La casa en el aire

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1- UN DÍA EN LA ALDEA

Un manto de rocío cubría de plateado la campiña y los tejados de la aldea cuando los habitantes fueron despertados por ladridos de perros. El primero en salir a ver qué pasaba fue el herrero que, siguiendo con los ajos aún soñolientos la dirección donde su perro ladraba, se despabiló en el acto. Lo que a primera vista le había parecido una proyección de un sueño que no recordaba haber soñado, en verdad resultó ser una casa, una casa suspendida en el aire. Enseguida llamó a su esposa, que a su vez llamó a sus hijos y a la vecina, que llamó a su esposo y a otra vecina, que llamó a sus hermanas. Y así, de llamado en llamado, en pocos minutos todos los aldeanos miraban, sorprendidos y boquiabiertos, hacia un mismo lugar en el cielo, justo encima de sus cabezas.

   ¿Una casa?, se preguntó el herrero, rascándose la cabeza.

   ¿Una casa, cómo así una casa?, le preguntó su esposa, cuando salió al patio a ver qué quería.

   ¿Una casa en el aire?, se preguntaron los hijos, ni bien fueron a ver qué pasaba.

   ¿Una casa en el aire?, se preguntó todo el mundo.

En ese exacto momento, como si la duda colectiva hubiera desencadenado un desequilibrio natural, una nube de polvo cayó de la casa sobre sus cabezas, y a partir de ahí un largo litigio empezó entre los habitantes de la aldea y la dueña de la casa.

2- UNA MAÑANA INUSUAL EN LA CASA EN EL AIRE

Los habitantes de la casa dormían plácidamente cuando ladridos de perros los despertaron. La primera en levantarse de la cama fue la madre, que al acercarse a la ventana se llevó un tremendo susto.

   ¡Estamos en el aire!, exclamó, alarmada. En seguida corrió a su habitación donde despertó a su esposo, zamarreándolo como si fuera la almohada.

   ¡Estamos en el aire!, le gritó en la cara.

   ¿Cómo que en el aire?, preguntó el hombre, aún soñoliento.

   Flotando, planeando, suspendidos, como las nubes, ¿da para entender así?, aclaró a los gritos.

Ya en la ventana, tan impactado cuanto su esposa, el hombre llamó a su hijo a los gritos. El muchacho saltó de la cama y se inclinó sobre el alféizar de la ventana de su habitación. Soltó un «wau» de sorpresa y enseguida llamó a los gritos a la hermana, que aún dormía. En minutos, la familia entera miraba al suelo.

   ¿Estamos realmente en el aire?, se preguntó el esposo, rascándose una nalga, como si aún no le cayera la ficha.

   Sí, no lo ves, tonto, lo recriminó la esposa.

   Mira, estamos flotando, le dijo el hermano a la hermana, señalando hacia afuera.

   ¿Alcanzas a ver algún castillo?, le preguntó ella, el hada soñadora de la familia, cuando llegó al lado del hermano mientras sus ojos escudriñaban el horizonte en busca de uno.

La primera impresión que tuvo la madre fue que estaba en una pesadilla, al mismo tiempo que, para no perder la costumbre, buscaba con ojos clínicos entre las calles y patios vestigios residuales. Ya el marido, después de unos segundos de preguntas incontestables, pensaba que aún estaba en un lindo sueño. El hijo, que le confería a su madre poderes sobrenaturales, pensaba que toda esa nueva y extraña realidad se trataba de algún artificio suyo para mantener la casa alejada del polvo que tanto odiaba. Y no era para menos, aún recordaba cuando, años atrás su madre, siempre protestando contra la mugre, la hubiera o no, había dicho que desearía vivir en una isla y al día siguiente habían amanecido en medio del mar, pero como si fuera un sueño una mañana, algunos meses después, habían vuelto a su lugar de origen. Ya la hermana, allegada a una fantasía, creía que aquello era parte de un plan mágico orquestado por un hada madrina que la quería muchísimo.

   La madre, repuesta del susto inicial, viendo que ya no había patio que barrer no le quedó otra que conformarse con la casa solamente. Decidida a encarar la nueva realidad, fuera un sueño o una maldición inexplicable, se dirigió a «su» armario particular: la despensa. Demoró un minuto en elegir la escoba del día entre tantas que poseía, pero apenas se decidió por una abrió las puertas y empezó a despejar la mugre en el aire, sin importarle que le cayera en la cabeza a la gente que estaba bajo sus pies.

3- MIENTRAS TANTO ABAJO…

Los más perjudicados con la suciedad que caía sin parar del cielo fueron los feriantes, que  llevaron sus quejas al recaudador de impuestos cuando, casi un mes después del insólito y catastrófico suceso, apareció por la aldea para cobrar el tributo del rey.

   Han caído las ventas, recaudador. Mire qué manera de caer polvo sobre la mercadería. Y lo peor de todo es que no sabemos de dónde saca tanta mugre esa maniática. ¡Y justo en los días de mayor venta!, se quejó el verdulero, encargado de transmitirle el motivo de por qué ningún feriante podría pagarle ese mes. El recaudador, sacándose el polvo de los hombros con las manos, preguntó:

   Pero ¿de dónde han venido? Los dedos flacos y avarientos del recaudador ya empezaban a tamborilear nerviosamente sobre el libro de la contaduría.

   No lo sabemos, una mañana despertamos y ya estaba ahí, dijo el herrero, y para empeorar las cosas las palabras no llegan hasta ellos, no sabemos si es por la altura o porque son sordos.

   Ajá, ¿y con lo otro, cómo están haciendo?, preguntó el recaudador. El verdulero arrugó la cara.

   ¿Qué otro?, preguntó. El recaudador miró hacia todos lados y hablándole al oído le preguntó sobre las necesidades fisiológicas de los habitantes.

   Ah, eso, sobre eso no le sabría decir nada ni adónde echan sus desperdicios, tampoco sabría decirle cómo hacen para conseguir agua o comida, pero humo de la chimenea sale, eso sí, respondió el verdulero, amparando los ojos al echarle un vistazo a la casa.

   Bueno, por lo menos de los males el menor, sino sería el colmo de los colmos, dijo el recaudador, arqueando las cejas.

   No sé hasta qué punto es un mal menor, pero si esto sigue así tendremos que volver a los orígenes y salir a cazar y a recoger bayas silvestres para poder sobrevivir, se quejó el verdulero.

   ¿Eh, ah?, olvídelo, dijo el recaudador que de inmediato, como advertido de algún mal presagio, se puso en marcha, urgido para llevarle las quejas de los aldeanos al duque para que la mala noticia llegase a los oídos del rey, el único que sabría qué hacer, lo más rápido posible y porque tenía que seguir recaudando los tributos por otras aldeas también.

4- EN LA CASA DEL DUQUE

   ¿Una casa en el aire?, preguntó el duque, poniendo cara de incrédulo.

   Eso mismo, mi señor. Los aldeanos dicen que una mañana despertaron y la casa ya estaba allí, y que hasta el día de hoy no ha parado de caer mugre sobre la feria. Y eso yo lo vi con mis propios ojos. Si viera usted, aquello parece una cascada ininterrumpida, dijo el recaudador.

   Entonces debo comunicarle la noticia al rey con urgencia, dijo el duque, ¿ya imaginó si se hace moda y todas las comarcas empiezan a tener su propia casa en el aire? Será el fin de la economía. Al recaudador se le oscureció más la mirada. ¿Sería posible que también el duque hubiera sido acometido por el mismo oscuro presagio? Al recaudador le pareció que sí. En seguida se despidió y se marchó a cumplir su misión.

5- AUDIENCIA CON EL REY

Esa misma tarde, el duque se dirigió al castillo a llevarle las quejas al rey y a contarle sus temores. El rey como no tenía a quién delegarle las quejas no tuvo otro remedio que atender el asunto él mismo.

   ¿Una casa suspendida en el aire?, le preguntó el rey a su vasallo.

   Sí, Su Majestad. Yo también le hice la misma pregunta al recaudador, pero eso no es el  problema real del fenómeno. El verdadero problema que tenemos es con la mujer de la familia que vive allí, que vive todo el santo día con la escoba en la mano y despeja nubes de polvo desde que amanece hasta que se pone el sol. Es cosa de creer solo viendo. Ahora yo me digo, Su Majestad, ya pensó si eso llega a repetirse en todo el reino, ¿de qué vamos a vivir? El duque se calló.

   Entonces es una mujer la que está colapsando la economía, ¿eh?, dijo pensativo el rey, alisando la barba. El duque interpretó sus palabras una pregunta.

   Sí, Su Majestad. Eso sí, el recaudador no me afirmó si de noche la lluvia de polvo se detiene, dijo el duque, como si él hubiera indagado al recaudador al respecto. «Unos puntitos a favor para quedar bien delante del rey nunca vienen nada mal», pensó.

   El rey, tan diplomático como siempre, le dijo que lo tendría en cuenta:

   Cuento con usted, duque, y ahora ya puede retirarse que yo me encargaré del asunto, y no se preocupe que se lo hago saber apenas haya tomado una resolución. El duque encorvó el cuerpo e hizo una reverencia y en esa postura ridícula se retiró. El rey inmediatamente decidió enviar al bufón con un mensaje para el mago del reino.

6- EL BUFÓN

   Pero, Su Majestad, ¿y el espectáculo de esta noche, cómo queda entonces?, preguntó el bufón, no tan preocupado con el espectáculo en sí, sino porque corrían tiempos de paz y sobraban soldados holgazaneando; sin embargo, aun así al rey se le antojaba que fuera él el que tuviera que llevarle el mensaje al mago. Justo a él que tanto pavor le tenía a la floresta negra donde el mago vivía.

   Los espectáculos están suspendidos hasta nueva orden, asuntos más urgentes reclaman mi atención. Y ahora vete ya, ordenó el rey. El bufón tragó en seco y se retiró haciendo ridículas piruetas a propósito.

7- MIENTRAS TANTO EN LA CASA EN EL AIRE…

   ¡Sal de ahí, holgazán y ayúdame a correr este armatoste para que pueda limpiar debajo, le exigió la mujer al marido, que estaba cómodamente leyendo un libro en el sofá.

   Pero si hace cuarenta minutos que has acabado de limpiar debajo, por arriba y a los costados, mujer, se quejó el marido.

   ¿Sabes cuánta suciedad se puede acumular en cuarenta minutos? ¡Ah!, pero claro, cómo puedes saberlo, ¡qué puedes saber tú de higiene!, sentenció la mujer, al tiempo que empujaba al marido hacia un lado y empezaba a barrer como una maniática centímetro a centímetro del piso. El marido no contestó nada porque era inútil contradecirla, lo más sensato era dejarla hacer lo que quisiera, es decir limpiar y seguir limpiando. Cuando la mujer terminó la limpieza un minuto después ( y eso sí, hay que destacar la ligereza con que ejecutaba sus tareas), salió diciendo que dentro de poco volvía. El marido con apatía se limitó a decir:

   Está bien, querida. ¿Qué más podía decirle?

   Luego la mujer dirigió su ataque antiséptico a la habitación del hijo. El muchacho miraba por la ventana con cierta lástima a la hija del verdulero, allá abajo, que trataba infructuosamente de limpiar las verduras con un plumero. La pobrecita, cuando terminaba con los tomates, la lechuga, al otro extremo de la mesa, ya había perdido su verdor bajo una nueva capa gris, que su madre, «gentilmente», recién había arrojado por una de las puertas.

   ¡Ah, con qué estás ahí, holgazán chismoso! Es mejor que muevas el trasero de ahí porque no me gusta que interfieran en mi labor, graznó la madre, ni bien irrumpió en la habitación. El muchacho se retiró de la ventana por tercera vez en lo que iba del día sin decir «ay», él también pensaba que era inútil contradecirla. Después fue el turno de la hija padecer los ataques de limpieza de su madre. Estaba apoyada en la ventana mirando a la distancia, tratando de visualizar entre las montañas algo que pareciera con la torre de un castillo.

   ¡Entonces, holgazana! ¿Soñando con el príncipe azul, no? A ver si aprendes de mí, si no quieres morir solterona por no saber limpiar a fondo un hogar, gruñó esta vez mientras manejaba la escoba magistralmente con infatigables y rápidos movimientos, que si no fuera porque la hija sabía que empuñaba una, diría que era invisible, tamaña velocidad con que ejecutaba la limpieza. La muchacha, así como su padre y su hermano, salió de su habitación sin decir nada, al final todo argumento sería ineficaz, y se fue a buscar otro ángulo de la casa donde seguir tratando de visualizar un castillo.

8- ENTRETANTO ALLÁ ABAJO…

El verdulero, protegiendo la cabeza con una bolsa de arpillera, sugirió a los otros feriantes cambiarse a otro lugar que estuviera fuera del radio de alcance de la maniática de la escoba.

   No podemos hacer eso sin la autorización del duque, dijo el carnicero, protegido a su vez con un cuero de vaca.

   Estas tierras no son nuestras para hacer lo que queramos y ya sabemos cómo se pone el duque cuando algo no le gusta, por ejemplo: cambiar la feria de lugar, acotó el vendedor de lana, sacudiendo por enésima vez el cuero de oveja con el que se cubría y volviéndoselo a poner encima con movimientos rápidos y precisos.

   Quizás debiéramos de cambiar el día por la noche, por lo menos hasta que el duque o el rey hagan algo al respecto, sugirió un artesano, escondido debajo de un sombrero como lo de los chinos, que con el polvo cayendo por todo el contorno del sombrero por partes iguales, hablaba sin mostrar la cara.

   Eso también deberíamos de comunicárselo al duque, dijo una voz que nadie supo definir de dónde venía, porque provenía de donde el polvo ya hacía imposible cualquier visualización.

   Eso no le incumbe al duque, lo único que necesita saber es que le paguemos los impuestos, dijo otra voz anónima. El verdulero ahora opinó que no era una buena idea, porque la mugre y el polvo acumulados durante el día haría imposible que la feria abriera antes del amanecer cuando la maniática empezaría el ataque de nuevo.

   Estaríamos sacando polvo durante toda la noche. ¡Imposible!, dijo al fin.

   Y así pasó otro día en la aldea bajo el polvo asesino y con los bolsillos vacíos.

9- MIENTRAS TANTO EN LA FLORESTA NEGRA…

El mago, después de leer el mensaje del rey, no quiso perder ni un minuto. Le dijo al bufón que lo esperara mientras hacía un brebaje adivinatorio, y que después lo acompañaría al castillo. El bufón respiró aliviado, porque si de día la floresta era negra como su nombre lo indicaba por la noche no quería ni imaginar cómo sería.

  El mago puso un caldero en el fuego y cuando el agua empezó a hervir arrojó yuyos secos, polvos mágicos y extrañas criaturas disecadas. Sin decir nada, esperó al lado del caldero y cuando  los primeros vapores empezaron a elevarse al techo agarró un cucharón y sacó un poco de brebaje; sopló hasta que estuvo tibio, entonces le echó un puñado de azúcar y con una ramita empezó a revolver.

   El bufón seguía las acciones del mago atentamente y por dentro rezaba para que al beber aquella porquería no se fuera a morir allí mismo. El mago, al darse cuenta que el bufón seguía con la mirada cada detalle de lo que hacía, lo miró de reojo y le dijo:

   El azúcar es para hacerlo más digerible. «Ni quiero imaginar el gusto asqueroso que debe tener eso», pensó el bufón, con un rictus de asco al ver cómo el mago tomaba hasta la última gota de aquella porquería.

   Enseguida el mago dejó caer el cucharón y revoleó los ojos. «Sonamos dijo Ramos», pensó el bufón, imaginando que se moría. De pronto el mago dijo:

   Ya lo tengo, ya sé quién es esa mujer. El bufón pensó que se lo diría, pero el mago que conocía la fama de alcahuetes que tienen los bufones no dijo nada, no vaya a ser que al llegar al castillo, corriera a contarle la primicia al rey antes que él, el artífice del descubrimiento.

10- EN EL CASTILLO

El bufón acompañó al mago hasta el salón donde el rey, espatarrado en el trono, bufaba de calor mientras era ventilado por dos eunucos; allí, por fin, pudo enterarse del descubrimiento del mago.

   Es una bruja, Su Majestad. Nadie normal puede sacar tanta basura de una misma casa todos los días durante todo el día, dijo el mago. El bufón agrandó los ojos. «¿Tanto misterio para eso?, creí que iba a referirse al hecho de la casa mantenerse por sí sola en el aire. Viejo falluto», pensó.

   El rey, después de gratificar al mago con unas monedas de oro, mandó a llamar al hijo.

11- EL PRÍNCIPE

   Tengo una tarea de suma importancia para que ejecutes en mi nombre, hijo. Y de paso vas sabiendo cómo se gobierna un reino, le dijo el rey al príncipe.

   Sí, padre, ¿qué debo hacer?, respondió el hijo, agarrando con fuerza la empuñadura de su espada.

   Descolgar una casa, dijo el monarca, sin ceremonias.

   ¡¿Descolgar una qué?!, preguntó el príncipe, la cara dibujada de perplejidad. Él imaginaba una misión donde la sangre corriera como un río caudaloso, pero… ¿una casa en el aire? Eso no se lo esperaba, era casi lo mismo que bajar un nido de ruiseñor de un árbol.

   Eso mismo que oyes, hijo, pero ten cuidado que no es tan simple como parece. Me dijo el mago que se trata de una bruja, le advirtió el rey.

   El príncipe asintió y fue a ver al capitán del ejército real para que empezara con los preparativos.

12- UNOS DÍAS DESPUÉS…

Una de esas mañanas, tanto los habitantes de la aldea como los de la casa en el aire, al asomar sus caras fuera de sus casas, se quedaron atónitos con las tiendas de campaña y las catapultas desplegados en la campiña, lindera a la aldea. Los aldeanos inmediatamente empezaron a cargar las carretas con sus enseres. Iba a haber jaleo, así que lo mejor era alejarse de allí cuanto antes.

   Ya los de la casa en el aire pensaron tratarse de un circo o, tal vez, de un parque de diversiones instalado por la noche. El esposo dijo:

   Si es un parque de diversiones por lo menos desde aquí no necesitamos pagar para ver el espectáculo. Y la esposa, parada a su lado, se quejó de la mugre que iba a quedar en la campiña cuando se fueran. Por su parte, el hijo temió que la hija del verdulero se enamorara de un equilibrista y huyera con él, mientras que la hermana se preguntaba en silencio si el príncipe del reino vendría a ver las funciones.

13- ANTES DEL ATAQUE

Secundado por varios soldados, por el mago, que no quiso volver a la floresta negra sin antes ver cómo acababan con la bruja, y por el bufón, que pensó que podía sacar de allí una buena historia para representar delante del rey, el príncipe ordenó que dispusieran las tres catapultas a cierta distancia entre sí, cargadas con grandes bolas de lana empapadas con alquitrán; por último ordenó que las encendieran e iniciaran el bombardeo contra la casa.

14- EL ATAQUE

El primer bólido de fuego pasó a unos metros a la izquierda de la casa. El marido oyó un misterioso zumbido cerca de la ventana, largó el libro que leía y asomó la cabeza. Una gran bola de fuego ardía a pocos metros de la última casa de la aldea. Inmediatamente se dio vuelta en dirección a la campiña, justo a tiempo de ver cómo otra bola de fuego venía derecho a la casa. El nuevo bólido rozó la casa por la derecha. El marido soltó un grito de alerta y empezó a buscar, allá abajo, un buen lugar donde caer cuando otra bola alcanzara la casa y no tuviera otra salida que arrojarse para salvar el pellejo.

15- LA TERCERA ES LA VENCIDA

El príncipe ordenó que colocaran la tercera catapulta en determinado lugar.

   Si la primera bola de fuego pasó a pocos metros a la derecha y la otra a pocos metros a la izquierda, el próximo lanzamiento debe efectuarse desde aquí, señaló con la punta de la bota derecha. Y la tercera bola de fuego dio de lleno en la casa. Bajó vítores exultantes los soldados del rey y los aldeanos, que miraban el bombardeo desde una colina cercana, vieron cómo los ocupantes se disponían a arrojarse al vacío a cualquier momento, ya que la casa ardía casi por completo.

16- HÉROES EN ACCIÓN

Los cuatro ocupantes, las cabezas asomadas por las ventanas, agitaban los brazos en claro pedido de socorro.

   El verdulero, sintiendo pena de ellos, de un salto subió a la carreta, seguido por la hija, y se encaminó raudamente hacia la aldea.

   El príncipe, al ver a la muchacha de la casa (¡oh, casualidad!), exclamó:

   ¡Una bella doncella en peligro!. Y como buen y noble príncipe que era y caballero que  se consideraba, montó de un salto en su corcel y se encaminó a todo galope hacia la aldea.

17- ¡SÁLVESE QUIÉN PUEDA!

El primero a saltar fue el marido, que tuvo la suerte de caer sobre una montaña de basura que amortiguó la caída, sin más contratiempo que tragar un poco de polvo. El segundo a huir de las llamas fue el hijo, que cayó justo encima de la carreta del verdulero, que recién llegaba, sobre una pila de sandías; quedó medio tonto pero sin ningún hueso roto. La tercera a lanzarse fue la muchacha justo a tiempo para caer en los brazos del príncipe. Y la última a salvar el cuero fue la barredora obcecada, porque se demoró en ir a buscar su preciosa colección de escobas en la despensa. Al arrojarse al vacío, en un intento inconsciente y vano en medio de la caída, se montó en las escobas.

   ¡No dije yo que era una bruja, y miren que bien equipada estaba la maldita!, gritó el mago, señalando la mujer que bajaba en picada, abrazada a las escobas. Mientras que el bufón pensó: «¿Qué bruja es esa que con tantas escobas cae como una bolsa de papas, viejo falluto?»

18- Y COLORÍN COLORADO…

Finalmente, la esposa y sus preciosas escobas se desplomaron sobre el techo de paja de una casa, y tras ella, un grupo de soldados se metió entre los escombros en su búsqueda.

   Cuando el muchacho volvió en sí, la hija del verdulero limpiaba su cara sucia de sandía.

   Hola, mucho gusto, dijo él, escupiendo algunas semillas de sandía sobre el regazo de la moza.

   La hermana entreabrió los ojos y vio que un joven montado a caballo la sostenía en los brazos, pero también escuchó que alguien decía:

   ¿Se encuentra bien, príncipe? Entonces volvió a desfallecer, o por lo menos fingió que lo hacía.

   Por fin, los soldados salieron de la casa con la mujer.

   ¡Suéltenme, holgazanes mugrientos!, les decía ella, mientras forcejeaba con vehemencia para que no le sacaran las preciosas escobas.

19- EPÍLOGO Y LIBERTAD

El marido de la maniática de la escoba se arrastró fuera de la montaña de basura y, escupiendo y sacudiéndose el polvo, miró a su alrededor. El hijo estaba siendo consolado con ternura por la hija del verdulero, la hija, en los brazos del príncipe, parecía estar en la gloria y la esposa, fuertemente custodiada por una docena de soldados, se agarraba a sus escobas con celo en la mirada mientras el populacho, bajando en bandada de la colina, gritaba: «Han atrapado a la bruja, han atrapado a la bruja».

   De manera que, a hurtadillas, el marido empezó a deslizarse hacia la campiña, pero al pasar frente al campamento un soldado lo detuvo.

   ¡Alto ahí! ¿Quién eres forastero?, le ordenó el soldado. El hombre le dijo que era un vagabundo que pasaba por el lugar en el momento que se desató el pandemónium, con lo que se zambulló de cabeza en una montaña de basura y ahora que todo ya había pasado seguía su camino. El soldado lo examinó detenidamente y le dijo:

Creo que te conozco, ¿tú no serás el marido de la bruja, que miraba hacia acá por una ventana, no? El hombre puso cara de ingenuo y, llevándose ambas manos al pecho, dijo:

   ¡¿Quién yo?! No puede ser, jamás he visto a esa mujer, y dicho esto pidió permiso y dirigió sus pasos hacia el bosque donde se perdió para siempre.

Comentarios

  1. JRPineda

    6 abril, 2021

    Es decir que todos en la casa cambiaron de rutina. Buena historia amigo gracias.

  2. Opzmo

    6 abril, 2021

    Gracias, hermano. Por lo menos han encontrado su lugar en el mundo. Ya de la maniática de la escoba, sospecho que si no fue a parar a las mazmorras del castillo debe estar limpiándolo a fondo a esta hora. Saludos, JR!!!

  3. Laura C.

    7 abril, 2021

    Me costó llegar al final… Ufff Estuvo entretenido pero es extra large… jejeje
    El personaje ‘brujeril’ y sus manías por la limpieza me hacen recordar a alguien de mi familia.
    Saludos cordiales.

  4. Opzmo

    8 abril, 2021

    Gracias, Laura. Sí, cuando son medios largos me gusta dividirlos en capítulos para hacerlo más llevadero. Y yo en casa tengo una doña así, mi esposa, ja ja ja… Saludos, Laura.

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