Entonces la niña jugaba y jugaba, dÃas tras dÃa, hora tras hora, costura tras costura, los colores se volvÃan más tenues, los hilos empezaban a ceder, como si el genero de sus ropajes se volviera débil y quebradizo, sus manos se iban tornando amarillentas, tristes y arrugadas, la lana...
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