LOS COBARDES

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Tú no has visto monstruos; sólo los has soñado.

MAX STIRNER

La familia del señor Casposo estaba preparada para pasar un agradable día de campo; no sabían nada de los temibles peligros a los que iban a enfrentarse aquel día, así que todos mostraban la sonrisa de feliz irresponsabilidad que caracteriza a todo dominguero… al menos, hasta que el padre salió a la calle y volvió a entrar al instante, cerrando la puerta tras de sí.

      — ¿Qué ocurre, Paco? —preguntó su mujer. En la cara de su marido era visible un miedo atroz.

El señor Casposo se acercó a una ventana e invitó a la mujer a echar un vistazo entre los visillos.

     — ¿Ves a esa mujer? Pues yo la conozco: ¡es una feminista!

     — ¡Una feminista! —exclamó la mujer de Casposo—. ¡Ay, Dios mío! ¡Aquí, en nuestro pueblo!

     — Así es. Eulalia.

     — Papá, ¿qué es una feminista? —preguntó la hija de Casposo.

     — ¡Una mujer muy mala! —se apresuró a responder la madre—. ¡Como una bruja!

     — Pero no lleva escoba, mamá…

¡Porque se cree muy moderna! —sentenció la señora de Casposo. Ser volvió hacia su marido—. ¡Ay, Paco! ¡Tenemos que esperar a que pase de largo, o le llenará la cabeza a los niños con sus ideas de igualdad!

     — ¡No, si yo puedo evitarlo! —dijo el padre, sacando pecho—. ¡Nuestros hijos creerán lo que yo les diga que tienen que creer, y punto!

     — ¡Ay, qué tiempos, Paco! ¡Qué tiempos!

     — Creo que ya se ha ido —dijo el señor Casposo.

El patriarca de la familia se apartó de la ventana y volvió a salir por la puerta. No tardó en volver a entrar en una exhalación, al borde del pánico.

     — ¡Ay, Cristo Rey, ayúdanos! —exclamó.

     — ¿Qué ocurre, Paco? ¿Te ha hablado la feminista?

     — ¡Peor aún! ¡Hay un negro caminando por la calle!

     — ¡Un negro! ¡Aquí, en nuestra pequeña localidad!

     — Eso me temo, Eulalia.

     — ¡Pues llama a la policía, para que lo devuelvan a su país! ¡No se puede andar por la calle con un caníbal suelto por ahí!

     — ¿La policía? ¡Bah! ¡La policía no hace nada! Desde que los masones comunistas ascendieron al poder, el desorden y la anarquía reinan en nuestras calles.

     — ¡Ay, Virgen de las Angustias! ¿Y qué vamos a hacer?

     — ¡Si nos dejaran llevar armas, para defendernos de la gente diferente, no tendríamos por qué tener miedo! Ahora mismo, sin embargo, tendremos que esperar a que el negro se vaya.

Se hizo el silencio y el hijo del señor Casposo aprovechó para dar su propia opinión sobre el asunto:

     — ¡Papá, nos aburrimos…!

     — ¿Os aburrís, eh? —El señor Casposo miró a su hijo con enfado—. ¡Pues a cantar el Cara al sol se ha dicho! Un, dos tres y… Cara al sol, con la camisa nueeeva…

Apenas habían acabado la primera estrofa cuando Eulalia, que vigilaba junto a la ventana, tiró de la manga de su marido.

     — El caníbal ya se ha ido, Paco.

El señor Casposo miró por la ventana y volvió a poner cara de espanto:

     — ¡Que el caudillo nos asista! ¡Es el concejal de los rojos!

     — ¡Ay, no! —su mujer—. No sé cómo pueden permitir que los rojos entren a formar parte de un gobierno…

     — La culpa la tiene la democracia, Eulalia. Pero eso no es lo peor: el concejal es marica, Eulalia. ¡Homosexual!

La mujer del señor Casposo se puso a gritar como una histérica.

     — ¡Eso no se puede consentir! ¡Que llamen al Santo Oficio para someterlo a un auto de fe!

     — Me temo que no es posible, Eulalia: la Inquisición desapareció en el siglo XIX. No quería decírtelo, para no preocuparte.

     — ¡Ay, no!

     — Este mundo se ha convertido en un lugar demasiado peligroso para nuestros hijos, Eulalia: no podemos permitirnos salir a la calle así como así. ¡Míralos, están aterrados!

El hijo del señor Casposo intervino:

     — Nosotros no tenemos miedo, papá.

     — ¡Porque sois unos niños inconscientes, que no saben nada de la conspiración judeo-masónica que domina el mundo! —le espetó Casposo.

Su hija, en cambio, tenía sus propias preocupaciones:

    — ¿Qué es un homosexual, papá?

El señor Casposo sintió que le daba un vuelco el corazón. Miró a su mujer en busca de ayuda, pero ella se mostraba tan apurada como él.

    — Pues… ¡es un monstruo! —se apresuró a responder el padre de familia—. Es como los vampiros: te muerde y te convierte en uno de ellos.

    — Pero le está dando el sol y no le pasa nada, papá —señaló la niña.

    — ¡Porque hay demasiada libertad hoy en día!

    — ¿Y cuándo nos vamos? —preguntó el hijo de Casposo.

    — ¡No nos vamos! —respondió su padre, tajante—. Nos quedamos aquí; el mundo de hoy es demasiado peligroso para vuestras mentes infantiles. Nos quedaremos en casa, y yo os protegeré.

Los dos hijos de Casposo se miraron entre sí, con el miedo reflejado en sus rostros; el profundo y aterrador miedo a que alguien te encierre de por vida, siempre por tu propio bien.

El señor Casposo podía proteger a sus hijos de cualquier cosa, salvo de sí mismo.

 

Comentarios

  1. Luis

    7 junio, 2021

    Muy entretenido y pícaro, además de trágico texto, Leire, un saludo y mi voto!

  2. Opzmo

    7 junio, 2021

    ¡Pero qué agradable cuento!, amiga Leire, que además de divertido, pues me ha sacado varias carcajadas, es sumamente filosófico. Un cuento para abrir la mente, realmente, y repensar la vida. Ten la certeza que seguiré tu trabajo, Un saludo!

  3. Alejandro F. Nogueira García

    11 junio, 2021

    Leer tus relatos es como ver un paisaje en el que todo tiene un sentido y una funcionalidad. Los diálogos —elemento esencial en tu forma de escribir— son tan buenos que me pregunto cuántos escritores profesionales pueden emularlos.
    El contenido de “Los cobardes” me ofrece un motivo de reflexión. ¿Quiénes son los cobardes del relato? La respuesta, que sería obvia en la España de hace cuarenta años, no lo es en nuestros días. Con los poderes políticos, los medios de comunicación de masas y el poder judicial volcados en indisimuladas campañas pro-feministas, pro-diversidad social y pro-diversidad política, hoy en día, la actitud de la familia del señor y la señora Casposo no deja de ser justificable teniendo en cuenta su ideología. Piénsese qué pasaría si, dos meses después de los hechos narrados y tras un sorprendente proceso electoral, la opinión política que representa los intereses de la familia protagonista, ganase las elecciones por mayoría. El nuevo alcalde de la cuidad —el señor Casposo— saldría orgulloso con su impecable traje de corte clásico a la calle adornada con banderitas. ¿Saldrían de su casa la feminista, el inmigrante y el homosexual?¿O se sumarían a la causa de la cobardía?
    Creo que el único que sale bien parado en todo esto es el autor de “El único”.
    Muchas Gracias, Leire, por ofrecernos relatos tan sugestivos.

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