Breve boceto

En algunas ocasiones la memoria va fundando fantasma, bueno uno le llama memoria pero resulta ser deseo, o impostura del deseo frente a lo que se añora y se ha perdido y luego resulta que todo la casa se inunda de imágenes, acciones que involucra los sentimientos con alguien, y resulta que por cada rincón donde asiste el recuerdo uno sale desesperado buscando, tratando de atrapar algo que sin duda a volado, algo que se encuentra lejos, y la mas mínima huella, le resulta trascendental, la misma carta se desea abrir mas de mil veces, se desea leer, tragarse cada palabra como si fuera la ultima, y oler el mismo olor de ese fantasma que antes era, porque que raro las palabras adquieren olor, el tacto siente tocarla cuando una canción concertada suena en el lugar concertado.

Todo se va convirtiendo Huella en la playa los años, pero uno se pregunta si el mar del tiempo va devorándose todo, y lo que antes era ya no será, sin duda el tiempo debe configurar, transformar las cosas, pero algo debe quedar de los actos, algo debe quedar de las pasiones así sea un boceto, un esqueleto del recuerdo, algo debe quedar. Pero que somos después del recuerdo, acaso somos en la memoria sustancia del recuerdo, o somos algo diferente de esos bocetos de la existencia que le hemos llamado fantasma. Siempre en la vida me pregunté por esas cosas, cuando la persona ha dejado el mundo, se ha marchado, cada objeto cobra importancia, cada palabra regresa a golpearnos como olas, pero asalta la pregunta ¿Qué somos? ¿Qué somos para esas personas que nos recuerda? ¿Acaso residuos de sus pensamientos? ¿Acaso vagas proyecciones?. Tal vez el recuerdo recuerda al cuerpo que recuerda o tal vez lo olvida. Los años hacen orificios invisibles en los objetos y entre ellos los recuerdos se van colando, la tasa de Café vacía no está vacía esta llena del recuerdo del liquido que antes lo habitaba, y de igual manera el sofá desolado no estaría solo, tendría por lo menos los recuerdos de los cuerpos que un día lo habitaron, también la casa se inunda de esa incolora e invisible sustancia que está habitando nuestras habitaciones sin darnos cuentas, los espacios que habitamos con el paso de los años son la medida de los recuerdos.

Yo recuerdo el primer día en el Café - Bar, si un pequeño Café - Bar en el centro de la ciudad, estaba en la mesa del fondo tomando una cerveza que compensara esas fatigas del trabajo, mirando siempre las siluetas de las personas que entraban y salían, intentaba leer gestos e imaginar palabras, realizaba un retrato de la situación cuando leía gestos violentos, hasta que ella entró y transfiguro el panorama que para entonces me tendría dominado. Desde ese momento fui atrapado por esos ojos profundamente negros, y yo atravesando placidamente el túnel de tu mirada. Los minutos, y horas pasaron y yo allí congelado con el golpe del hechizo provocado por las olas del amor. En ese mismo lugar, tiempo y sustancia pensé sin duda que ella sería esa otra mitad de mi alma extraviada. Tendría que buscar algo que me uniera a ella, una palabra, un gesto, una insinuación desde mi mesa, pero estaba congelado por su rostro por el manantial de su belleza, debía hacer algo para un próximo encuentro.

Fue casi una postura maniaca, de ir todos los días al mismo café para encontrarte, en hacer un cuadro de tus ausencias que eran más frecuentes que tus presencias y durante meses me fui acostumbrando a verte. Te dibujaba con anhelo y esfuerzo de escultor las líneas de tu cuerpo que lo imaginaba desnudo en las altas horas de la noche. Sin embargo no era capaz de decirte una sola palabra, porque mi timidez sobrepasaba insoportablemente a la geometría de mis deseos.

En alguna ocasión ella me pidió el favor de encenderle un cigarrillo para ese entonces no fumaba, pero no podía decir que no, eso hubiese truncado cualquier proceso de comunicación. Ese primer cigarrillo aun llevo su humo grabado en mi memoria, quien habría pensado que se vería tan sensual en esos labios rosados, quien habría pensado que todo lo tuyo armonizaba con el humo. Ese día entendí que tenía excusas para hablarle. Desde entonces los encuentros se multiplicaron en el mismo Bar con una hora concertada, luego vinieron otros sitios, otros cafés, cinemas, parques, otros bares, a veces una biblioteca, una discoteca, etc. Los temas venían y se iban. La ciudad era entonces un mapa invisible de nuestros anhelos, deseos y pasiones por la vida, mientras tantos las olas del tiempo pasaba, y nuestra amistad ese muelle atracado por la tarde también fue transfigurado por la violencia de las olas del amor.

De todos esos años de variantes entre la amistad y el amor, recuerdo ese viernes en que cielo se derrumbaba de agua y nosotros como simples mendigos, chapaleando charcos como si fuéramos niños y los besos proporcionaba el calor necesario para sobrevivir a las intemperies, pero por cosas del destinos se llegó al Café - Bar donde la conocí y pedimos una mesa afuera para no asustar a los clientes y nuestra única preocupación residía en algo que nos calentara el cuerpo. Durante todo ese tiempo amamos al amor como a un niño que jamás pensamos. Nunca las palabras se empleadas fueron para herir a nadie y en eso cada uno por su parte hacia lo mismo, se consideraba esta como una habitación sagrada. Ella amaba nuestras soledades y el tono poético que yo colocaba a la situación, las frases que dejaba sobre su cuerpo desnudo, aun me vienen a la memoria: “yo como sustancia cósmica atravesé el universo para morir en tus labios”, o “andaba en medio de la oscuridad del mundo hasta que la antorcha de tu cuerpo me iluminó la vida” y estas las guardaba las organizaba por fechas con la afición de un niño coleccionando caramelos. A veces dejaba cartas en el baño en la cocina, en distintos sitios del apartamento y recuerdo que por cada una de ellas una deliciosa estación de besos.

Ese jueves le contaba que en la mecedora del traspatio de la casa de mi madre, los fantasmas de mis antepasados se mecían por un lapso de tiempo mientras se quitaban trozos de carnes que arrojaban al centro del patio, al acercarme salían uno enormes gusanos y un olor putrefacto, uno de mis antepasados se acercaba y me decía no temas, no temas, espantado corría a contarle a mi madre que me consolaba y decía: ¡no llores mijo no hay nada!. Luego la misma imagen del sueño se repetía pero ya estando adulto y el horror me empujaba al baño donde al mirar, al tocar mi rostro en el espejo salían trozos de carnes y los músculos faciales caían… ¡se me esta haciendo tarde! ¡se me esta haciendo tarde! y ella calentaba el café, le conté mi terrible pesadilla, se reías, para ella los sueños solo constituían meras prolongaciones de la vigila, fui hasta el primer piso donde miraba si la motocicleta, no tendría ningún problema para el trabajo, tomé el café con mucha rapidez pues la mañana se me hacía tarde, nos despedimos y encendí la moto, ¡Chao!¡Chao! -¿te espero para comer?, -bueno, nos vemos.

Con la velocidad que llevaba, eso de 40km/h no tendría problemas para llegar al trabajo, pero contando los semáforos, los trancones y otros contratiempos debía aprovechar cada brecha de espacios vacíos entre un carril u otro para aumentar la velocidad por lo menos a unos 60km/h solo pensaba ¡tengo que llegar a tiempo! ¡tengo que llegar a tiempo! . todo ocurrió muy de prisa, había zigzagueado algunos carros, me cambiaba de carril para no desperdiciar la menor porción de avenida solitaria ya iba como en el cuarto semáforo que cambiaba para mi fortuna de amarillo a verde y acelero mas el motor, pero no vi por la calle que se tropezaba con estaba venía un carro quizás con el mismo afán que yo y lo vi muy encima Y …

Al reaccionar estaba tendido a algunos metros de un tumulto de gente. Me repuse, me miré, no tenía nada, pero que raro, a la velocidad que iba… recordé que me encontraba a unas cuantas calles del apartamento y como por instinto salí corriendo para verla para decirle que me encontraba bien, que no llorara, que sería inútil asustarse. Subí las escaleras, hasta el quinto piso, toque la puerta con tanta insistencia, abrió la puerta, pero todo indicaba que no me veía, cerró la puerta y otra vez golpeé, otra vez la abrió miró para varios lados y otra vez la cerró… entonces no me veía yo estaba en fuga del recuerdo del cuerpo. En esos momentos me preguntaba si podía volver, regresar al cuerpo, volver a ser carnes y hueso. Fui entonces donde el accidente había sucedido, ya la policía había hecho un croquis de lo sucedido, el carro se había volado Y ninguno tomó el número de la placa, mala suerte, el saldo definitivo, como diagnostico de la situación un cadáver y el paramédico daba su inexorable veredicto: Muerte Instantánea.

El primer año para ella (o para ti, quiero narrarte distante para que apegarme al recuerdo) fue el más cruel, me recordaba por todas partes, releías las cartas, revisabas los recortes de papel donde te escribías esas frases todas, yo intentaba consolarte, acariciarte e incluso hablarte y solo recibías de mi un viento helado, unos sonidos poco entendibles que ella suponías que eran ruidos, siempre verificaba que las ventanas no estuvieran abierta y mientras ella (o tu) repasabas una y otras vez las cartas, yo hacía lo mismo con los recuerdos. Solo se decirle que los fantasmas no sueñan ni duerme y mientras ella llorabas a altas hora de la noche yo escuchaba su llanto cristalino y subterráneo que bajaba como cascada en la frontera de mi presencia. Solo el trabajo la sacaba de esa postración que produce la ausencia. Sin embargo tanto ella como yo padecíamos de esa nostalgia pendulante entre la memoria y el olvido. Como quería que ella supiera, que me encontraba allí, a unos centímetros de su piel, como quería que ella entendiera que aunque la ausencia se mostrara como un abismo entre el amor y la vida yo estaba allí, superando todas las barreras, incluso esas que tienen que ver con la muerte.

Después de tres años mi presencia en el apartamento se ha reducido a un retrato y al olor de algunas carta, ya no queda nada, ella decidió un día para el bien de ambos que todas las fotos debían desaparecer, que las cartas debían ser archivadas en algún lugar donde la memoria excitada no tenga esos deseos de mirar atrás. Hizo bien pues el exceso de recuerdo es perjudicial para la cordura. Solo quedo como un recuerdo perdido que a veces se cuela por un retrato y sale a pasear por el apartamento, a recordar todas las huellas que dejan los años aunque ya no sea algo perdido, quizás un breve boceto en la memoria que el olvido se está devorando.

 

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