Delfina Posse Dellhort era una dama perteneciente a la alta sociedad y en edad de merecer, que había enviudado hacía un par de años.
Como casi todas las de su estirpe, ella acostumbraba realizar fastuosas fiestas en su mansión, a la que solían asistir extraños personajes. Allí uno podría toparse con caballeros de ridículos bigotes y/o estrafalarios bisoñés, luciendo un lustroso traje de la época de Matusalén. Por su parte, las señoras se veían apretujadas debajo de vestidos dos talles menores y con generosos escotes.
También había invitados más jóvenes, quienes vestían en mayor concordancia con la moda; ellos exhibían un look desenfadado que se componía de jeans de marca top, ceñidos y llenos de agujeros en las zonas donde menos debería haberlos, además de remeras con inscripciones en diferentes idiomas y zapatillas fluor.
El motivo para realizar esos eventos resultaba irrelevante para cualquiera que los organizara, a esa elite le bastaba con mostrarse y competir con sus pares. Pero Delfina sí tenía un objetivo puntual: conseguir quien ocupara el vacío de su lecho desde la muerte de su marido.
Entre quienes asistían a sus fiestas había alguien que reunía los atributos mínimos requeridos para considerarlo un buen partido: Ambrosio Bustillo do Zoreth, empresario acaudalado, buen mozo y soltero escurridizo.
Se corría la voz de que el fulano estaba muy bien dotado, algo que podía corroborarse a simple vista si uno depositaba la mirada de soslayo en su entrepierna. Algunas mujeres suspiraban por el bulto y otras por su billetera, pero ninguna había conseguido cazarlo hasta el momento.
Y, por supuesto, Ambrosio estaba en la mira de Delfina.
Le coqueteó durante meses luciendo atuendos muy variados y sugestivos, y haciéndole ver que no era una más de las tantas mujeres que desfilaron ante sus ojos, ella además podía mantener una conversación interesante, cualquiera fuera el tema. Y fue tan perseverante en su conquista que él por fin cayó rendido.
Una noche en que se hallaban a solas en la mansión de Delfina bebieron champagne y saborearon exquisiteces afrodisíacas.
Había buena música, velas y un aroma delicioso en el ambiente. Bellos pétalos de rosas dibujaban el sendero hacia la alcoba.
Todo parecía a pedir de boca para augurar el feliz inicio de una relación amorosa.
¡Y sucedió!…
– ¡Oh… Ambrosio! Era verdad todo lo que se decía de ti. No exageraron ni un poquito. ¡Soy toda tuya! ¡Arremete con todo! Así, así… no, ahí no, más abajo… un poquito más a la izquierda… eso es. No, tanto no, más tirando al medio. Síiiiii… síiiiii ¡Justo ahí! ¡Aahhh… aahhh… Uuhhh… Uuhhh! ¡Wow! ¡Eureka! ¡Gloria! ¡Aleluya!…
Ambrosio entretanto permanecía callado, prefería concentrarse en proporcionarle placer a la dama y compartir el gozo.
Y luego del éxtasis y el intenso despliegue de movimientos ambos tuvieron la necesidad de concurrir al toilette, y no precisamente para desagotar la vejiga, pero ninguno se animaba a tomar la iniciativa. ¡No en esa, su primera noche!
Disimularon durante algunos minutos, hasta que Delfina tomó coraje y decidió ir primero, pero cuando hubo terminado y quiso deshacerse de la evidencia notó que el mecanismo de descarga carecía de suficiente potencia; por consiguiente, aquello no se iba y continuaba dando interminables vueltas alrededor del inodoro.
– ¿Te falta mucho, cariño? – se llegó a escuchar desde el dormitorio; la voz de Ambrosio denotaba cierta urgencia
– Esteeee… ehhhh… dame unos minutos, amor, tengo un problemita de índole circular – dijo ella con desesperación
– Si no te apresuras yo tendré uno de índole explosivo – respondió él con una mano apoyada en el estómago y la otra en su trasero
Ante la emergencia de su compañero, Delfina optó por abandonar la lucha y salió del baño, dejando expuesto su residuo marrón.
Ambrosio ingresó tan apurado que se sentó de inmediato sin mirar adentro. Hizo lo suyo y alcanzó a oír el característico clack confirmando la caída. Y cuando accionó el mecanismo de descarga para despedirse de aquello, descubrió a su gemelo. Ambos giraban en una danza desenfrenada, resistiéndose a abandonar el escenario húmedo.
Al comienzo se avergonzó y no supo qué hacer para poner fin al asunto, ya que pese a haber accionado varias veces la palanca, la feliz pareja no se iba. Pero luego tomó el percance como un indicio promisorio y se sonrió.
Cuando salió del baño miró a Delfina y le dijo:
– Amor, es evidente que estamos predestinados a seguir juntos… ¡Ven a ver cómo se besan nuestros zurullos!
L. C.
(31/05/21)





Opzmo
¡Admirable! Primero uno se inclina por lo sexual perverso, después todo cambia de color y uno piensa en lo romántico, para depararse con un final escatológico. Pero todo contado con humor. Muy bueno, Laura. Ah, ya borré, modifiqué y volví a publicar «Los perseguidos», a ver qué te parece ahora. Saludos!!!
Cortex
Ingenioso relato, querida Laura.
Aunque un tanto inverosímil.
O, sea, que ambos era luteranos, Ja!
CORTEX
Laura C.
Gracias Francisco y Cortex por dedicarle tiempo a la lectura de mis escritos.
Iré en breve a releer tu relato, Francisco.
A veces es preciso exagerar rozando lo inverosímil para lograr sonrisas, mi estimado Cortex. El humor en estos tiempos es algo necesario y paliativo.
Saludos cordiales para ambos.