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S.T.E. - Matthew es mi nombre [Capítulo 1]

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Fecha de Publicación: 23 enero, 2017
Editorial:
Páginas: 6

Sinopsis

Matthew es un paciente diferente a los que habitualmente son tratados en el hospital La Santa Fe. Éste, intimidante y ausente de cualquier estímulo, caerá voluntariamente en los “brazos” de Pethersun, el doctor que pasará a ser, en contra de su voluntad, su máximo referente y un amigo en quien confiar… a pesar de hacerle ser participe de un juego en el que será enviado a lugares a los que, Matthew, sin pretenderlo (o sí) le hará viajar con la premisa de darle experiencias muy ligadas a la muerte.

 

Capítulo 1

Una llegada envuelta en tristeza

 

 

 

 

Una grabadora es colocada aproximadamente en la parte central de un amplio escritorio. Los tres dedos humanos que la sostienen están rugosos e higiénicamente desinfectados. El dedo Corazón está doradamente anillado.

         Nos debíamos sumergir en una mirada posesiva desde la que, enseguida, íbamos a comprobar un constante control hacia el individuo que estaba acostado en su diván.  Estaba en una misión permanente y regular de vigía hacia aquel hombre situado frente a él: «Señor Berrin…–Pausó para comprobar si había signos de respuesta. Sin embargo…–: ¿Matthew Berrin? ¿Puede oírme? ¿Está conmigo…?».

         Ese incomodo silencio fue la respuesta a las primeras palabras que fueron transmitidas. Este paciente –al único al que no estaba obligado técnicamente obligado a tratar y que, sin embargo, tuvo que hacerlo–. Un denso vacío, agobiante, se había adueñado del lugar.

         Claro que… a todo esto, ¿en qué lugar nos encontramos?

 

         Para que la pregunta quedara satisfecha debíamos remontarnos unas horas antes. Nos teníamos que situar exactamente a tres horas y media de la sesión, cuatro si contábamos con que Mathew, aún inmerso en la mudez, había estado luchando con el debate que lo contrariaba para ir a su destino: estas instalaciones.

         Como médico suyo y según lo que él me ha estado comentando, durante última noche, ha permanecido dando vueltas de campana innumerables en la cama, en la habitación de su apartamento. Le llevó una buena franja de tiempo estar dispuesto para realizar lo que, desde hacía días… e incluso meses, tenía claro acabar. Desde que entro en el habitáculo destinado a su improvisado tratamiento mental, supe, como su principal baza, que no iba a resultarme nada fácil ayudarle. El señor Berrin era, como poco, un individuo con un cuasi inexistente grado de empatía que lo llevaba a padecer una sociopatía natural y, aparentemente, intratable.

         ¿Quién era él? Con un café en mis manos –bien cargado de cafeína, por favor–, me dispuse a hacer el enérgico y cansado esfuerzo por averiguar su vida, sus inquietudes y, nada más que estuviera mi paciente preparado, su historia; había que intentar conocer esa primera y tan nefasta impresión sobre alguien que, más bien, invitaba a apartarse de su persona. Para que el primer vistazo fuera satisfactorio y él estuviera tranquilo y relajado, presenté, antes de cualquier otro asunto, con educación, cortés y en plenitud de facultades para poder apreciarlo, mis «Buenos días, señor Berrin. Soy Pethersun, Doyce Edgard Pethersun, su doctor.», acompañado de una estrechez de manos, con la derecha y a la espera de que su respuesta fuera positiva. Traté, obviamente, de seguir los oportunos protocolos, pero se tornaron fríos y distantes: no lo respetó. En su caso, así como entró en la sala; con descuidos, sin composturas y como si estuviera soportando a duras penas el peso de su cuerpo. Supe que iba a encontrarme, muy a mi pesar, con una actitud despreciable, bochornosamente descarada y completamente ajeno a lo que estaba produciendo en su entorno. Decidió sentarse en la silla que estaba opuesta a la mía, en el escritorio, posando sus brazos en éste último y, cual equipo informático sin sistema operativo, esperar tontamente a que sucediera algo, sin hacer nada más.

         La hora y tres cuartos que duró la sesión, estuvo libremente narrándome qué es lo que hizo antes de venir. Según su visión de los hechos, como si fuera una interrogación sin las preguntas triviales por mi parte –no me hicieron falta, fue todo un intenso monólogo–, nada más orinar, defecar diarrea y enjuagarse la boca con un antiséptico caducado –pues le olía el aliento a vómito de la cena del día anterior, no le sentó bien–, se adecentó con movimientos apaisados, tremebundos y desesperanzados. Desde mi punto de vista, como médico y psiquiatra, como yo lo vi en ese momento y ahora por cómo lo estaba narrando, aún podía concluir más: incluso eran lapidarios sus andares; las únicas ganas que tenía mi paciente eran de morirse en ese mismo instante, de algún modo rápido e indoloro.

         Después de embadurnarse de colonia –su olor era agradable, quizás era de lo mínimo que más podía destacar del señor Berrin que fuera de agradecer–, cogió del respaldo de una silla cercana a la cama la ropa que todavía seguía sin lavar desde hacía una semana, y que, afortunadamente, el aroma a perfume camuflaba, y se vino hacia esta institución.

         Antes justo de salir por la puerta de la calle con el propósito de marcharse, justo antes, al momento de girar el pomo y sin llegar a abrirla, dio un paso hacia atrás dejando no muy alejado la manija–. De las palabras del señor Berrin salió un pequeño hecho que pudo marcarle brevemente una de sus emociones más intensas, su miedo. En sus lágrimas caídas en el suelo de donde estábamos pude contemplar su anhelo familiar, aunque también su profundo odio y rencor casi enfermizo. Se quedó con la mirada fija y tortuosamente paralizado ante una fotografía colocada en el borde de un marco redondo colocado cerca de la puerta de la calle, perteneciente a un espejo; no la podíamos visualizar completamente, la vista del señor Berrin se nublaba por sus pupilas llorosas, pero, se podía intuir que era él. «Un ligero estupor desencadenó en un desalentado suspiro, lo que me llevó a tener arcadas, doctor», me lo confirmó ahí mismo, sentado.

         Se deducía entonces, que quizás esa anómala expresión en su rostro me estaba transmitiendo una depresión hacia algo que aún no podía comprender; no lo conocía abiertamente para poder sacar deliberaciones. Matthew Berrin, a primera vista, era un individuo que presentaba una mirada apática y antisocial, de eso no cabía dudas. Una persona con apenas un fragmento pequeño de ganas de vivir. Su voluntad, carcomida por la amargura, estaba necesitada de ánimo y auxilio y, lo más importante, al menos en lo que a mí respectaba, vino a mis manos gritando una sola palabra, si bien ahogada y melancólica, que lo había forzado a desquitarse de la escasa dignidad existente en su ego. Ese solo vocablo que le insistía en tratar de sobrevivir por sus propios medios, con debilidad y un sentido común destrozado. Su lengua, atascada por la impotencia, no le había dejado expulsar a través de las horas esa llamada para no vomitar ese sabor agrio, espeso y mugriento; pasaba así si decidías llevarte al gaznate un gramo de heces extraídas del wáter de su piso, como medida de castigo a sus pensamientos.

         Puede que sonara asqueroso, hasta yo mismo, como su doctor que era, no podía evitar esas nauseas hacia esas imágenes pavorosas. De todos modos, no había que olvidar que, para según qué personas, lo cual había que respetar, sí podía resultar morboso, y hasta excitante este asunto tan sórdido, comprendo que habrá personas para todos los gustos.

 

         La curiosidad me hizo ser presa del señor Berrin y consiguió que penetrara en su más que desdichada vida privada dentro de su apartamento. Adentrándonos en él y, pregunta a pregunta, finalmente doblegado el paciente, estaba navegando cual espíritu errante por las paredes, pasillo y habitaciones de su vivienda, eso sí, por medio de su mente; tuve vía libre para ejercer una hipnosis que me ayudara a socavar en sus sentimientos más reprimidos. Eso me llevó a ser observador de una casa llena de cuadros donde estaba retratadas otras personas alrededor, aunque no en todas, de Matthew Berrin, en distintas edades. Había, con muchos detalles, otros marcos muy variopintos; políticos, como uno intrigante con la esvástica de la Alemania Nazi tachada con una cruz fascista graffiteada en el cristal del cuadro pero contradictoriamente adornada con guirnaldas; banderas que rezaban alegorías hitlerianas, peculiar era su romántica adulación: con velas de llama gris y flores negras; sociales, como ejemplo estaba un niño de unos ocho años de edad jugando con un balón deshinchado, de reglamento –cuero de vaca, parecía–, y una mujer no lejana a éste que lo observaba con un disgustado gesto, quizás para regañarlo; en otro marco había un primer plano de una mujer muy mayor, pudiera ser ochentona, afortunadamente alegre, esbozando una sonrisa que trasmitía juventud y serenidad, algo que al señor Berrin, supuse, le ayudaba de algún modo en sus peores momentos. En otro orden de cosas, el salón donde parecía frecuentar bastante, estaba demasiado destartalado; ropa tirada, charcos secos de vomitonas que se habían comido el color de las baldosas afectadas, un televisor con la pantalla rajada y sin botones: un auténtico caos.          

        

         La hipnosis había durado mucho más tiempo del que había disponible por planing del centro, pero fueron necesarios, al menos, treinta minutos más para que tuviera claro qué le hizo venir a mí. Por lo que continuó relatando, fueron unos seis kilómetros recorridos a pie los que Matthew Berrin anduvo para llegar hasta este centro. La incógnita que lo trajo aún iba a ser la razón a descubrir. En cierto modo, me sentía dentro de un juego, uno violento y dulce que el señor Berrin estaba hilando lentamente, para algún misterioso fin. Empezaba a entender, superficialmente, que sus pensamientos podían ser capaces de volar e irse hacia mundos tal vez lejanos, o tal vez ingratos, pero totalmente creíbles y peligrosos, sólo que… no se sabía hasta qué límite.

         Sus pasos hasta aquí, inusitadamente acelerados, daban la impresión de que estaban aventándose de algo pese a que la realidad fuera que nadie le estaba siguiendo. Su mirada era girada hacia atrás continuamente influyendo en su caminata, serpenteada en ocasiones. El señor Berrin, verdaderamente nervioso a cada metro hondado, sintió de forma brusca y sin sentido la imperante necesidad de emprender una galopada hasta llegar a la dirección marcada por su mente: el centro hospitalario «La Santa Fe».

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