La hazaña del futuro

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«¿Y dónde está el futuro? La hazaña de nuestra juventud: Ésa, que debiera tomar la palanca del deporte y el servicio militar para demoler con su fuerza el artificio de la holganza y el valemadrismo prevalecientes.»

 

La figura armónica y musculosa de la gimnasta rumana Andrea Raducan, captó mi atención el jueves por la mañana. La compe­tencia final del «all around» o sea la ronda gim­nástica que ofrecía a esta diminuta competidora la oportunidad de escalar al primer lugar (oro), si su desempeño en la rutina a manos libres obtenía una calificación de 9.30 puntos… ¡Y lo hizo!

Y lo hizo con una conciencia del saber, con una serenidad tal, que solamente quien posee la disciplina y las destrezas del caso lo puede hacer… ¡a los 16 años! Y al hacerlo proyectó la hazaña para sus compañeras María Olaru (bronce) y Simona Amanar (plata), cuyo resultado les dio el triunfo de la triple medalla –la gloria del olimpismo y el predominio de la gimnasia femenil con el nuevo lema olímpico: ALTIUS, FORTIUS, BELTIUS.

Por su parte, el domingo 17 nuestra heroína Soraya Jiménez, nos sor­prendió con el triunfo de la medalla de oro en el levantamiento de pesas, y que levantó el ánimo a todos los competidores mexicanos, infundiendo nuevos bríos al deporte olímpico; pues hacía 36 años que el equipo mexicano no se hacía de un logro semejante. Un largo tiempo de postración y conductas erróneas dentro de las esferas del deporte mediatizado, en manos de los barones del dinero (los Vázquez Raña y demás concesionarios del deporte), que culminó el jueves 21 con la medalla de oro virtual del marchista Bernardo Segura, y el contragolpe despiadado de la burocracia olímpica, que lo despojó del triunfo.

Y es que así se las juegan en esta competencia olímpica, demasiado burocratizada y convertida como el fútbol, en un negocio choricero, en el que los jugadores no son deportistas sino verdaderas «pirañas publicitarias» que danzan como marionetas al son de los intereses mercantilistas, etílicos y botaneros de los industriales autóctonos y otros globalizados de este nuestro país tetracolor, donde se venden los artificios de chunga (Cellutabs-Fataway) reciclados en irrisorios substitutos de las virtudes fí­sicas y fortalezas bionicas, sobre el escenario rentado y superpuesto de los «embrozadores» televisivos y sus «vedettes» que envilecen –divirtien­do– a nuestra aletargada juventud: la que todo tiene, menos la vergüenza de cumplir con su deber, pues se encuetran «fatigados» de tanta güeva, artificios y fumarolas; esos héroes de la holganza y el parasitismo familiar, becados por el malabarismo chapucero de la 4T y acaso rescatados localmente por el ejemplo y la trayectoria de la Prepa del Deporte a cargo del empeñoso Walter Schadtler Contreras.

Y a propósito del tema, quiero ilustrar el asunto de la juventud con un ensayo del filósofo Hipólito Taine, escrito hace 170 años, y que describe el estado de la sociedad europea después de la revolución de 1848. Dice el texto:

«Después de diez años de turbulencias se estableció un régimen democrático e igualitario, en el que todos los empleos son accesibles a todos, ordinariamente después de pruebas y de exámenes, según reglas fijas de selección y ascenso. Este nuevo arreglo de la sociedad y su gobierno, unido a la invención tecnológica, a la industriali­zación, ha desafiando las costumbres y cambiado la condición y el carácter de la sociedad. Están ahora liberados de la arbitrariedad y protegidos por una buena guardia pretoriana, aquella derivada del Servivcio Militar Obligatorio. Por bajo que hayan nacido, todas las carreras y las oportunidades les están abiertas; la multiplicación de todas las cosas útiles pone al alcance de los más pobres unos satisfactores y unas comodidades que los ricos desconocían hace siglo y medio. Por otra par­te, el rigor del mandato se ha atemperado tanto en la sociedad como en la familia; el padre es el camarada de sus hijos, el mandatario vive a la par que el ciudadano; en resumen, en todas partes es visible el bienestar y la prosperidad que una equidad disciplinaria-deportiva ha proporcionado».

«Pero, por contragolpe, la ambición y las avideces han desplegado sus alas. El hombre y su familia se han acostumbrado a considerar a la felici­dad y al bienestar como cosas que le son debidas. Obteniendo más, se ha vuelto más exigente y sus pretensiones han sobrepasado a sus logros, pues habiendo desarrollado un enorme avance científico, la permisividad y la indolencia se han esparcido y, el pensamiento libre y la igualdad sexual se han convertido en libertinaje, se ha entregado a la transgresion en pos de los estupefacientes. Por lo que, los jóvenes, dejando de su lado sus creencias de antaño, se han creído capaces de alcanzar por la sola fuerza de su audacia las verdades superiores confun­diéndolas con el hedonismo. Moral, religión, política vuelven a discutirse frente al pantocrato de la tecnología y asistimos al extraño conflicto de los sistemas y de los paradigmas, que se renuevan para suministrarnos un dogma nuevo y ofrecernos una dicha completa: «el dolce fare niente» (o el dulce hacer nada, pues todo lo merezco con mi Curp)».

Un tal estado de cosas tiene serias consecuencias sobre las ideas y la salud moral de los pubertos. Pues el personaje reinante –la dorada juventud– de corazón insaciable y vagamente inquieto es desgraciado, y lo es por dos razones. Primera, es demasiado sensible, demasiado impresionable por pequeneces y artificios, y porque tiene demasiada necesidad de sensa­ciones golosas y golosinas.

Y segunda, está demasiado acostumbrado al bienes­tar, a la vida regalada. No ha tenido la educación recia de nuestros abue­los; no ha sido templado por la disciplina militar o el deporte del pentatlón; no ha sido maltratado por sus pa­dres, ni ha pasado privaciones, hambres o intemperie. Todo lo contrario, en el aire templado del Llano y la comodidad moderna de las costumbres seden­tarias, se ha vuelto delicado, nervioso, susceptible y menos capaz de adaptarse al tren de vida que impone el trabajo y el cumplimiento del deber y que exige siempre el esfuerzo deportivo.

Y ni el amor a la patria, ni la gloria del deporte, ni el heroísmo de las batallas, ni la ciencia, ni el poder, tales como los encontramos en este mundo, pueden satisfacerle, pues la intemperancia de sus deseos, irrita­da por la nadería de sus conquistas y por la nada de sus goces, le deja abatido sobre las ruinas de si mismo; sin que su imaginación sobre­cargada, decaída e impotente, pueda representarle el más allá que ambi­ciona y el «no sé qué» que no tiene».

El Edu-Couch Walter, tiene la palabra. Yo me adhiero a la terapia de choque.

 

CORTEX

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