Una cuestión de energía

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“Nada hay en la mente que no haya pasado por los sentidos»

Iván Pavlov, Nobel de Medicina, 1900.

 

 

A la caída del mundo medieval, Constantinopla 1453; y vista la Tierra como el centro del Universo, demostrada por la teoría del sis­tema solar de Galileo y continuada por los astrónomos Kepler, Herschel y el propio Newton, la humanidad oc­cidental se dio cuenta de que vivía en un Universo desconocido. En ese sentido, los propios investiga­dores del cosmos asumieron una nueva actitud identi­ficada como «el escepticismo científico», el cual impo­ne evidencia sólida y concreta para establecer cual­quier nueva verdad o tesis acerca de cómo funciona el mundo.

Antes de creer o tomar como cierto algún hallazgo, se requería la prueba fehaciente de verlo y palparlo, como lo definió Tomás de Aquino. Con esta actitud la ciencia despejó lo incierto (supersticioso) y lo esotéri­co (oculto), concluyendo con el pensamiento de Isaac Newton de que el Universo funciona siempre de ma­nera predecible, como una enorme maquinaria, debi­do a que, en medida del tiempo, es todo aquello que ha probado que así pasa.

Y así pasaron muchas décadas antes de la revolu­ción del conocimiento, en particular de la física, llega­ra a dos hallazgos mayúsculos: la teoría de los quantum de Max Planck y aquélla sobre la materia, la energía y su relatividad de Albert Einstein. Teorías portentosas que llevaron a la demostración de que aquello que percibimos como materia sólida es principalmente espacio vacío, con un patrón de energía moviéndose en su interior (que incluye a nuestros propios cuerpos), y mostrando tam­bién por medio de la física cuántica que si observa­mos estos patrones de energía a un nivel cada vez más pequeño, vemos sorprendentes resultados.

Vea­mos. Si fraccionamos minúsculas porciones de esa energía y las convertimos en partículas elementales e intentamos ver cómo operan entre sí, el acto de ob­servarlas altera el resultado; como si esas partículas fueran «influenciadas» por el propio observador, se dis­criminan de forma que aparecen en lugares a los que no sería factible dirigirse, siguiendo la ley de que un cuerpo o pizca de energía no puede ocupar dos espa­cios simultáneamente.

En otras palabras, la materia básica del Universo— en su núcleo y esencia—es vista como una especie de energía vibrante que es «maleable» a la intención del espectador humano, que «desafía» las expectati­vas del viejo paradigma mecanicista. Algo como «si pensar simplemente en un sentido o expectativa de las cosas, indujera a la propia energía a brotar en el mundo material afectando a otros sistemas energéti­cos».

Cualquiera pondría el broche del escepticismo, ¿no es cierto?

Pero la cuestión es más sencilla. En esen­cia tiene que ver con la capacidad de percepción que el ser humano posee para esa energía, la cual requie­re de una altísima sensibilidad a la belleza. Esta per­cepción es una especie de barómetro que nos indica cuan cerca estamos de percibir esa energía, la que se encuentra sobre el mismo rango o banda vibrátil de la belleza, la vegetación y de algunos seres vivientes.

Es reconocido el fe­nómeno de que las plantas de ornato, cuidadas amo­rosamente por el «ama de casa», crecen y se reprodu­cen más intensamente, más sanas, más vigorosas, atrayentes y vibrantes ante nuestros «deslumhrados» ojos. Y la atracción física-sexual o magentismo alquímico del enamoramiento que polariza esas partículas de ener­gía, orientándolas para que fluyan hacia el objeto de esa atracción y que detectamos como el campo ener­gético (aura vibrátil), que amplifica la percepción de esa energía reflejándola sobre el propio cuerpo.

O el esplendor luminoso del amanecer y el crepúsculo magnificados por los trinos de las aves y la intensifica­ción del espectro solar sobre la tierra y su vegetación. Y ni qué decir de la espléndida visión amarillo-naranja de la Luna, afectada por el fenómeno del eclipse y otros fenómenos meteorológicos y ópticos que nos hacen casi tocarla.

Todo lo anterior nos revela la existencia de esas partículas o «quards» o «bits» de energía subatómica, y también la manera como este universo físico respon­de como un todo a nuestras expectativas de energía. ¿Hasta qué punto estas expectativas crean las cosas que nos ocurren o son meramente coincidencias?

La vieja idea newtoniana sugiere que todo sucede por azar, pero que cada evento tiene su propia línea de causa y efecto, independientemente de nuestra actitud. Sin embargo, los descubrimientos recientes sobre física cuántica sugieren que el Universo es más dinámico que eso. Y aunque el Universo trabaja mecánicamente, también responde a la energía vibrátil que proyec­tamos en ello.

Esto es así. Si podemos concebir que en el principio (el Big Bang), había una energía subatómica que se convirtió en Helio y comenzó a vibrar y vibran­do se convirtió en Hidrógeno. Siguió vibrando y se con­jugó con el Oxígeno formando nubes de agua que se condensaron sobre la corteza terrestre, y se conjugó otra vez vibrando con el Nitrógeno y formó por fusión eléctrolítica los aminoácidos y luego se organizó ciclicamente para empe­zar —hace unos cuatro mil millones dé años— a produ­cir materia organizada, que seguía «comiendo» elemen­tos y vibrando hasta transformarse, por medio de la evolución, en la vida, en el fuego eternamente vivo que prevalece en nuestro planeta.

Si asumimos que el mundo físico es en realidad un vasto sistema de energía, y que los seres vivos —ma­teria organizada— se atraen y compiten por esa energía que se difunde entre ellos; materia que, eventualmente, se agota o neutraliza o entra en decadencia, podremos entender el conflicto de la no receptividad a esa ener­gía, puesto que no la buscamos en las otras fuentes alternativas, aquéllas que contiene ocultas el mismo Univer­so.

De tal manera que este sistema universal de ener­gía vibrante pueda ser proyectado por la mente huma­na y transferirse al mundo viviente que nos rodea, hasta reflejarse en la propia belleza, una vez descubierta en los circuitos o simetrías ocultas de la naturaleza.

 

CORTEX

 

 

Comentarios

  1. Esruza

    28 abril, 2021

    Mi voto al conocimiento y a la sorprendente muestra de sensibilidad.

    Estela

  2. Cortex

    29 abril, 2021

    Gracias por tu encomiable comento, querida ESRUZA.

    CORTEX

  3. Esruza

    29 abril, 2021

    De nada. Ese «uy, uy» del otro comento se ve… no sé cómo decirlo para no molestar.

    Y soy Estela, así me firmo, ESRUZA es sólo para Falsaria.

    Estela

  4. viky

    29 abril, 2021

    Me encantó tu artículo. Que bueno que tu escribes sobre temas distintos, a los demás.. Me gusta tu mirada de las cosas.
    En. Realidad son todos muy grandes escritores.
    Saludos cordiales desde Chile.

  5. Alejandro F. Nogueira García

    1 mayo, 2021

    Interesantísima propuesta que entronca con una forma de ver la realidad que estuvo muy en boga en el último cuarto del siglo XX. Libros como “El Tao de la física” de F.Capra (1975) o “La danza de los maestros del Wu Li” de G.Zukav (1979) o “Misticismo y física moderna” de M. Talbot (1980) llegaron a ser auténticos best-seller. Postulaban un paralelismo entre las visiones de las realidades implícitas en las místicas occidentales y orientales por una parte y la realidad implícita en la física cuántica por otra.
    Creo que la aportación de Alfonso expone de forma magistral el hecho fundamental que se extrae de la eternamente citada (pero pocas veces comprendida) ecuación de la relatividad especial: e=mc². Esa relación entre materia y energía da lugar a todo tipo de especulaciones que se han venido haciendo desde hace más de un siglo. Es consustancial al ser humano hacerlas y es tarea de la ciencia ponerlas a prueba. El propio autor dice en el texto:
    “Cualquiera pondría el broche del escepticismo ¿no es cierto?”.
    Yo pongo el mío: Creo que el tipo de “influencias” que la “intervención del espectador humano” ejerce sobre las partículas subatómicas se escapan a toda “intencionalidad”. Es sabido, y aquí se explica muy bien, que el observador de los fenómenos cuánticos influye inexorablemente en los propios fenómenos al querer estudiarlos pero, al menos que yo sepa, no es posible sacar provecho de esa “influencia” puesto que el resultado de la medida es imprevisible; seguirá las leyes de la mecánica cuántica que son de naturaleza probabilística; no determinista.
    El esperanzador y bello razonamiento que el autor hace en este texto, que apunta a un panteísmo energético en el que, por supuesto, también se incluye al ser humano y sus anhelos de belleza, me parece que choca con varios escollos. Algunos son filosóficos y, tan solo enumerarlos, nos metería de lleno en terrenos resbaladizos que —siguiendo a Wittgenstein: “de lo que no se puede hablar mejor callar”— prefiero evitar. Pero otros son físicos: los fenómenos que se citan en el texto (los amaneceres, la belleza de la Luna, la evidencia de que las plantas perciben, de una u otra manera, el cariño con el que son tratadas, etc) pertenecen al mundo macroscópico, en el que las pautas energéticas son de cariz muy diferente a las del mundo subatómico.
    Por tanto, las especulaciones que hacemos sobre la Naturaleza, basándonos en los hallazgos de la física cuántica son doblemente especulativas y no es extraño que muchas de ellas sean auténticos disparates. Como siempre, el tiempo dirá cuántas de esas especulaciones responden a una realidad cierta y cuántas se pierden en el fértil campo de las teorías fallidas. Se trata de un campo —no lo olvidemos— en el que hoy descansan teorías tan aparentemente robustas como la teoría geocéntrica que sistematizó Ptolomeo en el siglo I y que sirvió para hacer cálculos astronómicos muy precisos durante quince siglos. Fue Copérnico (no Galileo) quien propuso otro sistema para sustituirlo.
    El texto termina haciendo una llamada al ser humano para que sea receptivo al uso de la energía universal. Bonito mensaje, desde luego. Pero no creo que nos baste la intención para ponerlo en práctica.
    Muchas Gracias, Alfonso, por aportar tu habilidad expositiva en este sugestivo relato.

  6. Cortex

    4 mayo, 2021

    Mil gracias, don Alejandro.

    Favor que me hace con su comento.

    Ciertamente no pretendo encontrar una propuesta «utilitaria» a mi disertación. La que pretende «infuir» en el ánimo posítivo del lector acerca de esa energía vibrátil que se encuentra en las simetrías ocultas de la naturaleza, como fenómeno estético.

    Intenta decir a la gente que en ese «espectro antimateria» puede liberar energía subatómica que permita favorecer la buena intencionalidad, la buena vibra, que recargue nuestras contaminadas pilas, en lugar de «chuparla» del prójimo como hasta hoy.

    CORTEX

    Y ciertamente, es el polska Copérnico, quien propuso el sistema solar, no Galileo.

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