Vecinos Capitulo III “El motivo para conocer vecinos. El incendio.”
12 de Noviembre, 2012 0
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III “El motivo para conocer vecinos”

El incendio

Ocurrió un domingo a media mañana. Serían no más de las doces cuando se escucharon voces de alarma gritando: “¡fuego!” “¡fuego!”. Pensé que a la gente le gusta presumir de actividad sexual y lo gritan a los cuatro vientos. Pero viendo la insistencia y el tono de preocupación en el viejo pregonero de desdichas, quien acompañaba sus gritos con toses, me asusté y me constituí en el mayor incumplidor de lo ordenado por los servicios de supervivencia, antigua protección civil, en casos de emergencia. Salí al rellano y observé a unos cuantos semejantes. La joven tetrapléjica asomaba sus pies tras el vestido de su madre, quien me preguntaba si sabía dónde sería el incendio. Preguntas tontas, que se hacen en situaciones de nervios y peligros.

-¿Para qué quieres saberlo?

- ¿Te vas a acercar o vas a alejarte?

-En esos casos sólo quiero saber si la puerta de la calle está abierta y si no, la rompo. Como el humo parecía descender de pisos superiores sin consultar, ni pensar. Ordené a la vieja que metiera la silla de su hija en el ascensor y los tres nos recalcamos como pudimos. Al minuto y treinta segundos estaban la vieja y su hija a salvo en medio de la calle y yo abochornado por no haber reparado que me encontraba en calzoncillos dando explicaciones a un taxista dispuesto a sacar tajada de la urgencia. Subí las escaleras a la carrera, al llegar al segundo piso penetré en el humo; en el cuarto intenté hablar pero me fue imposible. Me encontré con una pareja de viejos. Uno blasfemando y la otra rezando. Procedían de pisos superiores, y se tapaban la boca con sendos pañuelos mientras yo degustaba el humo a pleno pulmón. Llamé al ascensor los introduje como mejor pude y continué mi escalada. Volví sobre mis pasos porque escuché a la vieja casera despotricar contra alguien desde su casa. Llamé a su puerta y no me abrió. Viendo que cada vez me resultaba más difícil respirar me metí en el piso y me vestí con el primer pantalón que encontré sobre la cama, mi armario favorito. Salí de nuevo y escuché voces de socorro. Debía de ser una planta o dos encima de la mía. Subí corriendo por la escalera y encontré a un señor de unos sesenta años. Pelo cano, delgado, vestido con pantalón campana y una blusa de raso, (estética horterilla de los años sesenta), con pintas de bailón de discotecas, bastante más alto que yo y delgado como un atleta. Lo primero que me dijo es que era cojo y no podía correr. Le contesté que si no podía que no corriera y cogiera el ascensor. Se tapaba la boca con un pañuelo de papel y mucha afectación, mientras se colocaba la blusa brillante, estirándosela con amaneramientos de folclórica, ajustándose el talle del vestido de faralaes y apoyando el dorso de ambas manos en sus cuadriles como en el cartel anunciador de un espectáculo. Apenas podía verle la cara. Le pregunté de nuevo como podía ayudarle y se me agarró de forma un tanto sorprendente. Intentó abrazarme como si bailara en una discoteca “Noches de blanco satén” y lo aparté de forma brusca, con malos modos.

-Tenga mucho cuidado –sopló su voz de pito- Por favor, estoy recién operado de la cadera y me han recomendado reposo absoluto. No puedo dar ni paso.

Llamé al ascensor, me cargué como un saco sobre mis hombros aquella ricura de hombre y entre gritos, que me sonaron a maricón muy digno, lo introduje en el ascensor y, de nuevo, me encontré el portal repleto de vecinos tratando de alcanzar la calle. Empujé como el cafre que soy, y, sin descargarme, quité pestillos y curiosos de la puerta mientras ingenieros de caminos y montes, arquitectos de tres al cuarto y bomberos de afición, junto a seguidores de documentales de grandes tragedias, continuaban la discusión de expertos en el interior del portal y, sin saber cómo ni por qué, en cuanto vieron la puerta abierta salieron cuales becerros de un toril al ancho albero de la calle, donde deposité mi delicada carga. Intenté hablar y no pude. Me esforcé pero mis esfuerzos resultaron baldíos. Se apoderó de mi un fulminante sueño y caí redondo o cuadrado. No me he parado a pensar la diferencia que puede haber entre caer de una forma u otra. Cuando desperté estaba dentro de una ambulancia. Me habían disfrazado de guerrero del antifaz. Me habían puesto oxigeno y un doctor me pasaba un hierro muy frío por el pecho. Mi obsesión era levantarme, saber si mis pies me sostenían, pero los enfermeros y médicos me lo impidieron. El terrible incendio era una olla de garbanzo olvidada al fuego y el único herido o ahumado era yo. Además del complejo de imbécil me ha quedado una pequeña incomodidad, pero tremenda. No me atrevo a tirarme un pedo en el metro, temo que salga humo y me vea todo el mundo. Mientras me atendían los doctores se me acercó un vigilante de virtud y empezó a pedirme los datos, y a registrarme los bolsillos de la camisa del pijama. Como no podía hablar, empecé a utilizar la mano suelta. La otra la tenía amarrada con el tensiómetro, un gotero y algo más que no recuerdo. El vigilante de virtud, experto en emergencias domesticas y otras calamidades públicas y privadas (antiguo bombero), era lo que en términos funcionariales siempre he calificado de un “eficacia”. Un tonto sin sentido de la oportunidad e incapaz de despojarse por un segundo del lenguaje, modos y formas de vigilante de virtud. Como, a pesar de ver y escuchar que no podía hablar, insistía en pedirme los datos, con el índice de la mano libre me toqué mis partes íntimas y el muy cretino me bajó los calzoncillos todo lo que pudo hasta que el mismo dedo indicador, de forma autónoma, sin consultarme, se le introdujo en un ojo. Uno va adquiriendo ciertas técnicas de autodefensa. Naturalmente el bombero empezó a insultarme y con ganas de mostrar la fuerza de sus musculosos brazos, como si fuese un héroe cinematográfico de esos que reparten bofetadas y mamporros a diestro y siniestro sin despeinarse.

Pasados los iniciales momentos de tensión, apartado el eficiente vigilante de virtud y conducido a los corrales de sus competencias, empezaron a desfilar vecinos, unos para conocerme, otros felicitarme y otros para insultarme con cariño. Había sido un gilipollas por arriesgar el pellejo por cuatro viejos, una inválida con su madre y un maricón de ballet. El viejo general Silvestre, quien me recibió el primer día, nada más verme en el interior de la ambulancia me felicitó con efusión.

-Es usted un soldado, hombre de acción, arriesga el pellejo por compañeros de penurias. Soldados de su estirpe honran la raza española… -se interrumpió con un ataque de risa que apunto estuvo de ahogarlo- y causan la ruina de la Hacienda Pública. Salvar a cuatro carcamales, gente improductiva, cuatro pensiones y a una joven también pensionista… Usted no es un héroe, es una desgracia para el erario público. Suicídese. En el anterior régimen lo condecorarían, hoy seguramente lo encarcelen. El valor, el arrojo, la hombría, infórmese, han pasado de moda. Hoy los valores de esta sociedad son los de los comerciantes, lo que puede registrarse en una caja de caudales y en un albarán. Es un perfecto imbécil. Se ha comportado como un agente de seguros trabajando a comisión.

Y entre el barullo escuché al vigilante de virtud argumentar su pretensión de tomar mis datos para sancionarme por el grave incumplimiento de las disposiciones del Limbo de supervivencia y calamidades públicas. Según ellos, había incumplido de forma clara y flagrante el reglamento y protocolo de incendios. Había usado el ascensor, andado por la escalera, subido y bajado en reiteradas ocasiones en contumaz incumplimiento de lo dispuesto por la superioridad. Más o menos nos vienen a decir que declinemos cualquier acto humanitario entre iguales. El auxilio público es competencia de los limbos, consejos y protoconsejos. Somos consumidores de servicios públicos, no administradores y, ni mucho menos, ejecutores. Si no funcionan con la debida celeridad, el ciudadano puede iniciar el trámite de queja ante el inmediato consejo y esperar durante dos años a que no le contesten. Periodo en el que han establecido el antiguo silencio administrativo denominado actualmente “denegación por omisión”. No me queda claro si primero nos omiten y después nos deniegan o si es al contrario. Pero también han modificado el antiguo apremio que incrementaba un tanto por ciento la cuantía de las multas y se encadenaban, prolongaban y sucedían los plazos y comunicaciones, avisos, notificaciones, a presentes y en ausencia, con cartas certificadas y al final siempre había un rábula que escapaba del pago alegando la prescripción y por supuesto del recargo de la sanción. Ahora no, ahora embargan, desahucian y encarcelan en aras de la pregonada eficacia y durante dos años te hospedan en los antiguos albergues de drogadictos y mendigos (actuales “Centros reeducadores”).

Al ver a un vigilante de virtud enojado, perdiendo la reglamentaria serenidad o ataraxia, no pude por menos que reírme. A quien intenta salvar, acertada o equivocadamente, a unas personas indefensas se le sanciona y a quien comete una negligencia y ocasiona el altercado se le compadece y se le ayuda. Como ayudaron a los propietarios de la olla de garbanzos en cuestión. Un gordo seboso, con más tocino encima que un entremijo y su señora una gorda con unas tetas, esperanzas del tercer mundo, capaces por si solas de terminar con la hambruna endémica. Dejaban pequeñas las de Anita Ekberg remojadas en la Fontana di Trevi en la Dolce Vital y las de la estanquera de Amarcord. Cuando fueron a verme al hospital se interesaron por mi salud y les pregunté por sus garbanzos. El gordito parecía muy orgulloso de su hazaña. Se le habían quemado porque era muy hombre. Ante mi cara de asombro preguntándole qué tiene que ver el grosor de los testículos con que una olla se queme, me lo aclaró ipso facto. El accidente los sorprendió fornicando. De ahí su tardanza en acudir a la cocina a interesarse por el estado de la olla. Dejé de mirarlos a la cara para que no vieran el odio en mi mirada. Debí decirle cuanto pasó por mi cabeza en el aquel instante, pero callé.

-Desechos humanos, casados no por amor sino por solidaridad entre monstruos, no habéis follado en vuestra puta vida y ahora queréis recuperar el tiempo perdido. Pareja de ballenatos. Capaces de organizar una orgía en el zoo, en el lago de los hipopótamos.

Ella no me caía tan mal, me parecía la víctima y en fin, aunque de proporciones desmesuradas, nunca se sabe…Puede resultar con habilidades que dejen por monjiles a otras de cuerpos esculturales. En cambio a él no lo soportaba. Me parecía de lo más ruin. Mísero a más no poder. Lo miraba y debía morderme la lengua para no preguntarle si había llegado virgen al matrimonio. ¡Con lo fácil que es hoy día ir de putas! Contando como contamos con el actual Limbo de Salubridad y Felicidad, donde las antiguas meretrices han conseguido consolidar sus derechos laborales y sociales. Regularización lograda después de arduas negociaciones entre todos los sectores afectados. Limbo donde las trabajadoras del amor de alquiler han conseguido trabajar con horario, higiene, buen sueldo y donde su dedicación, esmero y buen trato les ha reportado la consideración social y el respeto de sus usuarios, lo que ha promovido que cuenten hasta con seguro de desempleo durante los días inhábiles. Con una distribución que ya quisieran para si las corporaciones privadas anónimas, por su grado de minuciosidad, rapidez y buen servicio. Homosexuales, tanto femeninas como masculinos, separados de los heterosexuales, por plantas a los únicos efectos de no equivocar a los usuarios. Para montar cuadros se deja absoluta libertad de instalación indistinta en una u otra zona. La intimidad y salubridad quedan garantizadas con el sistema.

Para dicho servicio se utilizan zonas perfectamente acondicionadas de los antiguos hospitales, actuales Limbos de Felicidad y Salubridad, llamadas plantas de desahogo. Poseen servicios de urgencias e inspección médica precoital y postcoital tanto de la trabajadora del amor de alquiler, como del usuario. Reglamentado su tratamiento con un protocolo similar al de la nobleza más rancia, habían desterrado, prohibido y borrado de los diccionarios, cualquier palabra ofensiva a las vigilantes de virtud del amor de alquiler. Entiéndase puta, guarra, guarrindonga o el más cachondo de guarrilla, mamona o comepollas u otros similares y hasta hace poco tiempo de uso corriente. Hoy se les debe llamar siempre señoras y si son de provecta edad, madame a secas. Con tantas facilidades quien se case hoy después de los cuarenta y llegue virgen es porque quiere o porque es un memo. Ese creo es el caso de mi orondo vecino

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