Casi siempre… cuando las luces de la calle se encienden y los ojos se apagan, la luna sale virtuosa y desaforada y fatal, a engalanar los sueños de tres mil millones y enamorar los días, de otros cuantos que la piensan, sí la luna estuviera en venta, ya no habría lugar para tantos corazones hipotecados y enamorados, para tanta dicha regalada a plazos.
Esta noche, martin no duerme, sueña, sueña sin cerrar su mente, sueña con la luna, con ella, su amante hermosa, blanca, gris y diáfana y dulce, sueña con tocarla, con robarsela al sol por un segundo, por sacarla a bailar y sentir que sus venas palpitan al unisono, sentir la musica de la orquesta sideral.
Lo tiene todo planeado, ha desarmado 4 almohadas de plumas, ha preparado dos litros de engrudo, con la receta exacta suministrada por su profesora de escuela,
martin, se ha robado las viejas gafas de piloto del abuelo, ahora, cuando todos duermen, da rienda suelta a su tarea y con esmero, con minuciosidad, con exactitud de relojero, pega todas y cada una de aquellas plumas como ilusiones de un futuro, su futuro, como sonrientes muestras de agradecimiento al aire, al cielo.
Más allá de la media noche, se encuentra recubierto en su nueva piel, su ultima piel, su nívea piel eterna, de niño, de inocencia y liviandad. Abre la ventana, suspira, respira, inhala, exhala, extiende sus brazos ahora alas, su mente ahora de pájaro, sus pies como grandes garras tocan el borde del tejado.
Salta, pero no cae.
Martín, de 6 años Voló.

