Salió corriendo de entre los árboles buscando un claro y repitiéndose a sí mismo: “ No le temo a los rayos, no le temo a los rayos…”. Sabía que había llegado, lo sentía, igual que sentía cómo le acechaban aquellos pájaros negros, que le hacían sombra desde el día que comenzó a brillar.
Se tumbó a descansar, parecía que el terreno era suave y una ligera sensación de calor le ponía los pelos de punta. Imágenes venían a su cabeza, imágenes de esos pájaros, lo que creía recordar de ellos, esos que le muerden las entrañas cuando la luz se aleja. Comenzó de nuevo a caminar hacía el frío del bosque, debía seguir buscando, y notó cómo la densa niebla que cubría sus ojos ahora cubría también sus pensamientos. Buscando con sus manos, sentía las cortezas de los árboles, cortezas húmedas, cortezas ásperas, cortezas que cubren los troncos para cegarlos de la libertad del sentir unas manos extrañas que te acarician con la desesperación del que busca en soledad, atrapado en la niebla.
Al llegar al siguiente claro, notó cómo el tiempo comenzaba a desfilar de una manera extraña, podía notar cómo cada minuto se alargaba para parecer horas, cada segundo que pasaba sus pies tardaban más en seguir adelante, sus articulaciones cada vez más rígidas, sus dedos más punzantes, como cuchillas y el las puntas verdes brotes, todo había cambiado. Su piel corteza, corteza áspera que abriga en invierno.
El guardabosques se acercó, miró a los pájaros negros que estaban posados en lo que ahora eran sus ramas y sonrió con complicidad…


¡Qué buena idea el vídeo! Me gusta la combinación de varias artes, le da otra textura a tu obra.