La que fue llamada «Quinta de las Camelinas» se convirtió con el tiempo y la decadencia del clan Gálvez-Cárdenas en un impresionante emplazamiento arquitectónico sobre la falda de la colina de Santa María de Morelia, y en el cascarón de una rústica finca campestre. Parecía abandonada, pero en realidad allí se reunía una pléyade de personajes juveniles inspirados por la rebeldía de la época o mejor dicho contaminados por la leyenda del rebelde sin causa: del James Dean hollywoodense, quien se convirtió en la figura de referencia, en el ídolo (de barro) a emular, después de su anodina muerte al estrellarse en su Porsche plateado en un crucero del California road, justo antes del estreno de la película Gigante.
Era también la década de los sesentas. La de los héroes reales, revolucionarios de la Cuba de Fidel y de la figura paradigmática del «Che Guevara», adalides ambos del alma batalladora de la juventud intransigente del Colegio de San Nicolás de Hidalgo. Los que participábamos en estas aventuras y revueltas estudiantiles haciamos de las novatadas locuaces y las huelgas un espectáculo que aglutinaba a los diversos grupos sociales de las diversas carreras del campus universitario: Pepe Peña y yo, estudiantes de Medicina, Benigno y Alonso, derecho, Quique Ramirez y el Rorro Potable, ingenieria, y sólo uno de ellos trabajaba como empleado bancario. Era el más sencillo y generoso de todos, y se llamaba Silviano.
La Casa de los Espantos pertenecía en usufructo limitado a la familia del gran instigador, del joven estudiante de Leyes -como él gustó siempre llamarse- quien poseía una fuerza de persuasión maligna y seductora que casi ninguno de nosotros podía evitar. Su mente lúcida y escrutadora se adelantaba a las reacciones de los demás y era capaz de adivinar las respuestas de las huidizas y atrayentes muchachas de la localidad, las de sus propios amigos y aún de los extraños advenedizos al grupo. Fue el implacable atizador de nuestros impulsos juveniles: el incansable provocador de la voluptuosa sensualidad que nos dominaba, pero que por razones morales y de mojigatería moreliana, éramos incapaces de manifestar ni aún con la influencia del surrealismo o del «cubanismo bacanal» de Picasso en boga por aquellos años.
Nuestro personaje había vivido en la ciudad de México durante su adolescencia, por lo que tenía un espíritu más despierto y cosmopolita. Su pertenencia a esa familia (de Exgobers) que ejercía el poder político, le facilitaba las cosas y le proporcionaba ciertas consideraciones e impunidad, aunque él mismo no contara con dinero o posición social de parte de su propio núcleo. Sin embargo, sí sabía como agenciarse los medios (la Casa de los Espantos) para aprovechar sus nexos con los miembros poderosos del Clan y alternar con los grupos prepotentes de nuestra ciudad: bulliciosa y estudiantil pero, a su vez, provinciana y conservadora.
Poseía también -el tal Benigno- un talento innato para el trueque y los juegos de azar, para los que estaba especialmente dotado. Esto le permitía aplicar una seria de intuiciones y mecanismos de reacción sicológica con los que jugaba, apostaba y ejercitaba en la conquista de las chicas, las ninfas y las gringas; las que, en aquel tiempo, fueron la motivación más destacada de nuestra temprana e impetuosa juventud. Afición multicultural, lingüística y turística a la que dedicamos nuestro mayor afán, impulsados por el motor ciclotrónico de nuestro inimitable amigo: Benigno, alias «el Mefistófeles de la Camelina».
Fue entonces, la Casa de los Espantos, el espacio existencial, el laberinto del Minotauro, en donde aprendimos a experimentar nuestra incipiente sexualidad. Imaginación y pendencia juveniles que allí encontraron los cauces, las máscaras de aquella pléyade de faunos y ninfas -de fantasmas lúbricos-, que hoy todavía persisten brincoteando (chocheando) sobre los pintorescos escenarios de la «ciudad de rosa y roca, la señorial Morelia».
CORTEX





Escribir un comentario