30 oct 2011
Querían que les acompañara a ver la atracción que llegaba al pueblo y me gritaban, desde la calle, que bajara. El cafre de Vicente trepó por una farola, subiendo hasta la altura de la ventana de mi habitación.
—¡Venga! ¡Marica! ¡Que no llegamos! —voceaba a través de la ventana. Le hice un gesto con el dedo medio hacia arriba, y me puse la cazadora antes de bajar y reunirme con ellos en el portal.
Durante todo el trayecto hasta el lugar donde estaba instalada la feria Vicente no dejó de torturar al bueno de Juanico, empujándole cuando pasábamos junto a alguna muchacha, o poniéndolo en evidencia, porque sus quilos de más le hacían sudar, el caso era meterse con alguien. Los demás, inmaduros como éramos, le reíamos las gracias aportando nuestro granito de arena con chascarrillos ocurrentes. Hasta Juanico se reía.
En los carteles que los feriantes repartieron por el pueblo, nos llamó la atención una de sus atracciones. Todos estábamos excitados por lo misterioso del anuncio. En la pubertad las cosas insólitas despiertan los cinco sentidos y revolucionan la imaginación.
El plan era darse una vuelta por las casetas de tiro, montar en los autos de choque donde Vicente daría rienda suelta a sus instintos, y nosotros descargaríamos adrenalina pavoneándonos frente a las chiquillas. Antes de marcharnos montaríamos en el tren del terror y después, embobados, nos apiñaríamos en torno a los trileros para quedar fascinados por la bolita que nunca estaba donde debía. Para el final dejamos lo que en realidad habíamos ido a ver, y cuando llegamos aun envalentonados, nos quedamos perplejos al leer un cartel junto a la taquilla.
- MENORES, ACOMPAÑADOS –
Llenos de frustración nos miramos unos a otros sin saber que hacer. ¿Nos lo íbamos a perder?
—Dadme la pasta, ya me encargo yo —Vicente siempre fue el más lanzado de todos nosotros. Le obedecimos y juntamos las monedas que nos quedaban.
Esperamos a unos pasos de la cabina de tiquets, mientras nuestro amigo le echaba morro al asunto. Para nuestro alivio el encargado le entregó las entradas con una mirada llena de complicidad. El día antes llovió durante toda la tarde y la recaudación de los feriantes fue pobre, así que hoy hacían la vista gorda.
Nos incorporamos a la fila, escuchando las arengas de un hombre vestido con levita polvorienta y bastón, que agitaba, como si de una batuta se tratase. Su voz teatral e impostada le daba más pompa al discurso.
—¡… Pasen y vean! ! Nunca antes sus ojos han contemplado fenómenos como los que hemos reunido para ustedes! Venidas de todos los rincones del mundo, estas proezas de la naturaleza compartirán hoy sus secretos con aquellos valientes capaces de soportar su singularidad. ¡Amigo mío, si es usted débil de corazón, le ruego que no entre en la Casa de los Monstruos! Aunque si lo hace, si vuelven a sus quehaceres sin cruzar la entrada de esta muestra de prodigios, seguirán viviendo en la ignorancia. ¡Señores! Esta es la última sesión, no apta para cobardes.
¡Cómo no íbamos a estar excitados ante tanta propuesta misteriosa!
Hoy me resulta fácil describir lo que vi en aquella carpa y restarle importancia, pero en aquella época lo viví con un fervor arrebatador que me mantuvo muchas noches sin dormir. Las pesadillas nos afectaron a todos menos a Vicente, que pronto dejó el grupo de niñatos para ronear con sus primeras novias. El resto quedamos conmocionados durante semanas.
Nada más entrar la penumbra y un fuerte olor a lonas viejas y sudor, me transportaron a un mundo extraño, lleno de murmullos y risitas histéricas. Me costaba estar quieto, e impaciente, me fui haciendo sitio en la primera fila, frente a una tarima iluminada por un solo foco. Una pesada cortina roja ocultaba el fondo del escenario, aunque las corrientes de aire la agitaban de vez en cuando.
El cicerón de la levita se incorporó a la escenografía, y dirigiéndose a los espectadores les rogó silencio. A una señal de su bastón el telón empezó a abrirse lentamente.
El desfile se inició con una cabra de dos cabezas que mantenía el equilibrio sobre un pódium adornado con estrellas de purpurina. Luego trajeron a unos chimpancés siameses, encadenados por el cuello con argollas, y después, encerrado en una jaula, un cocodrilo blanco al que lanzaron una gallina para que la devorara.
A esas alturas ya tenía los pelos de punta, pero la segunda parte del espectáculo me reservaba emociones más fuertes e inexplicables.
Una mujer con larga barba, que sostenía en sus brazos a un anciano diminuto como si fuera un bebé, se colocó en el centro de la escena, no dijo nada, solo se exhibía, asegurándose de que se le viera bien la cara al niño enfermo de progenia. Minutos más tarde se marchó por un lateral, arrastrando su pesado vestido de época.
Cuando la luz volvió a encenderse, el Hombre Cíclope había tomado posesión de la tarima. Su único ojo aparecería muchas noches en mis sueños durante años. Su deformidad genética también afectaba a la nariz y parte de la boca, dándole aspecto de sapo de un solo ojo. Se había tatuado la cara y el cuerpo con símbolos tribales, y solo llevaba un taparrabos para cubrirse.
“Las Maravillas del Mundo” que tanto esperábamos ver, me estaban revolviendo el estómago. Miré a mis compañeros, con la esperanza de que alguno dijera que ya tenía bastante, pero nadie quería confesar su miedo y yo no quise ser menos. Me preparé para el último pase mientras me subían las pulsaciones.
Apagaron el foco en cuanto el cíclope acabó su número, y corrieron las cortinas. En la oscuridad escuchamos cómo, tras la tela, arrastraban algo pesado que hacía crujir los tablones del suelo, y un profundo burbujeo acuático parecido al de los acuarios. Empezaba a faltarme el aire y solo un pellizco en las costillas del oportuno Vicente me devolvió a la realidad. Las poleas chirriaban cuando descorrían el telón y la luz tomó un tono azulado para enseñarnos una gran pecera llena de agua, y sumergido en ella, una forma íctea se revolvía y golpeaba las paredes de cristal. Los espectadores dieron un paso atrás temiendo que el vidrio cediese, y se levantó un murmullo ansioso. Juanico soltó un gritito ahogado, y yo contenía como podía un escalofrío que me hacía temblar.
Aumentaron la potencia del foco un poco más, lo justo para que pudiéramos ver al ser que buceaba en la urna.
El encargado de la caseta pidió silencio y nos rogó que nos tapáramos los oídos, ya que si alguien se atrevía a escuchar la voz del Hombre Sirena perdería su alma, y advirtió que, como el homérico Ulises, debíamos ser fuertes y no ceder a su canto.
En la pecera, un medio-hombre famélico de torso blanco y arrugado, me miraba con grandes ojos de pez. De cintura para abajo era igual que las focas que había visto ilustradas en mis libros. Le vi abrir la boca, y las burbujas brotaron de su garganta. Apreté las palmas de las manos en mis oídos con todas mis fuerzas, pero el zumbido que provocaba con la presión no ahogó el canto de sirena.
Un agudo alarido, nada melódico, semejante al de la fricción de dos metales, iba aumentando de intensidad. Yo no sé si surgían de su garganta o era un efecto sonoro, pero el caso es que poco a poco los espectadores fueron abandonando la carpa, agobiados por el sonido y la imposibilidad de eludirlo. La amenaza del feriante también tenía su peso en la decisión de marcharse, pero yo hipnotizado, y aun a sabiendas de que todo debía de ser un truco, me mantuve inmóvil, con las manos apretándome el cráneo.
Entre burbujas y gorgoteos, escuché con claridad:
-CUENTA LO QUE VISTE, CUENTA LO QUE VES… Y LO QUE IMAGINES-
Sentí cómo me agarraban del brazo y tiraban de mí. Juanico me arrastraba fuera de la caseta terriblemente asustado, junto a los otros. A trompicones, riendo casi con histeria, mis colegas y yo nos alejamos de la feria con el corazón latiendo enloquecido.
Todos habíamos oído el canto del Hombre Sirena y por tanto, de alguna forma, estábamos malditos. Cuando comentamos la experiencia cada uno le añadía su propia percepción, pero ninguno contó que el sireno les hablara directamente, y solo se quejaban de los feos sonidos que habían oído. Sin embargo yo escuché una voz, alguien me habló y yo sí que entregué mi alma.
Aquella noche llegué a casa justo antes de que me echaran en falta para la cena. Disimulé como pude las prisas por terminar la repugnante verdura y, en cuanto acabé, pedí permiso para irme a la habitación. Mis padres extrañados preguntaron si me encontraba bien, pero cedieron sin insistir demasiado. Cuando estuve a solas, en mi espacio íntimo, saqué un cuaderno de un cajón y rebusqué hasta encontrar el bolígrafo, regalo de la comunión, y sin darme cuenta las palabras surgieron encadenando frases que llenaban lentamente las hojas de la libreta.
Cumplía condena, contaba lo que había visto, explicaba lo que veía, e imaginaba lo que estaba por venir. Sin darme cuenta, había sido seducido por el canto del hombre pez para convertirme en un hombre sirena que cuenta historias, para embaucar a quien se cruza en mi camino apropiándome de su consciencia, por lo menos mientras dura la lectura.
CxF
3 Comentarios


¡Bienvenido a Falsaria!
Gracias por publicar en la red social literaria.
Un saludo,
El equipo de Falsaria.
Por un momento, el hombre sirena me ha cantado al oído, trayendo con su son el recuerdo de la canción, lejana ya en el tiempo, que me embaucó a mi. Felicidades por tu historia.
A mí me has encandilado con tu relato mientras lo estaba leyendo. ¡Todo un descubrimiento! Te sigo y espero leer pronto algo más tuyo.