El otoño de José

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Al final de la jornada, ya con el sol oculto tras los tilos de la acera de enfrente, me abrigo, saco mi sillón de loneta a la puerta de casa y me siento a fumar la pipa del día.

Mi perro se acerca por unas caricias y se echa a mi lado.

Un lujoso y fino tapiz flota sobre las gastadas baldosas. Son las secas hojas caídas de los dos fresnos que adornan mi vereda. Mezcladas con las de los tres grandes tilos que tengo a la derecha.

A través del tenue humo del tabaco miro ondular la maravillosa alfombra dorada, que tiembla y palpita al son de algunas ráfagas de una fresca brisa, que, pausadamente, insiste en deshojar, como con manotazos sin sentido, las ya amarillentas pero aún densas copas.

A borbotones, las hojitas van cayendo, sin ningún apuro, lentamente, danzando, girando, flotando, gozando y brindando sus últimas piruetas.

Ya se prenden las luces. El sol se apagó. Y la pipa. Todo está quieto.

Entramos. Pero el viejo y siempre nuevo espectáculo sigue.

Comentarios

  1. Opzmo

    7 junio, 2021

    Hola, Pablo. Lindo relato de lo que nos espera a la vuelta de la esquina, si llegamos hasta allí, je je je. Que tengas una linda semana, hermano.

  2. viky

    7 junio, 2021

    Lindo poema. Todavía no estoy en el otoño de mi vida, pero ya estoy haciendo lo que me gusta, escribir, cuidar de mi familia y amar a Dios.
    Describes muy bien la danza de las ojas de otoño. Recordé las de mi cerezo.
    Un abrazó afectuoso a la distancia, desde Chile.

  3. Luis

    7 junio, 2021

    Me gustó esta descripción otoñal de la existencia. Un saludo y mi voto!

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