Todos estaban dispuestos para comenzar, pero ninguno se atrevía a ser el primero. Se miraban los unos a los otros con mirada atenta para adivinar, intuir o vislumbrar cualquier pequeño gesto que fuese indicativo de lo que a continuación iba a suceder. Pero nada ocurría. De fondo un reloj de pared marcaba con golpes secos y acompasados el discurrir del tiempo. Tiempo casi detenido, espeso; cargado de esa sensación plúmbea que nos atrapa y que sabemos de antemano que sólo nos irá soltando muy lentamente y siempre al ritmo que se nos imponga.
Allí nada sucedía, ninguno de los presentes estaba dispuesto a aportar ese esfuerzo iniciático necesario para aquella ocasión. Las miradas iban dirigidas hacia cualquier sitio, sin buscar nada especial, aunque la mayoría solían recaer en la persona de mayor edad que allí había; su posición en la mesa nos podría indicar que era el responsable de todo aquello.
De pronto sucedió. Es curioso, todos lo estaban esperando y ninguno podía sospechar que pudiera ocurrir en ese preciso instante. Alguien en una posición relegada al fondo, y al que nadie había prestado especial atención hasta ese momento, carraspeó, se inclinó hacia delante, y con el brazo bastante estirado, cogió de un plato un tanto distanciado una aceituna. Todos se sintieron relajados, respiraron y el ruido del reloj quedó acallado por la conversación.


Solo unos pocos no sospechan cuanto de heroico tienen sus acciones, lo salvadoras que aparecen ante el resto….claro..son felices!