado y al mismo tiempo
privilegiado desde donde contemplar la escena. El mejor sitio es el techo, oculto tras la
sombra de una viga. Es la posición invertida la que más me complace en cuanto toca a
mis tareas de espionaje.
La puerta se abre y entran los monstruos, hermosos y en celo como siempre. Y
también como siempre mi corazón palpita acelerado ante el temor de ser descubierto.
No quiero imaginar qué sería de mí al amparo de su crueldad sin límites.
Se lanzan sin demora sobre el lecho, se quitan sus corazas de suave tejido y dan inicio
al consabido intercambio de muestras de ternura. La belleza del macho, con sus
delicadas formas, supera con creces a la de la hembra, que es más ruda y exhibe rasgos
de mayor fortaleza. Me centro en la observación de los huevos pendientes entre sus
velludas piernas, por ver si han sufrido algún cambio. Pero pronto se enredan los
cuerpos, revolcándose en la cama, y en esa confusión intuyo cómo ella busca el
primoroso abismo con su apéndice y, cuando logra alcanzarlo, lo penetra empujando
rítmicamente con los músculos del trasero, por cuya parte inferior se llega a vislumbrar
el par de óvulos oprimidos sobre el mullido pelaje del negro nido del macho. Esta
maniobra debe proporcionarles un inmenso placer, pues ambos jadean durante largo
rato y sus rostros se transforman dejando traslucir el profundo éxtasis que deben estar
experimentando.
En momentos como estos uno preferiría ser, en verdad, un horrible monstruo sin
piedad. Es tan grande mi excitación al sopesar tal idea que, sin darme cuenta, mis
patas delanteras se despegan del techo y toda la extensión de mi cuerpo queda
colgando cabeza abajo. El macho abre los ojos y el pánico se apodera de mí. Su mirada
atónita se dirige directamente hacia mi cuerpo tembloroso. He sido descubierto.
Estalla un chillido de horror y me señala con un dedo. Entonces la hembra se incorpora
bruscamente y se vuelve hacia mí, saltando de la cama hecha un basilisco.
Entonces puedo ver algo nuevo e insólito. Compruebo con preocupación que el
apéndice fláccido, visto en innumerables ocasiones pendiendo bajo el vientre después
de haber concluido el acto de apareamiento, está vivo. Efectivamente, está erguido y
palpitando de indignación, su cabeza enrojecida por la cólera, y viene lanzando
ferozmente un fluido blancuzco y seboso, probablemente un veneno, mientras apunta
amenazador a mi pobre persona.
Estoy perdido. Con un desesperado balanceo vuelvo a aferrarme al techo con las
cuatro extremidades y echo a correr como una exhalación en dirección a la ventana, al
tiempo que aumentan el alboroto y los gritos en la estancia. En mi loca escapatoria no
veo la pared perpendicular y choco violentamente contra ella. Casi pierdo el agarre a la
superficie invertida y voy a parar al suelo, pero, a duras penas, logro recuperar la
compostura asiéndome a la pintura descascarillada del paramento vertical, dejando
jirones de la piel de mi panza sobre esas cuchillas pétreas.
De pronto siento un huracán electrificado que ya me es familiar y, tras él, el tronido
ensordecedor de un escobazo mortal que por fortuna no me alcanza. Lanzo una fugaz
mirada hacia los monstruos para situarlos sobre el terreno y, en escasa milésimas de
segundo, constato con claridad proverbial otro hecho ignorado hasta ahora: El
apéndice, además de estar vivo, parece ser el factor directriz del monstruo hembra,
siempre erguido y apuntando hacia mí, la boca aún babeante por la ira, guiando a la
torpe mole contra mi asquerosa e incordiante presencia.
En el brevísimo instante que me distraigo en esta observación otro escobazo rotundo
me alcanza de lleno. Medio desvanecido caigo sobre el marco de la ventana, al lado de
mi amputada cola convulsiva, cuyo nuevo crecimiento me costará días y semanas de
escarnios por parte de mis congéneres, tan afectos a las burlas y las vejaciones. En mi
aturdimiento vuelvo a sentir el contraataque de la escoba guiada por el brazo criminal
y, sacando fuerzas de flaqueza, me precipito con un salto desesperado hacia el vacío
de oscuridad nocturna, la única esperanza de salir con vida de semejante cacería.
La caída es vertiginosa, solo puedo sentir el escalofrío de la muerte por todo mi ser. Al
estrellarme en el patio de la planta baja casi pierdo el sentido; no obstante resisto
nuevamente logrando reponerme y, con un último supremo esfuerzo, logro
arrastrarme torpemente hacia mi humilde escondrijo en un boquete de la pared, para
curarme las heridas causadas por mi curiosidad.
Solo entonces, al hallarme bajo la protección y la calma del hogar, llego a tener
consciencia del intenso dolor que asola mi cuerpo; la cabeza me da vueltas y el corazón
quiere taladrar mi pecho para abandonarme por haberlo maltratado de forma tan
insensata.
Pero a pesar de tanta desgracia me puedo dar con un canto en los dientes por haber
sobrevivido a otra prueba y haber complido mi objetivo de averiguar algo nuevo sobre
los monstruos para poder transmitirlo a los demás.

Comentarios

  1. Esruza

    7 abril, 2021

    Excelente cuento

    Mi voto y un saludo

    Estela

  2. ruhiz

    7 abril, 2021

    Gracias Estela. Me encanta que aprecies mi trabajo.
    Un abrazo.

  3. Laura C.

    10 abril, 2021

    Lo leí con avidez, con un poco de asquito imaginando esos bichos.
    Está maravillosamente desarrollado, te felicito.
    Un abrazo.

  4. ruhiz

    12 abril, 2021

    Te agradezco el comentario Laura.
    Abrazos.

  5. Opzmo

    19 abril, 2021

    Entretenido relato y bien original, Ruhiz. Un abrazo, hermano.

  6. ruhiz

    20 abril, 2021

    Gracias, compañero en las letras. Un abrazo.

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