Los tres jinetes del Apocalipsis, de G.K. Chesterton Cuentos
Los tres jinetes del Apocalipsis, de G.K. Chesterton
Una tarde, hablaba muy juiciosamente con Sir Hubert Watton, el conocido diplomático; estaban sentados bajo enormes quitasoles, mirando el estanque, en nuestro jardín. Hablaban de una parte del mundo que ambos conocían y que en Europa Occidental se conoce muy poco: las vastas llanuras anegadizas que se deshacen en pantanos y ciénegas en los confines de Pomerania y de Polonia y de Rusia, y que se dilatan acaso hasta los desiertos siberianos. Y Mr. Pond recordó que en una región de profundas ciénegas, cortadas por lagunas y lentos ríos, hay un solo camino en un estrecho terraplén empinado: una senda no peligrosa para el peatón, pero escasa para que dos jinetes pasen a un tiempo. Este es el principio del cuento.
Se refiere a un tiempo no muy lejano, a un tiempo en el que aún se usaban tropas de caballería, aunque más para correos que para combates. Baste decir que esto ocurrió en una de las muchas guerras que han arrasado a esa parte del mundo, si es posible arrasar un desierto. Esa guerra entrañaba la presión del sistema prusiano sobre la nación polaca, pero es innecesario formular la política del asunto o discutir el pro y el contra. Digamos ligeramente que Mr. Pond divirtió a los presentes con un ugma.
—Espero que ustedes recordarán —dijo Pond— el revuelo que produjo Pablo Petrovski, el poeta de Cracovia, que hizo dos cosas bastante peligrosas en aquel tiempo: mudarse de Cracovia a Poz-nam y ser a la vez poeta y patriota. La ciudad en que vivía estaba ocupada en ese momento por los prusianos; estaba situada exactamente en el término oriental del largo camino; pues, como es de imaginarse, el comando prusiano se había apresurado a ocupar la cabeza de puente, de ese puente tan solitario, sobre ese mar de ciénegas. Pero su base estaba en el término occidental del camino: el célebre mariscal von Grock tenía el comando supremo; y su antiguo regimiento, que seguía siendo su regimiento predilecto, los Húsares Blancos, estaba acampado cerca del extremo occidental del alto camino. Por supuesto, todo era impecable, hasta el menor detalle de los espléndidos uniformes blancos, atravesados por el tahalí llameante —esto era anterior al empleo de los colores del barro y de la arcilla para todos los uniformes del mundo—. No los repruebo. A veces pienso que el tiempo de la heráldica era más hermoso que el tiempo del mimetismo que trajo la historia natural y el culto de los camaleones y de los escarabajos. Sea lo que fuere, este regimiento de caballería prusiana usaba su propio uniforme; y, como verán ustedes, ése fue otro elemento del fiasco; pero no sólo eran los uniformes; era la uniformidad. Todo fracasó, porque había demasiada disciplina. Los soldados de Grock le obedecían demasiado; de modo que no podía hacer lo que quería.
