Autocracia

A mis futuros subyugados:

No me llamo André, pero pueden llamarme así. Tengo un par de defectos que una encantadora sonrisa puesta en el angelical rostro de la promiscuidad, deja como nimios e incluso conmueven a los ilusos que ven algo de peligro en el posible intercambio de impresiones que se hace conmigo. Ustedes siempre me parecen poca cosa, pero dejo que igualmente se deleiten con la grandeza lograda tras una vida de perseguir un solo propósito y el estudio de la humanidad en sí misma, descubriendo qué es aquello que logra que un ente controle al resto e incluso las variables de su entorno.

Mi vida es trascendental para cada uno de ustedes o solo se limitarían a evadir este texto, es más fuerte que la morfina que necesitan para calmar sus ansias de adolescente, aquellas que aun aquejan sus frágiles corazones en la noche. Y no es que sea un fatalista, soy el tipo de persona que puede animar incluso al alma mas decaída, pero esta noche no tengo deseos de ser condescendiente con quienes el día de mañana sabrán finalmente lo fútiles que son sus vidas comparadas con la magnificencia de quien conoce la forma de manejar la programada existencia de aquellos que juegan papeles secundarios en el rol de su propia vida.

La simpleza los ha condenado, el sentimiento ha calado tanto que su sentir es ahora un sentir colectivo que cambiaré a mi antojo ahora que conozco el modo de hacerlo. Pero no los odio, detestaría que pensasen eso cuando mi único móvil es hacer que lleguen a rozar este punto de entendimiento. Esta es una idea que lleva un par de meses en mi mente y sí, si voy a decirles de mis motivos debo empezar por ella. Sí, hay una ella, porque mi vena menos óptima es aquella que aún conserva la fragilidad en la que ella habita y que somete a mi parte racional. Aquella poco frágil criatura es la patética razón por la que no revelo mi nombre.

No tengo idea de la estación, o el día en que la vi por primera vez ya que esa ocasión fue tan poco venerable como si por ejemplo los conociese a ustedes, meros espectadores del circo social que les expongo a grandes rasgos para evitar confundirlos. Fue quizá la décima vez aquella en que su poco sentido del buen gusto captó mi mirada crítica, un destello de estropajos hippies que parecían vomitados de una triste década americana. Su cabello sucio me parecía repugnante, un insulto para cualquiera que pretendiese pasar una velada menos desagradable de lo habitual en la casa del pelafustán que organizaba esas fiestas que ayudaron a sustentar mi tesis sobre el comportamiento humano primitivo.

Entonces ocurrió, no quiero alargar la historia ya que pretendo evitar la inminente influencia que causa sobre mis palabras, volviéndolas incluso torpes; solo diré que aquella mujer sin clase alguna pero con férreo carácter se atrevió a invitarme a bailar esa noche y por supuesto me negué, pero ante la negativa usó un truco barato para drogarme como si estuviésemos en el secundario. No recuerdo lo que hice, pero sin importar eso, lo notable es señalar que desde ese momento no dejo de pensar en ella. Obstruye mi vista global y mi pensamiento objetivo, no logro contemplar más lo insubstancial de la humanidad sin sugerir inconcientemente una sonrisa al encontrar en mis discursos internos una crítica dirigida a la mujer que con su imposible forma de vida me ha trastornado, porque definitivamente ‘cautivado’ no es la palabra.

Pero basta de ella, solo quería aclarar aquello para que no se diga en años venideros que tuve un secreto que hace menos gloriosa mi existencia. Lo admito, he caído en la perdición de cada ser existente y por las mismas inexistentes razones lógicas, pero a diferencia de quienes siguen esa inútil pesadilla del cortejo yo he dejado aquello como la anécdota coqueta que contarán mis biógrafos en aquellos libros empastados que pondrán al lado de los que cuentan la vida de Hitler o Stalin. Ahora debo centrar mis palabras en explicarles lo que será mi estrategia de reivindicación, aquella que logrará que la presencia humana en este mundo no sea una simple excusa para las novelas románticas. Es simple, el plan de siempre, aquel que funciona a través de los años y que nadie es capaz de erradicar pues el comportamiento humano sigue un patrón fijo incluso cuando se creen totalmente originales. La respuesta es la autocracia.

¿Ridículo verdad? Años de estudio y un texto del que no son dignos para llegar a la misma conclusión de siempre, la de los grandes lideres, la que es imposible de derribar si se tiene un sistema estable. Pero ella no quiere que sea un dictador, entonces esta ha sido una simple glorificación que espera lograr que así me recuerden; fuerte, con un sentido de la vida definido y que no se subyuga ante nada. Ahora no puedo hacer mis planes realidad, la naturaleza humana me ha vencido, la subestimé y ni mi intelecto logra una salida que me permita conservar lo decoroso de mi indiferencia. La autocracia deberá manejarse ahora en un plano personal, podría lograr una revolución mundial y ser el siguiente gran líder, pero por alguna razón el sistema ha tomado poder sobre mi voluntad pues ella es una falsa que ama este sistema que niega ante sus compañeros de hierba. O quizá no sea así, quizá solo este estado en el que me ha sumergido es incluso mas caótico que el humano y busco comprenderlo para luego llegar a dominarlo sin que sea realmente parte de mi, sí, es eso. Ella no me ha vencido, es el inicio de una incursión al plano más vulnerable de la humanidad, un plano jamás explorado que con un solo movimiento lograría ponerlos de rodillas ante un fin injustificable. Oh sabio destino, no debí dudar de ti. Cómo corroer algo desconocido.

A.

2 Comentarios
2 Comentarios
  1. ¡Uy, no sé quién habla! Como aquí tenemos una plutocracia empresarial, desconozco cómo es la vida en otros sistemas…

  2. Inquietante, oscuro, curioso… todo es lo mismo: las formas del poder!!!

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