Los Grajenos de las Camelinas

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«Cuando niño tuve un padre excepcional…

Un hombre dulce, modesto y gozoso de vivir,

mostrando a su hijo las maravillas de su ciudad».

 

 

Se me vino de repente. El comienzo de esta historia difícilmente podría precisarlo. Lo que ahora les cuento se fue agregando como el polvo que, paulatina y persistentemente, cubre los rincones y los desvanes abando­nados de aquellas casas en donde las familias longevas de antes se pasa­ban la vida entera. Y así le sucedió a mi personaje: como al desván polvoso que acumuló en el tiempo los granitos del polvo de su existencia; de esa inercia sujetante que hace a las cosas permanecer en su sitio. Nada pudo conmover su inmovilidad, su estado de cosas; ni siquiera el afán de sobresalir por enci­ma de su imaginación –del anhelo que todo hombre posee para alcanzar a su individuo– y remontar la circunstancia de vida que lo sujetó a la perte­nencia… a la seguridad de existir en pos de su propia muerte.

Cuando yo era un niño caminaba de la mano con mi padre. En aquel entonces, él era también mi amigo y compañero. En realidad me sentía como su pequeño camarada de juegos, pues tenía la cualidad de atraer mi atención y cautivarme con sus ocurrencias y cuentos acerca de nuestra ciudad. Por supuesto que no faltaban los pequeños premios: una paleta de limón o una charamusca o una pieza de pan simple con trocitos de piloncillo derretido, las empanochadas; o una moneda relu­ciente de 20 centavos los domingos… Sólo una cosa por jomada, esa era la norma.

Mi padre era un soñador, es decir, era un acucioso caminante que en­contraba en el paisaje y las cosas de su ciudad provinciana el sentido de la aventura; la búsqueda y la emoción de reencontrar en sus largas camina­tas la culminación de su amor y admiración por la vida y la naturaleza. De una curiosidad innata por darle significado anecdótico a cada lugar, calle o edifi­cio; a cada monumento o conmemoración religiosa, cívica o histórica acon­tecidas en aquel mosaico pintoresco y venerable que era la comarca pirínda en donde corría nuestra vida.

Mi padre fue entonces, un ilustrador. Un ser que poseía las referencias del conocimiento y las verificaba en el entorno de su pequeño mundo: el de Morelia y su gente, semejando un ensayo lugareño de la «búsqueda del tiempo perdido», Era un personaje a quien yo dedicaba gustoso mis horas libres, a quien conocí tan de cerca, descubriendo día con día el tesoro de su curiosidad y la simplicidad por la vida.

Su naturaleza estaba hecha de él mismo: era sensual y sensible, veraz e inmediato, y libre como un venadito…

«Soy un pobre venadito que habita en la serranía, cantaba».

Cuando caminábamos por las calles de la ciudad, era generalmente por las tardes, en el tiempo en que la luz del sol cambia los matices de los colores de las frondas… y las fachadas sobre las casonas de piedra color de rosa; como la casa-rosa de mi abuela Rosa, en la que vivíamos con mi hermana Rosamaría.

Unas veces íbamos de la casa rosa al jardín de Villalongín con sus verdes prados y su cantarina fuente. Otras, caminá­bamos por la calzada de mi colegio Motolinia, que corre paralela al majes­tuoso acueducto… y en donde, en una ocasión, filmaron la película «Un Capitán de Castilla».

Mi padre me llevó a saludar a los actores Tyrone Power y Errol Flynn, quienes me regalaron una roja manzana de Califor­nia, igual que mi cara de manzanita, lo que llenó a mi padre de una legítima presunción.

Otras más, nos dirigíamos a la Estación para ver al Tren pasar, poner una moneda sobre la vía y recogerla aplastada como un souvenir. De regreso me con­taba la historia de la máquina de vapor y me describía cómo esa presión desplazaba los pistones que hacían girar las pesadas ruedas de acero y mover finalmente al convoy.

Los domingos visitábamos el Parque de las Camelinas y la Casa de Cristal que se había convertido en un museo de historia natural, y que mi padre aprovechaba para darme otra divertida lección de historia.

Una tarde me llevó caminando (siempre caminaba) hacia la loma de las Cameilnas al sur de Morelia. Entonces me describió el fenómeno cósmi­co del atardecer y me dijo:

—¿Ves aquéllos arbustos con frutillas rojas como granos de granada? Se llaman granjenos y los comen los pajarillos para alimentarse. Tú tam­bién los puedes comer, ya que contienen el fruto que hace volar y cantar a los pajaritos. Sólo los niños pueden comerlos al atardecer, pues por la mañana cambian de color y se vuelven amarillentos y son amargos. Por eso los adultos no los cortan para venderlos, y allí permanecen hasta el atardecer para los pajarillos.

¡Óyelos como gorjean de alegría!

Yo me quedaba pensando lo que me quería decir con sus palabras…

Mirando a los granjenos relucientes al ser comidos por los pajaritos.

Y pensaba: si la magia de la tarde… si el cambio de la luz del sol que se alejaba… convertía a esos frutos en granitos de fuego.

Imaginaba que el sol crepuscular maduraba a los granjenos para que las aves y yo pudiéramos comerlos.

Y así… volar también… Y aprender a jorgear… como los pajarillos.

 

CORTEX

Comentarios

  1. Esruza

    18 mayo, 2021

    Sencillamente hermoso, casi me salen las lágrimas de tan hermosos y sensibles recuerdos que has sabido plasmar tan mágicamente.
    De esto esta hecho el hombre, de lo que lleva por dentro, no todos podemos decir lo mismo.
    Esos recuerdos, junto con otros, son los que deben importar para un ser humano, hacen que se adquiera
    sensibilidad; sensibilidad que se tiene para dar, sin importar el correr de los años, esa sensibilidad NO se
    debe guardar para uno mismo, es para mostrarla y para darla, con ello se hace feliz a otros, como los personajes de esta hermosa historia.

    Felicidades, querido Cortex y mi voto.

    Stella

  2. cortex

    19 mayo, 2021

    Favor que me haces, querida Stella, con tu comentario.

    Gracias por tu voto y que todo sea para bien propio.

    CORTEX

  3. viky

    19 mayo, 2021

    Que maravilloso, artículo, que bellos recuerdos. Yo conté con mi padre hasta los 9 años, y no olvido sus enseñanzas, también hacíamos caminatas, mucho que agradecerle a la vida que Dios me dio y espero que sea larga para disfrutar de mi familia.
    Un saludo afectuoso a la distancia desde Chile.

  4. Opzmo

    21 mayo, 2021

    Bien, Cortex, debo decirte que me he sentido en la piel del niño que has sido, junto a tu padre. Un saludo cordial, hermano!

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