Ni todo el amor… Ni menos todo el dinero

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Don Filogonio Molkán, un recio octogenario, poseía una gran alegría de vivir y suficiente fuerza para reali­zar tareas agrícolas con envidiable vigor. Estaba acostumbrado al traba­jo del campo y era un puntual madru­gador… y también un reacio trasnochador, que lo mantenía con una notable lu­cidez mental. Su figura erguida como la de un pino, se conservaba gracias a las caminatas que efectuaba de su casa a los terrenos de labranza. Pero a pesar de su vigor, reconocía que sus facultades iban menguando, por lo que decidió repartir sus bienes en­tre sus hijos. Mentalmente se repe­tía: «dentro de poco, cuando mi tron­co ceda, ellos necesitaran más de las tierras y animales para hacer crecer su beneficio».

Una noche, en charla de sobreme­sa, le comentó a doña Locha: «pa’ qué esperamos a que nos lleve lá calaca; de una vez hay que repartir­les la herencia, total, ¿no es para ellos que hemos trabajado y ahorrado las bendiciones de toda la vida?».

Doña Locha, que nunca contradecía las opiniones de su esposo, aceptó la idea con reserva, y decidieron que el día de¡ santo Patrono les darían la noticia que llenaría de júbilo a sus cuatro hijos. Así que reunidos en casa de don Filo, el escribano del pueblo y los vastagos del matrimonio Mplkán, les dijo el patriarca en tono grave:

«Muchachos, hemos convenido here­darles los bienes que con esfuerzo y lealtad acumulamos por más de 60 años de trabajo tesonero. Cuando nos casamos doña Locha y un servi­dor no teníamos ni dote, y ahora nuestra fortuna de toda la vida será para ustedes y sus familias».

Ansina mesmo: «confia­mos en que haya conformidad frater­na, y mucho nos alegraría que no se diera ningún tipo de rebatinga entre ustedes, que no sean díscolos, pues´n».

Ninguno de los cuatro hijos expre­só palabra o inconformidad; pero doña Locha advertía en su actitud cierta avidez para recibir la herencia lo más pronto posible, y no hasta que el venerable don Filogonio falleciera, como dicta el sentido común y la lealtad.

Bueno, dijo Don Filo, -veo que están conformes con mi voluntad, pasare­mos entonces al reparto:

-A ti Sadam por ser el mayor, te dejamos todas las tierras de cultivo con sus arreos e implementos.

-Para Jaleb, será todo el ganado y las tierras de agostadero con establos e instalaciones.

-A Fauzi, le daremos las huertas de frutales, las que sabrá multiplicar con su talento financiero.

-Y pa´ Benjas, le dejare­mos la casa de rancho para que amplíe la granja y la casita del pueblo como dote.

Todos acataron la voluntad de su padre. Solo doña Locha, receptiva a los sentimientos de sus hijos menores, percibió de in­mediato la contrariedad de ambos, pero se limitó a mirar hacía la pared donde colgaba un cuadro de la últi­ma cena.

Asentado en libros la voluntad de don Filogonio, se despidieron los hijos an­siosos de ir a contar lo sucedido a sus respectivas consortes. Las de los mayo­res, felices, pues los padres se ha­bían comprometido a desalojar sus muebles en una semana, y se fue­ron a vivir a la modesta casita de «el Llano» en donde doña Locha criaba animales domésticos desde su ma­trimonio con don Filo.

Pasadas unas semanas, la vida se volvió len­ta y aburrida para los ancianos, es­pecialmente para el patriarca, que no en­contraba en qué ocuparse con tanto tiempo libre. La casa le parecía pe­queña, pero se conformaba diciéndo­se: «al cabo pa’l tiempo que me que­da».

Pero la vida transcurría y las visi­tas de los hijos y sus familias se ha­cían cada vez más escasas. Lo mis­mo pasó con el dinero que, de acuer­do a los.cálculos del banco, les dura­ría para siempre. Pero el efectivo empezó a escasear y, aunque doña Locha se esforzaba en comprar solo lo indispensable, el gasto no les alcan­zaba para comprar lo esencial.

La carestía y los achaques de la edad hicieron necesaria la visita de los médicos, quienes se encargaron de agotar los escasos recursos de que aún disponían.

Sin poder evitarlo, don Filo y doña Locha empezaron a ser visitados so­lamente por la pobreza, la que cada día se quedaba más tiempo a convi­vir con ellos. Preocupado don Filo, estuvo tentado a pedir ayuda a sus hijos, pero no se atrevió, pues doña Locha lo respaldaba en su reticencia, con la abnegación de la mujer que se muere en la raya antes de pedir migas. Y cuando la comida empezó a faltar, doña Locha empezó a tejer carpetas y manteles para venderlos y así alivianar la difícil situación.

Así fue que, aquellos padres que habían heredado en vida a su pródigos hi­jos, se habían quedado en la mise­ria. Los vástagos, a su vez, se justificaban a si mismos, diciéndose: «si mi padre nos heredó es para beneficio de nues­tras familias, ya que él siempre fue un hombre previsor».

Don Filo había dejado de asistir también a la tienda de don Neto, en donde además disfrutaba de una cervecita y de peliagudas partidas de dominó. Enterado su compadre Cleto, una tarde pasó cerca de su casa y se de­tuvo a saludarlo; inmediatamente de­tectó la situación y le pregunto:

-«¿Qué ha pasado contigo compadre Filo? Ya tienes varias semanas que no te apa­reces en la tienda».

Don Filo le res­pondió:

-He andado muy ocupado compadre, pero pronto por ai nos vemos».

Don Anacleto le respondió:

-«Oye compadre, tu te trais algo, ¿qué te pasa? -Nada compadre, ¡qué es­peranzas!

-Pos’ yo ‘insisto que tienes algo que no quieres contar, si hasta dicen que estas enfermo de tiricia*.

-Qué tiricia ni que ocho cuartos, resongó don Filo. -Lo que pasa es que me quedé sin un quin­to… ¡Y de plano a mi no me gusta causar lastima!

—Oye compadre Filo, no me quie­ras ver la cara, como vas a andar mal de dinero, ¡si todo te lo trabajan tus hijos!

-No compadre, ya nada es mío, yo les heredé en vida todas mis pro­piedades. -Y pos yo creí que con el dinero del banco me alcanzaría, pero con lo del FOBAPROA lo cierto es que ya no me alcanza pa’ nada.

«Oiga, compadre Filo, ¿a poco su hijos no le ayudan?

—Al principio si, pero como ya casi no vienen —disque por­que andan haciendo negocios con la socialité —pos´ ni modo de andarles limosneando.

—¡ Ay, compadre, como será asté orgulloso!

No compita Cleto, si no es orgullo, es dignidá.

Puede que ten­gas razón. Por eso te voy a dar una recetita, pa’ que sin pedirles frías a tus hijos, te ayuden.

¿Tu crees compadre?

¡Se­guro! Cuando venga uno de tus nie­tos, le dices que no se aparte mucho de ustedes, ya que le tienes unos centavitos por ai guardados. Y así, cuando vengan los otros, de cada uno de tus hijos, les dirás lo mismo: «que te pagaron unos bonos del banco y que serán para los nietos que más visiten a sus abuelos».

Al rato verás que todos sabrán que por ai tienes tu «guardadito», y tus 4 hijos y nueras sabrán también la historia.

—Piénsalo Filo. Y si te parece, ¡pos sobre el muer­to las coronas!

A la mañana siguien­te don Filo y su esposa pusieron en práctica la estratagema. Era domin­go y no tardó en llegar uno de sus nietos. Toñito, hijo de Sadam, y ni tar­do ni perezoso el abuelo le contó la historia de las monedas de oro ente­rradas. Al poco rato ya estaban de visita las cuatro familias con los res­pectivos nietos. Les trajeron obse­quios, frutas, enseres y dinerito.

Y así fue como «el interés movió los pies» y cada domingo comenzaron a recibir regalos en especie y en efectivo, que el habilidoso de don Filogonio logró multiplicar en generosas ganancias, que le permitieron prodigar de nueva cuenta los cuidados y los me­recimientos a su amada esposa y a él mismo.

Cuando don Filo sintió que la vida lo abandonaba, reunió otra vez a sus hijos, nueras y nietos para de­cirles esta moraleja:

«No desamparen a sus esposas, lo que tengan, dején­selo a ellas, como yo lo hago con mi querida Locha. Y no cometan la imprudencia de heredar en vida a sus hijos, pos como dice el refrán: «cuando te queda interés, te lavan hasta los pies».

 

CORTEX

 

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