Foto de los Pelícanos (llamados por los habitantes de la ribera del Lago de Chapala, Pelícanos Borregones) que en diciembre emigran desde Canadá, buscando el clima benigno del famoso lago de Chapala, el más grande de la república mexicana.
Bien sabemos, lector amigo, que la juventud es el néctar de la vida, aunque éste, por desgracia, con frecuencia inusitada se torna amargo en pleno gozo de la llamada edad de las ilusiones.
Bernardo Moreno gozaba del don maravilloso de la juventud. Vivía en el llamado Barrio Alto de Cojumatlán, un pueblito ribereño del lago de Chapala, formado por calles retorcidas en donde se acomodaban, como podían, las casas de adobe y teja sombreadas generosamente por grandes árboles de mango.
El joven estaba bien formado en cuanto se refiere a lo físico, y pertenecía a una familia acomodada económicamente, por lo que se lo rifaban las muchachas del pueblo y de las rancherías cercanas.
Por supuesto que esto era muy agradable para Bernardo.
Por las noches visitaba a una joven, y al paso de un pequeño lapso iba a ver a otra, y después a una tercera, lo que tenía a su padre muy disgustado, pues su hijo regresaba a casa con el canto y el ajetreo de las alas de los gallos anunciando que en breve aparecería la aurora, dorando las crestas de las olas del famoso lago, el más grande de la república mexicana.
-¡Eres el demonio! -Le gritaba malhumorado, al verlo entrar por la puerta que daba a la calle-. Pero esto se acabó; desde mañana quiero que llegues cuando muy tarde a las diez… ¡De la noche, no de la mañana! ¿Entiendes, muchachito?
-Pero, papá, ¿y mi novia? Un fulano anda detrás de ella.
-¿De tu novia? ¡De tus novias, deberías decir! Porque te sientes tan carita que sabrá Dios a cuántas traigas engatusadas.
-Está bien; estaré en casa a la hora que me indicas. Te lo prometo.
-¡Eso espero; de lo contrario te va sacar un susto el diablo, muchacho bribón!
Al escucharle esto a su progenitor, el joven no se inquietó en lo más mínimo, ni les hizo ningún caso a las bien intencionadas reconvenciones paternas, y siguió visitando por las noches primero a una joven, luego a otra, y sólo Dios, en su sabiduría infinita, sabría a cuántas otras más, terminando su tarea de conquistador como siempre, casi al terminar la noche.
Una vez, regresaba a su casa en la más siniestra oscuridad, caminando entre los callejones retorcidos del pueblito. En ese tiempo era costumbre del oficial mayor del ayuntamiento municipal encargado del alumbrado público, cuando el reloj de la torre parroquial sonaba doce campanadas indicando que ya era la medianoche, apagar las pocas lámparas que había en las calles, dejando sólo dos que tres, a las que les era imposible lidiar más que con un pequeño trozo de oscuridad.
Pero con el tenue resplandor de la luz de las estrellas, Bernardo encontró el camino de su casa, y siguió casi a tientas en un sofocante silencio que sobrevino de pronto al callarse los quejumbrosos rebuznos de los burros y la ensordecedora boruca de las cigarras; ni las ranas emitían su fastidiosa serenata croándole a la luna.
El joven había caminado dos cuadras, cuando, sin más ni más, un perro negro de ojos centelleantes le tapó el paso, por lo que, desagradablemente sorprendido, se hizo a un lado y siguió avanzando por media calle, desparramando a cada zapatazo el agua sucia de los charcos que tarde a tarde caprichosamente formaban las intensas lluvias.
Y cuando había recorrido ya otra cuadra, aquel perro, gruñendo y enseñándole los colmillos afilados, de nuevo se le puso enfrente.
-¡Lárgate de aquí, bestia de los mil demonios! -le gritó, molesto. Y en respuesta, el pavoroso perro le lanzó un colérico ladrido revelándole sus claras intensiones de lanzársele al cuello, por lo que el indisciplinado de Bernardo se dio a correr, y dobló una esquina, y otra más, pero apenas lo había hecho cuando se encontró otra vez con el animal que la tapaba el paso.
-¡Ave María Purísima! –Rezó en voz alta, muy asustado nuestro amigo.
La bestia se hizo a un lado al escuchar la oración, pero sin dejar de mostrar su nada amigable y babeante hocico abierto.
Y cayendo y levantándose, el joven siguió al trote con rumbo de su casa. Abrió la puerta, la cerró por dentro con candado; se metió a su cuarto, en donde respiró el tufo del miedo más espeluznante, ya que aquel animal de los mil demonios, gruñéndole, siniestro, lo esperaba, parado a un lado de la cama.


nanky
Ha sido una bendición descubrir tu letra, muy buen relato.
volivar
Namky. gracias por tu comentario, y por leerme. También yo busco lo que escribes.
Atentamente
Volivar Martínez. Sahuayo, Michoacán, México
Héctor Manuel Múgica Pérez
Mi estimado amigo Volívar: Me congratulo por tus trabajos que resultan toda una gama de conicimientos en el rubro del cuento, al mismo tiempo me siento rogulloso de contrame entre tus amistades, por lo que te reitero el aprecio de siempre. Felicidades
volivar
Héctor Múgica Pérez: Gracias por leer mis, podríamos decir, “´cuentos sin importancia”, aunque recibiendo un comentario faborable tuyo, me siento halago, pues sé de tus amplios conocimientos linguísticos.
Atentamente:
Volívar Martínez Martínez (mi verdadero nombre,del que no reniegoi tantito,es Jorge)
Sahuayo, Michoacán, México
eric de jesus sandoval ochoa
México es un país de magia y plasmarla como lo hace volivar martinez me parece trascendente ya el desarrollo del cuento nos permite encontrarnos con lugares distantes pero que están tan cerca con el esplendor de la imaginacion
volivar
Eric,muchas gracias por leerme. U aprovechando este foro, te deseo lo mejor en el año que viene.
Atentamente
Volivar Martínez Martínez (en realidad me llamo jorge,pero mi acta de nacimiento tercamente dice Volivar)