Bajo el mismo cielo

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Hablaba del cuadro en el pasillo de entrada, pero le decía zapatilla, que centrara el cuadro de la zapatilla, decía Luís Héroe, resaltando especialmente la Z, como hacía siempre (zanja, zodíaco, zona, zumbido o zapatilla) y remarcando también la doble L (llave, llantos, lluvia). Pero se trataba de una fotografía ampliada de un zueco, ¿no te queda claro?, se quejaba Vicente Zarro, cada vez que su abogado entraba en su casa y le hablaba de las consecuencias de tener un cuadro torcido. Vicente Zarro se frotaba las manos y se sonaba los dedos. Tenía las botas con barro. En el fondo de la casa, pegada a la medianera, se abría la zanja. Había ido excavando por tramos, tratando que le quedara parejo, no más de cincuenta centímetros; le importaba no cortar de más el terreno para cuidar el pasto, que era nuevo y que le encantaba mirar desde la ventana de la cocina, pero igual sentía que las manos le temblaban cuando metía la pala, y se inclinaba en el nuevo agujero que se abría en la tierra para comprobar que todo estaba bien. Así se le iba la ansiedad (traía de su patria la obsesión familiar). Después pensaba en una pala retroexcavadora de tipo universal y con zanjadoras, que le hacía pensar en la primera cierra eléctrica que tuvo su padre y, en consecuencia, en el día que su primo la había robado del cuartito del fondo para vengarse de un vecino de la cuadra que le había robado su bicicleta (el primo llegó silenciosamente al patio de la casa, donde el vecino comía un chorizo picante, el último chorizo picante de su vida); igual todo era fantasía, él nunca hubiese podido maniobrar semejante máquina en ese pedazo de tierra (los detalles de la mutilación están censurados).

—Tomá, ya lo leí —tuvo que repetirlo un par de veces —Hoy llegué tardísimo a casa, o muy temprano —había dicho Luís Héroe, su abogado, extendiéndole el diario que tenía debajo del brazo e interrumpiendo su pensamiento—, el diariero ya abría el kiosco y aproveché para comprar uno. Después, me atraganté mientras desayunaba, pero no puedo echarle la culpa a él, aunque podría pegar un papel como advertencia para que uno evitase leer las mismas forradas de siempre. En fin. Tomá, ya lo leí —y apoyó el diario en el piso, para que Vicente Zarro se parara encima, y siguió hablando de su visión del país, de qué cosas se podían hacer, aunque nadie quería hacerlo porque nadie quería mancharse de barro (y señaló las botas de Vicente, le dijo que tal vez su llegada era como la del mesías, y se rió de su propio chiste); habló de una situación hipotética donde si, le preguntasen a él, reescribiría la constitución para que los abogados no pudiesen ocupar cargos dirigenciales sino, sola y exclusivamente, administrativos. Pero yo quiero ser presidente, ja, ja, dijo finalmente, así que no me conviene, y esquivó a Vicente Zarro y salió al patio.

Las observaciones respecto a la zanja no fueron graciosas.

Luís Héroe veía a su cliente sentándose en un sillón de mimbre, debajo del toldo. Vicente Zarro se sacó las botas y las puso al costado. Lo hizo con delicadeza, tratando de acomodarlas de forma simétrica. No escuchó la primera parte.

—¿Eh? ¿De cuál sos? —Luís Héroe hablaba de los signos del zodíaco, y estaba seguro de que Vicente Zarro era de Virgo, lo sentía profundamente mientras lo veía acomodar su calzado; pensaba en la casa, correctamente ubicada y ordenada, todo en su sitio, todo funcionando de la mejor manera, y se acordaba de la presentación que Vicente le había dado de su propio caso, de forma lógica y analítica, clasificando y ubicando todo como se debía; gran administrador y ente deductivo, Vicente (estudiante) se adentra en el mundo de las escalas y los matices de la perfección explicativa (detallista, obsesivo y controlador).

—De virgo.

—Entonces el trámite es más fácil —sonrió.

Pero Vicente Zarro le contestó que ya le daba igual, con tal de que no le hicieran problemas por la casa. Obvio que no, fue la respuesta, pero ahora, tranqui, lo inmediato es lo otro, para lo que estás re tranqui, porque superás los requisitos. Yo te lo armo. Es un trámite. Después tomaron una Sprite y Vicente Zarro fumó un cigarrillo, que intercalaba entre sorbo y sorbo, sin soltar el cigarrillo, sosteniendo las dos cosas con una sola mano. Hablaron de los problemas que había en la zona: que no paraban de construir edificios y todo se saturaba (en realidad, aclaró el abogado, el problema es el entramado, que ya está re viejo, y no la producción; por eso tenés el asunto ahí al fondo, como todos los vecinos de la zona), y que a veces era un poco oscuro, pero eso no significaba que era un barrio inseguro.

—Nosotros vivimos desde hace quince años acá —dijo Luís Héroe refiriéndose a su familia —y no tenemos quejas. Además, nos hace acordar a la calle donde vivíamos en Uruguay.

—¿Oyes ese zumbido?

—¡Te estoy hablando mucho!

Pero Vicente Zarro había interpretado la alerta y se disponía a tapar la zanja, antes de que fuese tarde. El abogado se sintió alarmado; si alguien trabaja con semejante precisión, lo que vendrá será determinante. Le preguntó si necesitaba ayuda, pero Vicente ya había desplegado el plástico y corría a la casa. Entró golpeando la puerta con el hombro y pasó rápidamente al cuarto principal. Increíblemente, se había sacado las medias sucias antes de pisar la alfombra. Saltó por encima de la cama, se sentó en el borde del colchón y tiró de la manija del cajón. Necesitaba la llave que no estaba en los bolsillos del pantalón. Diez, nueve, ocho, siete…

—Se te cayó esto —Luís Héroe tenía una llavecita en la mano, que extendía mientras le explicaba que se le había caído cuando corría.

Cinco, cuatro, tres, dos… Vicente Zarro tiró la llave encima de la cama. Se frotó las manos y se sonó los dedos. Empezaba a reírse.

—¿Entonces? —preguntó el abogado.

Vicente le contestó como si estuviese acostumbrado a dar explicaciones. Evitó lo importante y le dijo que se había sorprendido a él mismo. Volvió a contarle sobre el origen de la no zapatilla, la foto y su marco en el pasillo de entrada. Le agregó un par de risas para que no hubiese forma de suponer que la costumbre lo había traumado, y le ofreció otra Sprite, porque el clima estaba especialmente húmedo y caluroso. Se sentaron en la cocina a tomar. El abogado abrió la botella y señaló la ventana. Afuera estaba oscuro de golpe. También abrieron un paquete de papas fritas y casi que toman una cerveza, pero no lo hicieron, el abogado estuvo atento y se acordó que en un rato tenía otra reunión. No era lejos de ahí, ni hubiese sido la primera vez que manejaba después de un festejo, pero quería respetar a los astros que ese día lo habían ayudado con su caso.

—Así son las cosas —habló Luís Héroe sirviendo nuevamente los vasos —Pero tranqui, en tres meses, a más tardar, se soluciona. Lo otro, como ya te dije, es una simpleza en tribunales —sonrió —Lo importante es que la casa te está quedando re linda —y tomó el líquido de un trago, mientras Vicente Zarro prendía un cigarrillo y miraba el mismo cielo y la lluvia.

Comentarios

  1. Juan Brennis

    2 junio, 2021

    No es cierra sino sierra: la sierra eléctrica que su primo le había robado del cuartito del fondo, para vengarse. La noticia, que salió en el diario local, rápidamente llegó a los medios nacionales. Vicente Zarro se avergonzaba de su apellido, que entonces no era Zarro, y, desde ese momento, planeaba emigrar a la Argentina. Todo esto también lo habló con su abogado Luís Héroe, el mismo día de la lluvia, mientras tomaban la Sprite en la cocina de su casa.

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