Como me noté dificultad para respirar debido a la tensión nerviosa ascendente, me levanté dejándolo con la palabra en la boca. Me pareció escuchar algún comentario del imbécil pero no quise contestar, porque me estaba recalentando más de la cuenta. De continuar en su presencia, le habría soltado una bofetada.
A la quincena volví a recoger el parte de baja y coincidí de nuevo con el viejo pluriempleado. Nada más verme sonrió. Respondí con otra sonrisa. Sin decir nada ambos sabíamos de quien y por qué nos reíamos.
-Lo dejaste planchado.
-No creo. Tiene arrugas muy profundas. Ese no tiene capacidad para observarse. Mil veces que le den oportunidad, mil veces se explayará hablando de lo que a nadie importa.
-¿Qué tal vas?
-Harto de aguantar el engorro de la bombona portátil. De estar en casa, sin hacer nada, de cansarme de andar, de leer la mierda de los periódicos, de escuchar radio bazofia, de tocarme los huevos, de convivir con un fantasma a quien no veo, ni me ve, ni me importa ni le importo. Esto es un asco. Y usted, ¿Cómo va de su dolencia? El otro día no tuve oportunidad ni tiempo, con la charla del payaso del vecino, de preguntarle por su dolencia.
-Lo mío es eterno. Se me quitará en el cementerio. Tengo úlcera de estómago y cada dos por tres tengo que venir a por recetas.
-Lo tiene más que asumido y sabe convivir con la dolencia.
En esa conversación nos encontrábamos cuando llegó un matrimonio de ancianos y se sentó junto a nosotros. El artista del pluriempleo se levantó a saludarlos con verdadero afecto.
-¿Cómo se encuentran Antonio, Dolores?
-Mal, ¿Cómo vamos a estar?-contestó el marido.
-Ella ha salido del hospital hace dos días y ahora se ha quedado afónica. ¡Como no puede tomar medicamentos! Cualquier insignificancia le dura una barbaridad.
La señora asentía con gestos e intentaba explicar su dolencia. Casi no se le escuchaba. Su voz, más que ronca era imperceptible y a pesar de ello puntualizaba al marido cualquier explicación. Le gustaba utilizar palabras médicas. Pronto me di cuenta que a la señora, a pesar de su afonía, de vez en cuando, le salía la voz clara y rotunda para manifestar su desacuerdo con lo hablado por su marido. Sentía la señora la necesidad de explayarse en pormenores de enfermedades y tratamientos. Acudía al médico a examinarlo y a desconfiar de su capacitación.
-A mi no me dan con la tecla -repitió en diversas ocasiones- Estoy desesperadita. No sé qué hacer, ¡como no puedo tomar nada! A mi me sientan peor los medicamentos que los males.
Me pareció que la señora disfrutaba de su enfermedad, esclavizando a su marido, quien vivía pendiente de la mínima molestia de su querida esposa. Eran dolores intermitentes, estratégicos, según día y ocasión. Variables en intensidad y escenificación. Si el marido refería alguna dolencia, de inmediato la minimizaba y comparaba, como si fueran incompatibles.
-¿Y eso qué es comparado con lo mío? Tú te tomas una pastilla y se te quita, en cambio yo, aquí me tienes rabiando como un perro y sin poder tomarme nada.
Cualquier operación quirúrgica de los demás le resultaba insignificante, lo suyo era lo más grave sin admitir discusión. Su marido había sufrido la instalación de una prótesis de cadera, una lente intraocular y una perforación de estómago, pero nada, ella era la campeona de las enfermedades. Tal como lo contaba, no había nada más grave ni más insólito que lo suyo.
-Pero eso ¿qué es? Se toma sus medicamentos, hace su rehabilitación y ya está. En cambio yo, aquí me tienes siempre con las dolencias sin esperanza de ninguna mejoría.
Y hablaba con idéntica indiferencia que si de cambiarle el aceite a un coche viejo se tratara. Andaba a pasitos cortos, sin apenas despegar los pies del suelo, pero si encontraba una mierda de perro elevaba la pierna sin dificultad alguna. Se agarraba permanentemente del brazo de su marido, pero no le noté que se apoyara, sus movimientos era independientes. No tenía otro tema de conversación que no fueran sus enfermedades o temores a empeoramientos. Me sentí aturdido por la nómina de médicos visitados. Le insinué la posibilidad de una enfermedad mental, pero si lo entendió supo disfrazarlo. Entré en la consulta de don Juan Antonio, el médico filósofo y me preguntó sin mirarme por mi estado.
-¿Cómo vas joven?
-Mejor, despacio, pero mejor.
-Cuídate. Si tú no lo haces, no lo hará nadie.
-¿Y usted, como está de lo suyo? Ha faltado dos veces los últimos días y me han dicho que estaba de baja.
-Yo tengo años y cansancio.
-Se tiene usted ganado al barrio.
-¡Que va! Lo tengo perdido, me queda muy poco ya en este convento. En menos de un año empiezo a leerme la biblioteca que humildemente he ido reuniendo a lo largo de años y años de trabajo y paciencia.
-Usted leerá libros científicos, relacionados con la medicina.
-Se equivoca joven. Literatura médica ni la huelo. Me interesa sobre todo el ensayo, pensadores no muy profundos. Suaves, de tercera fila, sin grandes sistemas filosóficos. Divulgativos, más que ensayo propiamente.
-Sobre gustos no hay nada escrito –dije por decir algo.
-Sobre gustos se escribe todos los días y después de ejercer la medicina durante más de cuarenta años creo que el médico debe estudiar filosofía, psicología y sobre todo ser un humanista. Un compendio del saber para entender a cada enfermo. La única verdad con mayúsculas que he tratado de cumplir en mis años de médico de cabecera ha sido “Curar a veces, aliviar a menudo y consolar siempre”. Un médico tiene todas las guerras perdidas, al final llega la muerte y nadie puede evitarla, pero cada día puede y debe ganar mil batallas al dolor, la incomprensión y al sufrimiento de los hombres. Cada vez que entra una vieja y me dice que sólo con verme y escucharme se marcha mejor a su casa, me doy por satisfecho.
-Debe sentir una satisfacción muy grande.
-No tan grande, porque durante una jornada de consulta tampoco faltan quienes vienen a examinarme, como una vieja impertinente que entrará en cuanto te marches y a poner en duda cualquier diagnóstico o receta y al mismísimo vademecum. Al final quedo equilibrado, ni soy Dios, ni ningún villano. Un simple mortal que realiza un trabajo por un sueldo siempre escaso.
Regresé a casa y empecé a leer un libro cualquiera de los que había comprado en la calle Arenal, en la librería de viejo la de los tenderetes en la calle. Había leído casi cincuenta páginas y no me había fijado ni en título ni autor; simplemente me dejé llevar, me agradaba huir, era un libro de presos, de fugas, ya no recuerdo y caí en la burbuja de la lectura. Pasé la tarde recorriendo selvas, barrios parisinos, putas, y burdeles, ejercí de macarra y al final me ví embarcado en un barco prisión camino de la Guayana Francesa. No sé porqué ilustraban la burbuja canciones de Georges Brassen, “La guerre de 14-18”, “La marguerite” “La fesse” y “La mala reputación”, y las tarareaba sin darme cuenta ni recordar las prohibiciones furibundas, no de las canciones sino de las letras. Fue una burbuja breve, sólo una tarde. También apareció Jorge Cafrune recitando “el pájaro revolucionario”.
“Ordena el cerdo granjero:
Fusilen a todo pájaro
Y suelta por los trigales
A su policía de gatos
Al poco rato le traen
Un pajarillo aterrado
Que aún tiene en su pico
Un grano que no ha tragado
-Vas a morir por ratero
-Si soy un pájaro honrado
De profesión carpintero
Que vivo de mi trabajo.
-¿Y por qué robáis mi trigo?
-Lo cobro por mi salario
Que usted se negó a pagarme
Y aún me debe muchos granos
Y lo mismo está debiendo
A los sapos hortelanos
Y a mi compadre el hornero
Y al minero escarabajo
Y a las abejas obreras
Y a todos los que ha estafado.
Usted hizo sus riquezas
Robando a los proletarios.
-¡Qué peligro! ¡Un socialista!
¡A fusilarlo en el acto!
Preparen, apunten, ¡fuego!
¡Demonios, si hasta los pájaros
En América latina
Se hacen revolucionarios!
En la delicia de selvas tropicales corría junto a monos de rama en rama, descalzo como un tarzán cualquiera, gritaba, hacía el ganso y sólo tocaba el suelo para follar con las indias desmelenadas. Sin poder explicar por qué me veía algo así como espectador de lo que hacía. En realidad no era tan diferente a cualquier jornada de trabajo. Me importaba muy poco, lo que ocurría a mi alrededor y desde luego no tenía ninguna implicación emocional con el trabajo.



