
Hay buenas noticias para la literatura latinoamericana, y más específicamente para la chilena, cuando uno descubre la juventud de un escritor como Boris Briones que en Cuentos breves y otras anécdotas nos presenta piezas tan variadas y bien narradas, como Mi nombre es Claudio, alguien que, como diría Borges, lo fue todo y nada al mismo tiempo, Mi amigo de arriba, un niño cuya única amistad es un extraterrestre capaz de advertirle la falta de amor que asola a la tierra o El señor Loro y la señora Lora una cruda metáfora sobre el desapego de las sociedades modernas.
¿Cuál es el hilo que recorre dieciséis cuentos, en apariencia, muy distintos entre sí? Me atrevería a decir, por un lado, que cada uno a su manera son un grito y una advertencia sobre la importancia del amor y los sueños en todo ser humano y por el otro lado, la necesidad, como dice Coleridge, de lograr momentáneamente la voluntaria suspensión de la incredulidad para poder adentrarnos y sobrevivir a un mundo cada vez más racional que no logra, paradójicamente, darnos todas las respuestas.
O más específicamente, como escribió Aristóteles, siempre es preferible una mentira creíble a una verdad increíble. Eso es, justamente, lo que viene a decirnos Boris Briones en Cuentos breves y otras anécdotas: la narrativa fantástica es, muchas veces, la mejor mentira para conocernos.

Escribir un comentario