Su majestad descansa al arrullo de las moscas, inevitables del banquete. La música se vuelve perezosa, las bailarinas pasan de la agilidad a la cadencia, mezclando su vapor con el aroma rancio y cortesano. Los súbditos, aduladores y serviles, de su real payasada, narcotizados rién, y las mujeres vulgares se...
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