Nací en una tarde invernal.
Cuando el sol senescente cae
al través de las frondas y las ventanas
bajo las que sucedió mi alumbramiento.
Me parió una mujer en su casa.
La que, bendecida por el bello don,
provocó la envidia de sus parientas
que arruinó su alegría por el neonato.
Ei padre se sintió encantado
por la belleza radiante de su hijo:
Lo celebró, lo arropó y lo meció
hasta que el querubín lloró asustado.
El don creció admirado por todos:
los de casa y los del barrio
por donde su madre embelesada
caminaba con su solecito amado.
Pero hete que el bebé predestinado
incursionó en los avatares mundanos
corroyendo con su belleza la hiel
de sus parientas ruines y envidosas.
Más tarde, el abandono de su madre
lanzó al niño al lado de su abuela.
Una recia mujer educada a la victoriana
quien le enseñó las conductas idóneas.
Creció el púber con gran inteligencia
deslumbrando a mentores y monjas
del colegio Motolinía donde lo educaron
convirtiéndole en un mozo de buen ver.
Y con esa suerte, el joven solecito,
cautivó al medio mundo citadino:
ejerciendo sus talentos y atractivo
en las pieles de las lindas morelitas.
Gracia que lo llevó al culmen de fama
y como se apellidaba Cortés, el índigo,
deciánle Alfie, el conquistador de gringas
por políglota, listo, bailarín y cautivador.
Pero la vida, esa inconstante avenida,
lo lanzó por la pérfida voluptuosidad
haciéndole perder ruta, don y sentido
obcecado por el canto de las Nereidas…
Encumbrose con parné, sed y aventuras.
Conocíendo el hemisferio Oeste y sus hadas
llegando a la cúspide de la montaña blanca
donde quedó colmado de orquídeas y de nieve.
CORTEX





Escribir un comentario